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La democracia adúltera

Actualizado el 16 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

El podereconómico genera, inevitablemente,poder político

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El Mito . He aquí una de las anécdotas fundadoras del mito contemporáneo: tras su viaje a Singapur, Deng Xiao Ping se convence de que, para repartir riqueza, hay que crearla primero y que para esto es indispensable la iniciativa privada. Algunos deben enriquecerse, dicen que dijo. Aceptaba tácitamente que el materialismo histórico se había equivocado al suponer que el individuo afiliado en comunas no seguiría la ley del menor esfuerzo, así se desplegaran toda la propaganda del culto proletario. La conciencia de clase era una fuerza histórica inferior al mero afán de lucro personal.

La privatización de las granjas y el nacimiento de las zonas económicas especiales da paso a ese híbrido que es el capitalismo embrionario en el vientre de un Estado totalitario y que marca el ascenso vertical de la productividad China hasta su consolidación como fabrica del mundo. Explica cómo, en una gran nación en manos de obreros y campesinos la esclavitud disfrazada sacó de la competencia a la producción industrial de occidente, donde curiosamente las leyes laborales elevan los costos. Y digo curiosamente pues en el siglo XIX se suponía que era el capitalismo el que esclavizaba, y la revolución la que debía liberar.

Nueva clase alta. Pero para el Comité Central esta paradoja era necesaria en el camino al Nirvana del desarrollo. Una vez generada la riqueza, el Estado se encargaría de la distribución de la mayor parte, según el dictum “de cada uno según su capacidad y a cada uno según su necesidad”, en el que Marx se acerca llamativamente al catecismo. Pero, aunque treintaitantos años después los estándares de vida chinos mejoran a expensas de su margen de competitividad, también se amplía la brecha social con el surgimiento de una nueva clase alta.

Y es aquí donde los caminos convergen. La anécdota de Deng se convirtió en himno de victoria del capitalismo, al creer que su enemigo histórico aceptaba al fin esa predisposición biológica al egoísmo que termina por enterrar el mito de la panacea socialista de Rousseau, de la que se alimento el marxismo según Lenin. No importa que el gato sea blanco o negro, siempre y cuando cace ratones, le reprochan haber dicho a Deng.

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La trampa. Pero el gran estadista comprendió que las variables macroeconómicas no debían salir de las manos del estado centralista, pues eso implicaría el desmoronamiento de su sistema. Todo modelo de desarrollo democrático, basado en un concepto análogo, topa con otra verdad elemental: el poder económico genera, inevitablemente, poder político. Primero a escala comunal, luego a escala nacional. Vemos en China que las pretensiones de la nueva clase han sido controladas manu militari, pero la crisis reciente en la cúpula y la purga de Bo Xilai demuestran hasta qué punto la corrupción derivada de aquel inofensivo afán de lucro, ha corroído lo cimientos del gigante.

En las democracias occidentales la herramienta mas obvia para distribuir riqueza son los impuestos directos. Pero cuando el interés privado se apodera definitivamente del Gobierno, conviertiendose en ruling class, la dinámica se limita al enfrentamiento entre ese grupo y los que aspiran a integrarlo. El poder desnaturalizado pone en su mira las cargas directas al patrimonio, pues prefieren invertir en cabildeo que colaborar con un sistema de solidaridad social. Pero lo que tiene sentido en el balance de resultados de la empresa no lo tiene en el largo plazo de la sociedad y se enciende la mecha, recomenzando un nuevo circuito de conmocion social. Ahora es primordial dilucidar como cambia la globalización esa disputa entre la avaricia y el populismo. Para Ulrich Beck en su descripción de la Sociedad de Riesgo: hay un vacío político e institucional en que los movimientos sociales son la nueva legitimación.

Nuevos radicalismos. Pero sintomáticamente, alrededor del mundo dicha legitimación desemboca o enciende nuevos radicalismos: la primavera egipcia se malogra en las garras del fundamentalismo, por ejemplo. Como la revolución chavista se volvió una nueva forma de nepotismo, en el otro extremo del espectro. O en Estados Unidos, donde el Tea Party alude a los Padres Fundadores para atacar el esquema tributario cuyo origen puede rastrearse hasta el primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, y que es la piedra angular que permitió a un país muy joven convertirse en la mayor potencia del mundo en solo siglo y medio. Obama llegó a la Casa Blanca, pero con un acceso más que limitado al poder, obligado siempre a negociar hasta la casi rendición cualquier reforma social. Mientras tanto, los decepcionados, casi la mitad de los electores, simpatizan con Mitt Romney, que se hizo millonario despanzurrando empresas y dejando a miles de trabajadores en la calle. Si el presidente no consigue reelegirse, los republicanos con certeza revocaran el Obamacare, negando al presidente la posibilidad de agregar su nombre al de los grandes reformadores en la Casa Blanca.

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Las nuevas fronteras. Pero una circunstancia imprevisible pone hoy en una situación particularmente frágil tanto al concepto de estado nacional (y que en Alemania, por ejemplo, nace con la creación del Zollverein, haciendo de la abolición de las aduanas su elemento de cohesión) como a la democracia allí ejercida. Nada preveía la llegada de Internet y la globalización. Y con ella, la virtualización definitiva del circulante. Los grandes capitales migran a registros digitales encriptados, sin vinculación nacional, en un mundo sin territorio ni gobierno. Es más, la gran batalla por el control de la web ya tuvo sus primeras escaramuzas, siendo la más notoria la que observamos como consecuencia del caso Megaupload (y que toca un punto crítico de la economía americana: el derecho de autor) y conviertiendo la mascara de Anonymous en el nuevo símbolo de la anarquía.

Dentro de poco, los poderosos del mundo ya no tendrán que mantener 4 residencias para no pasar más de 120 días en ninguna de ellas y poder esgrimir que son residentes de San Marino o Montecarlo. Cada día más, los Gobiernos pierden la capacidad de reclamar su tributo en la ganancia de empresas radicadas en la nube o en un disco duro, sin topos, cuyas transacciones, especialmente en el área de servicios, son difíciles de rastrear. La relación entre globalización y taxation es sujeto de múltiples estudios académicos, enfocados no solo en la migración de capitales, sino la del trabajo (lo que complica establecer el origen del valor agregado) y que derivan en complicadas situaciones de jurisdiccionalidad. En un estudio liderado en la Universidad de Wisconsin se habla del vanishing taxpayer (el contribuyente que se desvanece), refiriéndose a la progresiva complicación que enfrentara el estado tradicional para garantizar su ingreso.

Mayor vulnerabilidad. El desfinanciamiento de los Estados conllevará una mayor vulnerabilidad al poder del capital global y, en consecuencia, a la generación de leyes que lo protejan. Cuando los alemanes le digan a Angela Merkel, por ejemplo, que ya no quieren seguir dando respiración artificial al euro' ¿Habrá un solo político para evitar la debacle? ¿No las acepto ya Grecia, capaz de rechazar las condiciones de los bancos en el caso de Goldman Sachs ?

Austeridad será la medicina recomendada, es decir, que el pueblo pague lo que mayoritariamente se llevaron los banqueros (no los bancos) y los intermediarios financieros.

En este contexto, las naciones del mundo, a excepción de aquellas 20 que tienen el volumen necesario, tienen pocas posibilidades de sostener democracias autónomas y reales. Cada vez más, deberemos aceptar con resignación que las decisiones cruciales se tomen en otra parte, por juntas de accionistas para las que solo somos una ínfima fracción del mercado.

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