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Si no lo encuentra en un centro comercial, hágalo usted mismo

Actualizado el 19 de mayo de 2014 a las 12:00 am

Sin saber coser y mucho menos crear prototipos y muestras, Grassell empezó a investigar telas y bosquejar diseños.

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Megan Grassell, una emprendedora en el  mercado de los sostenes.  | DAVID J SWIFT / THE NEW YORK TIMES
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Megan Grassell, una emprendedora en el mercado de los sostenes. | DAVID J SWIFT / THE NEW YORK TIMES

Como alumna de tercero de bachillerato, a Megan Grassell no le gustaban las opciones disponibles de brasieres para niñas y adolescentes. El mercado, creía, estaba dominado por los estilos para levantar con rellenos y varillas.

Así es que en el año pasado, Grassell fundó su propia compañía, Yellowberry, y empezó a hacer brasieres de colores vivos y apropiados para su edad.

A Grassell, ahora con 18 años, no solo le interesa unirse a las filas de emprendedores adolescentes. Se inclina a cambiar la industria de los brasieres y empezar un movimiento social con su clientela. “No debería haber tanta prisa por crecer tan rápido”, comentó.

Su misión comenzó después de que, la primavera pasada, hiciera una expedición de compras con su hermana Mary Margaret, entonces con 13 años, en el centro comercial cercano a su casa, en Jackson Hole, Wyoming.

“Al momento de entrar en el probador, dije: ‘Por Dios, no puedes usar eso', contó Grassell que le dijo a su hermana, quien había ido por su primer brasier’”.

Las opciones parecían incómodas y subidas de tono.

Aun si, ella misma solo tenía 17 años; Grassell se sintió lo suficientemente frustrada como para actuar. Decidió diseñar un sostén para Mary Margaret que le inspirara confianza, que no fuera sexual pero sí cómodo. Grassell dijo que el nombre Yellowberry se refiere a una baya que todavía no está madura, lo que comparó con una adolescente.

Descubrió que, según lo expresó, la industria de los brasieres “ha olvidado” al grupo de edad de 11 a 15 años. Aunque las compañías como Maidenform y Hanes sí fabrican sostenes de copa pequeña, para Grassell las opciones seguían siendo limitadas. “Uno puede encontrar un brasier que no tenga relleno ni levante, pero son pocos y muy espaciados unos de otros”, comentó.

Sin saber coser y mucho menos crear prototipos y muestras, Grassell empezó a investigar telas y bosquejar diseños. Pidió ayuda a su madre para ordenar los materiales y contrató a una costurera local que colaboró en los prototipos.

Pagó todo con el dinero que ganó en trabajos durante los veranos, el cual ahorró.

Grassell también buscó mentores en los círculos empresariales en Jackson Hole para que la asesoraran en tareas que todavía desconocía. Así, evitó lo que Sara Blakely – fundadora de Spanx, una empresa de ropa interior– llamó una dificultad común para los jóvenes emprendedores.

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“Existe una ventaja real en ser vulnerable y pedir ayuda”, notó Blakely. “Muchas personas pierden esa valiosa oportunidad al tratar de ser más grandes de lo que son. Piensan: ‘Tengo que hacer que parezca que de verdad sí sé lo que estoy haciendo’”.

Uno de los mentores de Grassell ha sido Stephen Sullivan, el cofundador de Cloudveil y fundador de Stio, que son empresas de ropa para el aire libre. Sullivan conocía la destreza de Grassell como esquiadora de carreras –es la campeona en eslalon de Wyoming – y dijo que poco después de su primera reunión, pudo percatarse de que había diseñado una solución a un problema real. Si la idea se ejecuta bien, “realmente podría agarrar alguna parte del mercado”, comentó.

No obstante, Sullivan no doró la píldora en cuanto a los retos que enfrentaría Grassell para hacer que despegue su compañía. “Le di la versión de las cosas del abogado del diablo”, contó. “Le hablé de la administración del flujo de caja, los márgenes y todos esos detalles”.

Típicamente, la industria del vestido la impulsa el volumen, y es difícil encontrar un fabricante dispuesto a hacer lotes reducidos de productos. Grassell reconoce que Sullivan la alentó a perfeccionar su prototipo hasta que fue una muestra pulida y lista para producción.

Cuando le contó a su madre, Lyn Grassell, que quería transformar la compra de brasieres de una experiencia estresante en una de empoderamiento para las chicas, se quedó, inicialmente, atónita.

“Se acercó a mí y dijo: ‘Quiero cambiar la industria del brasier’”, dijo Lyn. “Pensé: ‘¿Estás loca? ¿Qué hay con las grandes tiendas, Victoria’s Secret y todo eso?’. Todos son tan poderosos y aquí está esta chiquilla”.

Que los tomen en serio en el mundo empresarial, puede ser el mayor obstáculo para los jóvenes inventores y empresarios. Y si bien los rechazos abruptos son un hecho de la vida para los nuevos dueños de negocios de todas las edades, suenan como los que Grassell contó que recibió cuando buscó ayuda externa. Una reacción típica fue: “Oh, querida, ¿por qué no terminas el bachillerato primero y luego piensas en eso?”.

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Grassell estaba resuelta. Cuando diseñó los sostenes, utilizó a Mary Margaret y a sus amigas como un grupo focal informal, y les pidió que intervinieran en cuanto a los colores y retroalimentación sobre cómo les quedaban.

En febrero, llegó el primer lote de brasieres Yellowberry a la casa de Grassell, procedente del fabricante en Los Ángeles. Ella empezó a venderlos por Internet entre $29,95 y $42,95. Declinó revelar las ventas totales, y solo dijo que se agotaron los primeros tres lotes de pedidos que le hizo al fabricante.

En marzo, en el último semestre de su último año en el bachillerato, Grassell decidió expandir el negocio. Realizó una lluvia de ideas sobre recaudación de capital con su padre, Chopper, un agente inmobiliario quien tuvo una gasolinera en la que ella trabajó en verano.

Estableció una meta de recaudación de $25.000 y decidió hacerlo mediante Kickstarter, el sitio web de financiamiento colectivo. Tras un inicio lento, la campaña finalmente produjo $42.000. A Grassell la aceptaron en el Colegio Middlebury en Vermont para comenzar clases en febrero, pero está considerando posponer la universidad para guiar a Yellowberry en la siguiente fase.

Sus retos de corto plazo incluyen seguirle el ritmo a la demanda, estableciendo canales de distribución y creando sistemas para administrar el negocio, lo que son tareas duras hasta para emprendedores experimentados.

Es muy probable que otro obstáculo sea la competencia. Sin embargo, la experiencia personal de Grassell podría brindarle una ventaja sobre rivales potenciales.

Muchas compradoras conocen la frustración de no encontrar exactamente lo que buscan, y ella tiene un sofisticado conocimiento del producto. “No hay mejor inventor que un consumidor frustrado”, comentó Blakey. “Puedes ser un consumidor frustrado a cualquier edad, y ver una oportunidad de hacer algo mejor y llenar el vacío”.

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