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Sursum corda!

Actualizado el 31 de agosto de 2012 a las 12:00 am

Un hijo de esta patria puso el nombre de nuestro suelo en la geografía planetaria

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Hay quienes marcan sus tiempos como consciencia crítica de sus pueblos y suelen quedar tan ignorados como sus advertencias. Otros abren senderos con la fortuna de las llaves del poder que tuvieron, pero son valorados solo cuando se diluyen los celos de sus coetáneos. ¿Será justa la Historia? No siempre, ni con unos, ni con otros.

Mis mejores personajes son hidalgos que no temen pasar por Casandras y señalan entuertos y atacan molinos, adarga al brazo. Eso mismo me obliga, emulante, a condenar el lodo contra protagonistas decisivos de nuestra historia. Ese es el tema de este comentario, el deporte nacional del serrucho, que tanto nos desmerece.

No es día de panegíricos, pero renuncio a unirme al coro de los sicofantes. Vive aún un hijo de esta patria que puso el nombre de nuestro suelo en la geografía planetaria. “¿Y quién es ese?” –dicen algunos–. “¿No es acaso un simple herediano, hijo de doña Lylliam y alumno de la niña Olga?”. Desde tiempo inmemorial se sabe que “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo” (Mateo 13, 57). Obviamente no hablamos de un profeta, pero ser uno de nosotros pareciera minusvalía y, cuando alguien destaca, en vez de elevarnos todos, buscamos hundirlo, como los cangrejos al congénere que se sale del canasto. Costa Rica debería sentirse de manteles largos y tal vez lo haría, de no estar de por medio fuegos de precampaña.

De Costa Rica salió la brisa que apagó la última llama de la Segunda Guerra Mundial, cuando la derrota del Eje se mutó en Guerra Fría entre los antes aliados. Pero decir Costa Rica es decir mucha gente. En realidad los sucesos no fueron tan genéricos. Cuando, disfrazada de utopía y alimentada de hambre, la geopolítica encendió guerras civiles en Centroamérica, una voz, con nombre y apellido, pudo contra los grandes del mundo, fortalecida y alentada por el respaldo de su pueblo.

Mi generación quedó marcada por un canto de campaña electoral. “Paz para mi pueblo, paz para mi gente”, rezaba, recogiendo la más profunda aspiración de Costa Rica. ¡Y no fueron cuentos chinos, aunque así se pudo haber pensado! Ya había ocurrido con proclamas de “neutralidad perpetua”, cuando se “consentía” el uso del territorio como plataforma bélica. Nada aseguraba que el nuevo presidente se atreviera a enfrentar a Reagan, sobre todo cuando nuestra deuda externa forzaba condescendencia con el “amigo del Norte”. ¿No ponía ese señor en peligro los intereses nacionales al buscar la paz para vecinos en llamas? Seamos sinceros, más de uno así lo pensó.

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Sería simplista decir que todo fue mérito suyo. Jamás es así. Los grandes cometidos responden a necesidades históricas y sociales, encuentran alianzas que los respaldan y cuentan con la asesoría que los encamina. Todo eso tuvo nuestro ilustre compatriota. Lo que no le resta mérito. Fue cabeza visible de esa gesta y su nombre, bandera de esa lucha, con la suprema investidura de un pueblo que lo había elegido para esa tarea.

A Vinicio Cerezo atribuyen algunos el protagonismo de esta empresa. ¿Cómo podría serlo como presidente de un país con las más atroces violaciones contra los derechos humanos, en una guerra civil que ya había cobrado más de doscientas mil muertes? En todo caso, el Instituto Karolinska consideró, en 1987, que otorgarle el Premio Nobel de la Paz al presidente de Costa Rica era el mejor apoyo al Plan que llevaba su nombre.

Sin el éxito del plan de paz, el conflicto pudo haber terminado tres años después, con la disolución de la Unión Soviética. Pero nada excluye que una derecha enardecida lo hubiera convertido en un baño de sangre y no en la paz concertada que fue, marcando un antes y un después en Centroamérica.

No hablamos de una figura hierática, sino de alguien “humano, demasiado humano” para apologías. Pero eso no excusa la mezquindad. ¿Cómo renegar de esa gesta, disminuir su trascendencia o mitigar su impacto? ¿Quedará su principal protagonista enlodado en la historia por ausencias contables o decisiones ecológicamente sensibles y no caracterizado por los puntos de inflexión que tuvo Costa Rica en sus dos administraciones?

Nobleza obliga. ¿No fue acaso suyo el giro de timón que puso nuestra proa hacia el Pacífico asiático? También eso se quiere escribir lleno de nebulosos interrogantes, que no pueden desvirtuar el significado de su obra. Tanto China como Taiwán compensan las relaciones diplomáticas y sus dádivas no pueden ser el punto de referencia. La valoración estratégica se hace con base en los intereses nacionales de mayor proyección. A eso no se habían atrevido ningún antecesor ni ningún vecino, ahora arrepentidos al verse adelantados por la “jugada” tica.

¡Arriba los corazones! En esto no caben estrechos juegos electorales. Brindemos el decoro que merece nuestra propia hidalguía, como nación, que se proyecta, desde el liderazgo de Óscar Arias, como faro de paz e inspiración para el mundo.

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