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Otras disquisiciones / La verde fronda de Nebrija

Actualizado el 19 de agosto de 2012 a las 12:00 am

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Otras disquisiciones / La verde fronda de Nebrija

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Algunas obras de arte son muy técnicas. Así, por ejemplos, ciertas novelas son productos de las técnicas de los contraplanos de tiempo y de los narratarios multivalentes, y de la falta de técnica. Algunas novelas denuncian también la incomunicación del mundo moderno, y sus personajes se lo pasan conversando en expresivo monólogo interior.

Tales libros suelen ser obras de escritores que, cuando no lo quieren, no son amenos, pero, cuando sí lo quieren, no pueden. Uno se pregunta por qué el flujo de la conciencia no se llevó a los autores.

Algo similar puede decirse de otros géneros del arte, guardando las distancias. Dicho sea de paso, ha de ser enorme el lugar donde siempre guardamos las distancias. La escultura también ha sido víctima del acoso de la inspiración de algún artista acosado por la inspiración. Lo malo era que, cuando la inspiración lo visitaba, él acababa de salir. El problema con ciertos escultores comprometidos es que descargan toda su crítica social en el modelo.

No podría decirse todo aquello del mínimo busto que su pueblo natal dedicó a Antonio de Nebrija, celebérrimo gramático español. Como se verá, el busto dedicado a Antonio de Nebrija es más modesto que Antonio de Nebrija.

No está mal aquel bronce, ofrecido en el pueblo andaluz de Lebrija, que debe llamarse Nebrija o Nebrisa si nos atenemos a su étimo latino: Nebrissa . La historia universal nos ofrece numerosos casos de pueblos que cambian de nombre como si estuviesen cargados de deudas.

Aun así, no es muy feliz el busto nebrisense ya que el egregio humanista yace allí sobre un libro –también broncíneo– cual si trabajara de pisapapeles en un parque.

Otros monumentos en su ciudad y en otros ámbitos rinden mejor homenaje al linguista y geógrafo aficionado, quien publicó la primera gramática de un idioma euro-peo vivo. Antes decíamos “lenguas vivas”, mas ahora nos dicen “lenguas modernas”: capricho, en fin.

Don Antonio publicó su Gramática castellana en 1492, annus mirabilis , año admirable para la Corona española pues entonces conquistó al último reino árabe peninsular, en Granada, y alcanzó a la América lanzando sobre la Mar Océano el azar de tres dados-carabelas.

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Nebrija nació en 1441 en un pueblo casi sevillano, y aún mínimo cuando Azorín lo visitó en 1907 y lo halló martillado por una feroz sequía y por otra sequía: la pobreza.

Hacia 1500, Nebrija publicó un folleto geográfico, de poco valor según opina Juan Gil ( Mitos y utopías del Descubrimiento, vol. I, cap. 5). En el folleto, Nebrija cometió la vanidad de ofrecer el largo de su pie como unidad de medida universal. Fue un pie métrico, mas no lírico.

Su Gramática no alcanzó buena fortuna pues solo se reimprimió a mediados del siglo XVIII, como una curiosidad (Antonio Alatorre: Los 1.000 años de la lengua española , cap. 9). Antonio de Nebrija fue uno de los humanistas que florecieron en el ángulo del tiempo que une la sima sepia del Medievo con la crecida del Renacimiento. Por este árbol de fronda verde y maternal que aún nos sostiene, anda Nebrija.

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