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La estética de la violación

Actualizado el 14 de junio de 2012 a las 12:00 am

Los medios debensaber reconocer y nombrarla violencia sexual

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La estética de la violación

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En la gran foto sale Rodrigo Segura, un celebrado abuelo de 33 años de edad. Su temprana abuelitud fue favorecida por la alcahuetería de Rodrigo mismo, de su esposa, del personal del centro educativo, de los líderes religiosos y de la comunidad toda, Purral de Guadalupe, en la que una niña de 11 años de edad fue violada y embarazada sin que aquello pareciera molestar a nadie.

El hecho tampoco parece haber molestado a Jairo Villegas, periodista del diario LaNación, quien el día 10 de junio de 2012 publicó una nota sobre ello. No se trata de que él dijera que eso estaba bien, no lo hizo; incluso hasta puso en su título la palabra apenas, para marcar la corta edad de la niña. Se trata de que hiciera su reportaje sin darle cabida al espanto, a la indignación, el enojo y a la tristeza que un hecho tan atroz debiera provocarnos.

¿Cómo es posible que nos hayamos acostumbrado tanto a esto que ni siquiera nos hace tragar saliva?

Pues por el hecho de que, parafraseando a los animales de George Orwell, unas personas son más iguales que otras. Desbordan las evidencias, dadas por miles de investigaciones y por el sentido común, de que, como afirma la filósofa Celia Amorós, culturalmente, las mujeres somos in-significantes.

Esa in-significancia está acompañada de la estetización y actualización de la violencia por medio de una exageradísima escenificación de violaciones en todo tipo de películas, incluyendo aquellas realizadas por directores “alternativos” y mediante numerosos reportajes que rara vez llaman las cosas por su nombre.

Por ejemplo, la noticia que LaNación sacó sobre Keylin Jiménez Quirós, una joven que renunció en su momento a sus estudios en el Colegio Nocturno de Puriscal, por miedo a ser violada en una vuelta oscura del camino: “‘Durante dos meses caminé del colegio a mi casa, pero siempre tenía temor. Tengo un hijo de un año y no quería exponerme’, afirmó'” (ver: http://www.nacion.com/2010-12-10/ElPais/NotasSecundarias/ElPais2617931.aspx ). Evidentemente, a lo que Keylin no quiere exponerse es a ser violada, pero esto nunca es dicho ni por ella, ni por el periodista, ni por las funcionarias que son entrevistadas.

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Esa estetización de la violencia está también en la boca de la niña-madre de 12 años, motivo del reportaje que aquí critico, quien asegura que a su bebé-hombre ¡le encantan las muchachas! Cómo justificando a ese hombre, de 19 años de edad, que la violó y a cambio le paga con colones mes a mes.

Pero la contradicción sale y, a la par de los besos que esta niña dio a su niño cuando se lo pusieron en los brazos, según cuenta el reportaje, quedan también su shock, su mente en blanco, su boca muda, sus ganas de desmayarse que nos hablan de un silencio que se impone sobre una violencia que no puede ser nombrada como tal, que ocupa ser matizada, callada, embellecida, romantizada y, hasta caricaturizada, como ocurre con la vieja costumbre de poner nombres explícitos pero, al mismo tiempo, “graciosos” y encubridores, a los abusadores de niñas y niños. En mi pueblo de origen, Puriscal, se los llamaba complacientemente Toño Toca Toca, Manuel Perica...

Usted dirá cómo quiere llamarlos.

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