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Un domingo cualquiera

Actualizado el 02 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Una sociedad que clasifica a la gente en primera, segunda y tercera categoría

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Domingo 16 de septiembre de 2012, pasada la una de la tarde, carretera de entrada a San Rafael de Escazú, frente a un restaurante de comidas rápidas. El aire aún dispersa el eco del Himno Nacional cantado apenas 37 horas antes en todo el país. Al lado de la parada de buses un hombre con la ropa ajada y las manos sucias, convulsiona al borde de la calle, su cabeza en el caño, a centímetros de donde cientos de carros circulan a alta velocidad. Mientras su cuerpo se agita y su cabeza rapada y raspada se golpea una y otra vez contra el cemento, las personas que están cerca lo miran paralizadas por el miedo, el asco o la indiferencia. “Solo 14 de cada 100 aspirantes ganan proceso para ser policías. Mayoría no pasa la prueba psicológica”, La Nación , 24/09.

Alguien que pasa. Por fin alguien que pasa por ahí se detiene y corre a alejarlo del borde de la calle, a colocarlo en lugar seguro. Por dicha lo bueno se contagia: algunos de los que hasta ese momento estaban congelados, reaccionan y ayudan. El hombre, que además de pobre tiene algún grado de retraso mental, no puede explicar por qué tiene la cara ensangrentada. “Traigan agua y unas servilletas por favor”, pide quien lo socorre. Se las traen y sin dudarlo, le limpia lo que puede antes de que otra convulsión le impida seguir.

“La mayoría de los aspirantes es rechazada en la primera de las cuatro pruebas que el Ministerio les aplica: la psicológica. Ahí se quedan 69 de cada 100” (Ibíd).

Una jovencita de 16 años llama al 911. Después de describir la escena y al sujeto que convulsionaba, le preguntan si necesita una ambulancia o una patrulla. “¡Una ambulancia, y rápido porque el señor tiene sangre y está convulsionando” . La comunican con la Cruz Roja y ella repite la descripción. “Ah, entonces es fulanito (por respeto, nos reservamos el nombre), ese es un conocido de la zona”, le dice la voz al otro lado. “Sí, es él, siempre anda por aquí”, contesta ansiosa la chiquilla. “Pero ese es un indigente que se hace el enfermo para pedir plata”, replica la operadora. La jovencita no cede: “Yo lo conozco, no está fingiendo, eso le pasa de verdad, ya lo he visto; ya le hemos ayudado antes. Y además él se para a regalar flores en las esquinas”. Nuevamente le ofrecen enviar a una patrulla por tratarse de un indigente. “Otros 15 no pasan los siguientes filtros: el examen médico, la prueba física y el estudio de vidas y costumbres” (Ibíd).

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Al fin, accedieron. Después de varios minutos de argumentación, en que la tenaz adolescente convence a la operadora de que es tan importante y obligatorio atender a un indigente como lo sería atender a una señora bien vestida que estuviera convulsionando y con la cara ensangrentada en media calle, accedieron a enviar ayuda. Un grupo de adolescentes patineteros también hacen el reporte al 911. Los carros siguen pasando, los buses se detienen, recogen pasajeros y continúan su camino; en el restaurante, la gente se come sus papas fritas y mira por la ventana cómo el pobre hombre llora y trata de expresar que le duelen la cabeza y un brazo. Junto a sus piernas magulladas, unas hormiguillas hacendosas recolectan provisiones.

Sueño de convertirse en policía reúne a 200 jóvenes en San José. Requisito mínimo es tener entre 18 y 30 años y el tercer año de enseñanza media (') “Me gusta la adrenalina y algún día me gustaría pertenecer a la Unidad Especial de Apoyo”, manifestó el muchacho de 20 años”, La Nación , 21/10/2012.

Una patrulla llega al lugar. Cuatro oficiales bien uniformados y con sendos chalecos antibalas, se bajan y se acercan. Ya conocían al hombre en cuestión, “Ah, es fulanito, un indigente conocido. Ahorita se levanta y se va como si nada”, comenta uno. “Pero está sangrando, hay que ayudarle”, le replica uno de los muchachos que lo están socorriendo. “Para qué, si esa es sangre vieja, quién sabe en qué se metió”. El joven le enseña las servilletas sucias de sangre fresca: “Vea, esas heridas son de ahora”. “¿Y qué, quién va a limpiar a ese piedrero, usté?”. “Pues sí, nosotros ya lo limpiamos un poco, pero volvió a convulsionar”.

“4 policías presos por matar de balazo por la espalda a indigente. Víctima dormía en un colchón en un lote baldío cuando recibió el disparo (') Espinoza era un mecánico que después cayó en el alcoholismo y acostumbraba dormir en sitios abandonados”. La Nación , 23/10/2012.

Los oficiales se quedan mirando, sin mostrar signos de sensibilidad o conmiseración. Mientras, ya un poco más recuperado, el herido mira a su alrededor y toca el suelo buscando el motete que se le había caído en la trifulca. “¿No ve que ya está jugando con las hormigas? Él se hace para que le den plata”, es el broche de oro de uno de los bien vestidos policías. Para suerte del menesteroso, pocos minutos después, llega, finalmente, la ambulancia. “En situaciones como estas apelamos a que tenemos un número más grande de oficiales que son honestos”, comentó Celso Gamboa, viceministro de Seguridad (Ibíd).

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La Fuerza Pública hace una labor encomiable, en medio de la escasez de recursos y del aumento de la violencia en el país; exponen su vida a diario por nosotros y merecen nuestro respeto y consideración. Seguramente episodios como estos son excepcionales. Pero la verdad es que no debería ocurrir ni uno. ¿Falta de sensibilización como parte del entrenamiento, un problema de costumbres generalizado (no solo entre los policías) que promueve la indiferencia ante el dolor ajeno, una sociedad que clasifica a los ciudadanos en primera, segunda y tercera categoría, o falta de educación en valores en los hogares y en las escuelas? Mucho para pensar y mucho por hacer.

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