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La democracia universitaria y el clientelismo político

Actualizado el 13 de junio de 2012 a las 12:00 am

La democracia universitaria es frágil y susceptible a grupos con intereses políticos

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Las pasadas elecciones en la Universidad de Costa Rica que concluyeron con la elección de Henning Jensen Pennington como nuevo rector para el periodo 2012-2016 reveló que dentro del claustro universitario echaron raíces las censurables prácticas de clientelismo político, hostigamiento laboral y la compra de conciencias. Esto es grave en momentos en que la educación superior pública enfrenta una difícil coyuntura donde sectores económicos multinacionales ven la educación como un servicio susceptible de compra-venta, y en cuya propuesta no cabe el modelo solidario de la universidad pública.

En dicho proceso afloraron las promesas de puestos en propiedad a cambio de votos, o de posterior apoyo para presionar a las autoridades para continuar en puestos de confianza, como si tratara de una piñata. La labor del nuevo Consejo de Rectoría es titánica porque dichas fuerzas políticas pretenden sostener en puestos de dirección a algunos de sus miembros, so pena de amenazas de desprestigio para la UCR, que ha liderado la defensa de la institucionalidad costarricense y ha trans- ferido al sector productivo conocimientos científicos y tecnológicos de altísimo valor. Lo anterior evidencia que la democracia universitaria es frágil y susceptible a grupos con diversos intereses políticos.

La tarea de profesor Jensen será demostrar que aún es posible una labor pública donde la decencia, la lealtad a los valores universitarios y la dignidad sean los derroteros de cada uno de sus funcionarios. Sin duda, la dignidad está en peligro de extinción y algo tenemos que hacer para recuperarla como pueblo.

Es inimaginable que en la UCR, o cualquier institución educativa de alto nivel, se incuben el germen de la deslealtad, la apatía, los pactos debajo de la mesa y prebendas que tanto han dañado la función pública. Las acciones contundentemente transparentes y apegadas a las normativas universitaria y nacional deben ser los pilares de las universidades públicas ante los embates de aquellos que anhelan echar mano al principal recurso del desarrollo: la educación.

Democracia y normativa. Atendiendo a la autonomía y las universitarias, cada cuatro años el grupo ganador de las elecciones a la rectoría tiene la potestad de elegir los miembros de su equipo, lo que incluye a vicerrectores y directores en cargos de “confianza”. Los nuevos nombramientos tienen como objetivo consolidar el equipo de trabajo que emprenderá conjuntamente con el nuevo rector emprender el proyecto político propuesto en campaña. Esto es parte del proceso democrático, no reconocer este derecho es tan reprochable como desconocer los resultados electorales.

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Las elecciones democráticas requieren madurez para asumir tanto el triunfo como la derrota. Y les corresponde a los ganadores asegurar una transición pacífica sin renunciar al programa de gobierno propuesto.

La democracia es democracia sin importar de qué lado quedamos al final del camino, y cada universitario debe actuar consecuentemente.

Es inadmisible que algunos se aferren a sus puestos al considerarlos de su propiedad, de la misma manera que es censurable que en otras instituciones públicas los cargos medios se convierten en el feudo personal para algunos.

El mandato recibido por el profesor Henning Jensen Pennington es devolverles la esperanza a la comunidad universitaria y al país, mediante una gestión que se caracterice por la transparencia y la firmeza ante los vaivenes políticos, venga de donde vengan.

El futuro de la educación superior pública pende de un hilo; por lo tanto, es absurdo permitir que las luchas internas por mínimas cuotas de poder den al traste con un proyecto innovador como el que pretende impulsar el nuevo Consejo de Rectoría.

De no lograrlo, como juraron el pasado 18 de mayo, la comunidad universitaria y el país se lo reclamarán.

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