El divorcio entre la palabra y la acción resulta intolerable

 11 noviembre, 2011

“'Y recuerden, hermanos, que el diezmo es un acto a través del cual los cristianos manifestamos nuestro amor por la Iglesia, un gesto con el que honramos el cuerpo de Cristo, una dación que Él agradecerá y sabrá recompensar en su momento” –predica el santo varón, en la parroquia de un modesto suburbio capitalino. Pero resulta que el señor llega a oficiar la misa en un Alfa Romeo último modelo, ultra-estilizado y rumboso vehículo que deja parqueado en la casa cural, y del cual emerge con prestancia digna del Agente 007, para dispensar sus sermones que preconizan la austeridad, la espiritualidad, el desapego de las riquezas materiales, la nocividad de la ostentación, el modelo de la vida contemplativa, simple, sobria. Eso hace, sí, el atildado preste. Y a mí, francamente, esto me da náuseas.

El carro, para más señas, es un modelo Giulietta, color plateado centelleante, y cuesta sesenta mil dólares. Cierto: un Range Rover vale el doble. Pero no es el precio lo que cuenta. Es el uso del vehículo como símbolo de estatus, de notoriedad, como acto narcisista y alardoso. Como prolongación del pene.

Superficialidad vulgar. Vivimos en una sociedad en la que todo es signo, todo denota algo, todo porta un mensaje, todo significa algo. Como buenos hermeneutas, debemos aprender a descifrar esos signos, que no otro es el propósito de la semiótica. Manejo un Alfa Romeo, ergo tengo mucho dinero, ergo soy muy poderoso, ergo soy muy importante, ergo manejo un Alfa Romeo... y así se recicla ad infinítum el círculo vicioso del pensamiento absurdo, el que no tiene salida, porque todo se reduce, en última instancia, al apotegma: soy lo que tengo.

Un “pensamiento” sustentado en la mera necesidad de proyectar una imagen, el de las víctimas de la publicidad, el de los galeotes del marketing , de la sociedad de consumo, de los mandatos subliminales o explícitos del mercado: “sea importante: maneje un Alfa Romeo: muéstrele al mundo sus bíceps financieros: pruebe quién es el macho alfa, el varón hegemónico, el espécimen mejor dotado fálicamente”. Simplemente, una vulgaridad.

En medio de la peor crisis financiera que el mundo ha vivido desde 1929. En un país atenazado por la pobreza. Y en una ciudadela –repito– más bien menesterosa. ¡Llegar en un Alfa Romeo Giulietta! ¿Saltará del vehículo, el padre, con gesto atlético de pantera, subirá al púlpito y se presentará diciendo: “My name is Bond, James Bond”. Y luego, ¿procederá a pedir un martini “shaken but not stirred”? No, no, señoras y señores, esto es grotesco: yo no lo puedo aceptar. Padre: ¿qué hace usted cuando le corresponde ir a administrar una extremaunción a la los barrios con más alto índice de criminalidad y de miseria del país? ¿Va en taxi? Porque usted bien lo sabe: de entrar con un carro así a esos barrios no saldría ni con un neumático en su lugar. ¿O será que, por principio, no se rebaja usted a visitar parajes de esa estofa? Querido, respetado amigo, monseñor Barrantes: por las heridas de Cristo, llame al orden a sus clérigos. Lo estoy interpelando a usted directamente: no ponga a alguno de sus subalternos a contestarme este comentario.

Entendámonos: no soy de los que creen que un cura deba condenarse a sí mismo a una vida de mendicación, a andar descalzo, pies y manos llagadas, cubierto apenas por tosco sayal, y los estragos de la ascesis más severa marcados en el rostro; pero sucede que sí creo en la coherencia ideológica, existencial, filosófica.

Y sí, francamente me parece que un cura que llega a extorsionar el diezmo de su feligresía en un Alfa Romeo incurre en una línea de conducta obscena, ofensiva, reprensible.

Venda su nave espacial, padre, adquiera un vehículo menos representativo del decadentismo consumista de Occidente, y ofréndele el dinero sobra al “cuerpo de Cristo”. ¿Que no tiene usted derecho a manejar su Alfa Romeo, como cualquier buen ciudadano que paga sus impuestos y cumple con sus labores puntualmente? Sí, por supuesto que lo tiene.

Pero ese es precisamente el punto: la sociedad está llena de prácticas que son legales, pero no decentes, y otras que, siendo perfectamente decentes, son ilegales. La ley, por desgracia, no equivale siempre a lo justo, a lo ético, a lo correcto. Está demasiado contaminada por intereses y juegos de poder como para cristalizar la noción de justicia, sea esta entendida en su más prístino sentido.

Falta de coherencia. He debido sufrir la extorsión del señor de marras, y soportar su discursete sobre la “austeridad”, la importancia de la “caridad”, la necesidad de “dar de comer al hambriento”, de “no caer en las trampas de la sociedad de consumo”, y de cultivar “los valores espirituales sobre los materiales”. Sí, sí, todo eso lo he oído. Y concuerdo con los postulados básicos de este modelo ético. Pero creo que la palabra debe ser la hermana gemela de la acción. Predicar con el acto, no solo con el verbo.

En un ser humano respeto, por encima de todo, esa rara cualidad que llamamos coherencia. Que la vida sea la plasmación de un credo, de una axiología auténtica. El divorcio entre la palabra y la acción me resulta intolerable, más aún en un señor que se pretende faro moral de una comunidad.

Estos detalles no pasan inadvertidos por la gente –yo me encargaré siempre de que tal cosa no suceda– y nuestra Iglesia católica –desprestigiada y éticamente desautorizada como nunca– debería tener cuidado con estos gazapos.

Y precisamente porque respeto a la Iglesia (no soy uno más de los muchos oportunistas que aprovechan el mal momento que atraviesa para ensañarme con ella: eso sería demasiado fácil e indigno), me permito llamarle la atención sobre este punto. Porque creo que la acción histórica de la Iglesia ha sido fundamental en la consolidación de nuestra arquitectura social (por cierto que ni monseñor Sanabria ni sor María Romero manejaban Alfa Romeos).

Porque la considero una institución merecedora de toda deferencia, responsable de algunas de nuestras más señeras conquistas sociales. Por eso, y no por otra cosa, juzgo necesario criticarla. Porque su misión, su imagen y su destino me importan, que, de lo contrario, me quedaría callado (cosa siempre más fácil y segura).

Contrariamente a lo que los sacerdotes dicen, las religiones también pasan (han muerto la de los hititas, los fenicios, los babilonios, los etruscos, los sumerios, los egipcios, los griegos, los romanos: todas en su momento se postularon “eternas”, “universales”, “absolutas”).

No se asuman imperecederos, señores: ustedes también están en el juego de la historia, que avanza y aniquila a quienes se quedan rezagados.

El doble discurso de los hierofantes ha acabado con todas las religiones de que el mundo tiene memoria.