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Que me entierren parao

Actualizado el 08 de junio de 2012 a las 12:00 am

No es cierto quela única forma de entrar al círculo culturalsea de rodillas

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El exsecretario general suplente e ideólogo del Movimiento Libertario, Walter Farah Calderón, afirmó en este mismo foro que yo, como ministro de Cultura y Juventud, soy algo así como un “zar de la cultura oficial con poderes plenipotenciarios” y que únicamente pueden trabajar conmigo personas sumisas que se arrodillen ante mí. Nada más alejado de la realidad.

El Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ) es una organización sumamente compleja con más de 1.000 funcionarios así como 14 programas y órganos adscritos. Efectivamente, se trata de una gran estructura burocrática que, precisamente durante mi administración, estamos tratando de mejorar y hacer más ágil.

Los órganos desconcentrados tienen un director o directora así como una junta administrativa o directiva que son los máximos responsables por las decisiones que ahí se toman.

Como ministro, nombro a la mayoría de estos puestos, pero bajo las características de idoneidad y confianza, como sucede con todas las juntas administrativas en el mundo entero.

De igual modo, nombro a los directores de estas instituciones así como a un equipo de asesores con atestados idóneos que trabajan conmigo y que impulsan mi gestión basada en cuatro ejes fundamentales: democracia cultural, identidad nacional, juventud y cooperación internacional.

En las juntas directivas están representados diversos sectores de la sociedad costarricense como es el caso del Centro Nacional de la Música, donde, además del ministro o viceministro, participan tres representantes del sector artístico así como licenciados en Derecho, Economía y Administración.

Por lo tanto, no es cierto que la única forma de entrar al círculo cultural, como dice el señor Farah, sea de rodillas. Todo lo contrario, se ingresa de pie, por las capacidades propias y por el conocimiento que yo como jerarca tenga del desempeño de las personas que me acompañan.

Como reza una canción del músico y exministro panameño Rubén Blades, “si yo he vivido parao , que me entierren parao... si pago el precio que paga el que no vive arrodillado”.

Valentía en la denuncia. Otra falacia del señor Farah se da al afirmar que “todos los que han denunciado se han tenido que ir” del MCJ. Quiero destacar aquí la valentía de diversos funcionarios, entre ellos, la aún directora del Museo de Arte Costarricense, Florencia Urbina, que denunció irregularidades en esa institución y que entregamos a la prensa tanto la señora Urbina como yo, en acto público convocado al respecto.

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Entre las irregularidades figura un doble pago a una empresa constructora que incumplió su contrato con el Estado, así como la desaparición de cuatro valiosas obras de arte de una colección de 6.855 objetos, los cuales estamos inventariando por primera vez con seriedad y responsabilidad.

Las denuncias presentadas ante el Ministerio Público siguen su curso y también hemos pedido apoyo a la Contraloría General de la República pues el MCJ enfrenta importantes limitaciones presupuestarias.

Una semana después de estas denuncias, conocimos las fotografías de una fiesta de 15 años que se llevó a cabo en las instalaciones del MAC sin el consentimiento ni de su directora ni de la junta administrativa, la cual aprobó un permiso para otro fin.

Definitivamente, esta actividad nunca debió haberse llevado a cabo en las instalaciones del museo, por lo cual acepté la renuncia de Florencia Urbina, quien, a pesar de haber tenido un excelente desempeño en el resto de su gestión, asumió con hidalguía su responsabilidad en este caso, por el cual ya he ordenado una investigación interna con objeto de sentar otras responsabilidades.

Es una lástima que la prensa costarricense haya puesto tanta atención a la fiesta de 15 años, que, por supuesto, es un hecho condenable, pero no dedique otros esfuerzos a investigar y dar seguimiento a las irregularidades denunciadas, que son muchas y muy graves.

Entonces, no se trata acá de una cacería de brujas. Se trata de tener una actitud de transparencia y de resguardar el patrimonio nacional que es algo que le pertenece a todos los costarricenses, aunque algunos de esos costarricenses piensen, equivocadamente, que tienen un derecho divino de exhibir ese patrimonio público exclusivamente en las salas de sus casas.

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