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Crónica

Un gym al aire libre

Actualizado el 21 de octubre de 2007 a las 12:00 am

 En forma. Por las máquinas para ejercicios inauguradas recientemente en la Plaza de las Garantías Sociales pasan miles de costarricenses cada día. Para algunos resulta una buena opción para ejercitarse; para otros, es el nuevo play de la capital.

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Un gym al aire libre

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A primera vista queda claro que este gimnasio no es del montón. Aquí la música electrónica, los tipos musculosos y las bebidas hidratantes brillan por su ausencia. En su lugar, están el ruido de los carros, los gritos de niños y la lluvia de octubre.

Desde hace tres semanas, en la esquina noreste de la Plaza de las Garantías Sociales, seis máquinas de ejercicios llegaron a la capital como un recurso para que los transeúntes luchen contra el estrés y las “llantitas”.

Sin embargo, en solo 21 días, los aparatos donados por la Cámara de Industria y Comercio Chino-Costarricense han sido más que eso. Su silueta metálica se ha convertido en una atracción para chicos y grandes.

Una bicicleta, una caminadora, unos remos, un columpio, unas bases giratorias y cuatro ruedas forman este curioso gimnasio al aire libre que “abre” desde muy temprano.

La mañana del miércoles fue una señora mayor la primera en llegar. A eso de las 8:30 a. m., se acercó vestida con un suéter negro, pantalón formal y un maletincito al hombro. Como el día amaneció lluvioso, miró de cerca las máquinas y, tras comprobar que no había rastro de agua, puso su carga en el suelo, hizo un par de estiramientos y ¡músculos a la obra!

Comenzó con cinco minutos en la caminadora y otros cinco en la bicicleta. “¡No afloje, doñita!”, le gritó un señor que pasaba por la acera del frente.

No había terminado el grito cuando otra señora caminó hacia las máquinas. Esta sí venía con ropa deportiva: un buzo, camiseta, suéter y una gorra le daban cierto aire de atleta.

Llegó con su nieta de la mano, y mientras la niña subía a una de las máquinas para jugar, ella se fue directo a la caminadora. A su lado, la señora del suéter negro ya estaba haciendo remos con el ritmo y la flexibilidad de quien se ejercita todos los días.

Unos segundos después, miró el reloj y de un brinco se bajó de la máquina, tomó el maletín y emprendió la carrera. “Es que voy para las piscinas”, le contó a su compañera antes de despedirse.

Una mujer tomó asiento en los remos, pero no venía a hacer ejercicio. Para ella, la nueva máquina fue un útil soporte para ordenar el interior de su bolso.

Mientras, la señora atlética hizo una pausa para hablar por celular. Unos minutos de remos y de columpio después de colgar, bastaron para dar por concluida su rutina de esa mañana.

A las 9:10 a. m., la abuela y su nieta se alejaron caminando hacia la Avenida Segunda, mientras la lluvia de la madrugada regresaba a la capital.

El aguacero espantó a los transeúntes que tal vez no estaban dispuestos a mojarse por unas libras de menos, y más bien apuraron el paso al pasar frente a las máquinas.

Con solo estar allí unos segundos, se nota que la caminadora y los remos son las favoritas. En cambio, son pocos –poquísimos– los que usan en serio los timones para pectorales. Quizá su oferta de mover los brazos en círculos no le haga gracia a la gente, pero estos tienen su encanto oculto. Todo el que pasa estira la mano para hacerlos girar y dejarlos dando vueltas hasta el infinito.

Tras 40 minutos de lluviosa soledad, un señor cojo se acercó al singular gym con su pareja de hijos. De pie, bajo un paraguas y apoyado en las muletas, se quedó a vigilar a sus vástagos, acercándose a ratos para decirles cómo se usan las máquinas.

Al final terminó probando la bici, los remos y el columpio. Durante casi media hora, el hombre y sus hijos se divirtieron de lo lindo bajo una tenue lluvia que moría poco a poco.

Cerca del mediodía, una niña regresaba del kínder con su abuelo. A unos metros de las máquinas, le dio su bolso de Hello Kitty y salió corriendo hacia el nuevo play.

Detrás de ella, venía un joven con su hijo y dos señoras con tres pequeñas más. En cuestión de minutos, el lugar se llenó de madres, hijos y algunas estudiantes del Colegio de Señoritas que ofrecían una “teja” a la que se subía a una máquina y hacía “el ridículo” por un rato.

Al juzgar por las risas infantiles, se podría jurar que iban a estar ahí toda la tarde si aquella nube negra que llegó con ellos no se hubiera vuelto aguacero.

Al final de la tarde, el tránsito aumentó en en el nuevo bulevar de avenida 4. Cientos de personas regresaban de su trabajo y avanzaban con prisa para tomar al bus.

En medio del ajetreo, un hombre moreno se animó a poner su abrigo en el suelo para hacer dos minutos de remo, pero unas cuantas miradas lo hicieron caer en vergüenza y desistió.

Un nuevo grupo de niños y madres hicieron una escala frente a las máquinas en su regreso de la escuela. La alegría de los pequeños es tal que ni se quitan el salveque para columpiarse.

Un hombre con corbata se sentó en medio de ellos y, con un ritmo envidiable, se concentró por unos minutos en usar la máquina de remos. Después, maletín y libros en mano, se enrumbó hacia los buses mientras un niño en piyama comenzaba sus cinco minutos de diversión.

El día comenzaba a apagarse mientras una luz del alumbrado público intentaba iluminar el pequeño gimnasio. Fue cuando una joven y su madre subieron juntas a la máquina base giratoria.

Poco después, una mujer de unos 50 años regresaba del trabajo y se detuvo en las máquinas. Sin ningún complejo, puso su bolso en el suelo y subió a la bicicleta. Bajita de estatura, de pelo corto y vestida con un traje negro, pasó un rato en cada máquina, despacio y sin saltarse ninguna.

De la bici , a la caminadora, después al remo y al columpio; un rato a mover cintura y hasta los marginados timones... sesión completa.

Mientras recogía su bolso y se marchaba sonriente hacia la parada de autobuses, dos escolares llegaron corriendo a pelearse la caminadora. Mas la diversión terminó cuando una de ellas descubrió que su madre se había ido sin avisarles. Los gritos de las niñas por el bulevar hicieron eco en el nuevo gimnasio que, tras su partida, quedó oscuro y solitario hasta que la mañana siguiente le trajera nuevos “clientes”.

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