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Rezago evidente

El boom no es universal

Actualizado el 11 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

Rezago evidente Centroamérica aún no se suma al auge del documental largo y de profundidad

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El boom no es universal

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El filme documental nació junto al cine mismo con aquellas antológicas imágenes de La llegada del tren y La salida de los obreros de la fábrica que nos legaron los hermanos Lumière, pero ha sido habitualmente un género preterido a lo largo de los poco más de cien años de edad que tiene el séptimo arte, sobre todo debido a esa preeminencia del star system hollywoodense, que ha marcado mucha de la historiografía cinematográfica.

Sin embargo, a partir de la década de 1980, el documental resurgió debido a la preponderancia de la televisión como medio de comunicación masiva y al surgimiento de varios programas cuyo contenido se basaba en materiales realizados con elementos tomados directamente de la realidad.

El documental se regeneró así, muchas veces de la mano de formas híbridas que no tomaban en cuenta las pautas habituales en la conformación del género, como el reality show y el docudrama.

Esa revitalización se ha afianzado gracias a las facilidades técnicas de última generación: filmación con cámaras cada vez más manuables, edición digital, distribución a través de Internet, televisión online , etcétera. Todo esto ha derivado en un menor costo de la producción y en cierta “democratización” del trabajo audiovisual.

A esos cambios se suma el éxito en fechas recientes de unos cuantos documentales –sobre todo españoles, franceses y estadounidenses– en logros de premios, en selección para festivales de cine, e incluso en cuanto a recaudación.

Por una parte encontramos el documental político, cuyo movimiento es liderado en los Estados Unidos por Michael Moore y sus películas Bowling for Columbine , Fahrenheit 9/11 , Sicko y Capitalism: A love story . Europa no se queda a la zaga gracias a filmes como Zahira, la que florece (España, 2004), de Nina Rosenblum, y Burma VJ (Dinamarca, 2008), de Anders Østergaard.

En la otra cara de la moneda aparecen obras de impronta ecologista, como The Cove (EE. UU., 2009), de Louis Psihoyos; El viaje del Emperador (Francia, 2005), de Luc Jacquet, y Una verdad incómoda (EE. UU., 2006), cinta dirigida por Davis Guggenheim y presentada por Al Gore, exvicepresidente de la Casa Blanca.

Es así que el cine documental parece haber resurgido como un medio de expresión informativa, propagandística o artística. El cine documental ofrece un fenómeno que críticos y teóricos ya catalogan de boom.

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Cercano a nuestra realidad. Sin embargo, cuando nos acercamos a la documentalística centroamericana, los jóvenes cineastas evidencian grandes ganas de hacer, pero a la vez parece que desconocieran los principales estilos y técnicas del documental, y que no estuviesen familiarizados con sus grandes autores, como Chris Marker, Agnès Varda, Jean Rouch, Dziga Vertov, Santiago Álvarez, Fernando Pino Solanas, Patricio Guzmán, los hermanos Mayseles y los pioneros del free cinema británico.

También en Centroamérica han crecido la producción y el interés por el cine documental, y en ello influyen las nuevas tecnologías.

Además, el crecimiento de la producción muchas veces no está sujeto a los deseos de los realizadores, sino a las condiciones existentes: desde un punto de vista técnico y productivo, pueden dedicarse con más facilidad a crear documentales y no obras de ficción pues estas últimas demandan más recursos.

Por otra parte, en la producción reciente centroamericana predomina el retrato de las pequeñas y cotidianas épicas, como lo hace el salvadoreño Jorge Dalton en Entre los muertos , en el que aborda el tema de la muerte a partir de la violencia y la inseguridad. Las pequeñas épicas también ocurren en las obras de los costarricenses Jurgen Ureña ( Costa Rica pura vida;Espejismos ) y Pablo Ortega ( Costa Rica S. A. , El oro de los tontos y Las trampas del gas).

Costa Rica, S. A. expone el autoengaño de que vivimos en el país más feliz del mundo, a través de historias de indigentes, inmigrantes y precaristas. El oro de los tontos aborda cuestiones polémicas, como las implicaciones ecológicas de la minería a cielo abierto, la extracción de gas natural y la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos.

Esa misma voluntad de documentar lo cotidiano (muchas veces mediante formas que se asocian con el estilo reporteril o el video comunitario) ocasiona que predomine el corto, más cercano a la noticia, la denuncia y el llamado de atención, que al seguimiento y la profundización.

Por citar un ejemplo, en el pasado Festival Internacional de Cine “Paz con la Tierra”, realizado en San José, el premio en la categoría documental se declaró desierto porque solo se presentó un largometraje: Los Vargas Brothers , de Juan Manuel Fernández.

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Ese tipo de documental –corto y urgente– no ha caracterizado al boom del género en el mundo. Lo que se celebra es el largo documental con temas inquisitivos, políticos e incómodos, que plantea preguntas al poder y que objeta leyes o valores. El documental investigativo es el que ha ganado premios y atención en el mundo, y las obras de profundidad escasean cuando miramos a la región centroamericana.

Por tanto, los triunfos del documental contemporáneo no sólo obedecen a una cuestión financiera y de producción, y es una lástima que Centroamérica participe apenas del gran éxito que goza mundialmente el género.

Los espacios. Cuando apareció la televisión, a principios de los años 50, muchos pensaron que el cine moriría, pero sucedió todo lo contrario pues el decenio de 1960 fue un momento glorioso para la historia del cine.

La muerte de casi todos los soportes ha sido proclamada como boom , y ahora sucede lo mismo: la aparición de la televisión por cable y la satelital ha creado un enorme mercado audiovisual en todo el planeta. Hay un boom mundial porque existen los espacios: los grandes festivales de cine premian documentales.

Sobre todo en Europa y Norteamérica, los exhibidores han creado pequeñas salas de “cine arte”, donde se proyectan documentales de manera regular, y las televisoras compran mucho material documental para completar su programación.

No obstante, esos espacios escasean en Centroamérica. Cinemark y Cinépolis difícilmente exhiben una película documental.

La televisión consume muchos documentales, pero casi todos son foráneos. Así, desde el punto de vista de la distribución y la exhibición, el documental centroamericano tampoco participa del boom existente en el mundo.

En el istmo, la producción documental ha crecido ostensiblemente durante los últimos 20 años, pero también es real que –a diferencia de lo que ocurre en muchas otras regiones del mundo– una gran parte de esos materiales no pasa a la programación televisiva, salvo determinados espacios del Canal 13, en Costa Rica, y Vos TV Canal 14, en Nicaragua.

Muchas veces, esa producción queda relegada a una circulación alternativa: a un ambiente doméstico o académico que carece de salida comercial.

Hay diversas interpretaciones del boom –desde enfoques temáticos, comerciales o contextuales–, pero ninguna tiene el propósito de mellar las ansias de los documentalistas, su espíritu renovador y su preocupación por registrar la realidad urgente y cambiante.

El autor es periodista, investigador y crítico de cine. Ha sido productor y programador en ciclos cinematográficos.

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