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Si nos dejan'

Actualizado el 10 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Sea quien sea el que tenga la razón, el pueblo debe dar la última palabra

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¡Bien por la presidenta! No lo digo yo, lo dice Ottón Solís. Viniendo de quien viene, tiene toda la credibilidad del mundo. Una felicitación de ese talante de un opositor hacia un presidente en ejercicio no tiene paralelo en mi memoria. ¿En qué se basa el ilustre fundador del PAC para dar semejante salto sin precedentes? Don Ottón reconoce con hidalguía que doña Laura “da un gigantesco salto, desde el confort edificado por los últimos presidentes con excusas y lloriqueos sobre la ingobernabilidad, para tomar el toro por los cuernos y asumir los riesgos derivados de hacer propuestas”.

Coincido plenamente. Ningún año es más confortable que el último de una administración. Hasta las encuestas de opinión comienzan normalmente a remontar, con los resultados de obra realizada en años previos. Fácilmente podría la presidenta pasar en inauguraciones su último año de mandato. En vez de eso se lanza a una última batalla. Una que tiene pronósticos reservados de partida, pero en la que se juega mucho para todos.

La historia es conocida. En junio del 2012 doña Laura integró una “Comisión Presidencial sobre Gobernabilidad Democrática”, integrada por expertos de variados antecedentes políticos. Hace un mes, el país conoció sus 97 propuestas. A pesar de iniciales reacciones destempladas –“me horrorizan”, dijo en un primer momento el jefe de la bancada oficialista–, la presidenta nombró a un equipo de ministros, para identificar prioridades a impulsar en lo que queda de gobierno. Se asumieron 42 de las 97 propuestas de los notables y se acogieron otras 11 en proyectos de reforma a tres leyes. El Ejecutivo se empoderó de 53 de las propuestas y con ello comenzó la última gran batalla de la Administración Chinchilla. Una que ningún presidente anterior tuvo “pantalones” para enfrentar. No debería decir eso, pero es atinente.

Nuestra batalla. Esta batalla, que hace suya, es en realidad nuestra. Las cosas apuntan a resolverse en referendo y seremos más bien nosotros responsables de su fracaso o protagonistas de su victoria. Aquí no puede haber espectadores. De ganar, es el país que gana; de perder, perdemos todos.

A la presidenta solo se le puede indilgar la responsabilidad de gobernante para enfrentar este reto. Se sabe que un triunfo no brindará ningún beneficio a un Gobierno de salida.

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Es eso lo que celebra don Ottón y, por una vez, yo con él: el coraje de salir de una zona política de confort y asumir los riesgos de ofrecernos a todos el protagonismo ciudadano que decidirá el curso de las reformas propuestas. Sin embargo, hasta la misma posibilidad de un referendo para empoderar a la ciudadanía, puede empantanarse si no tenemos el coraje cívico de salir al frente y apoyar las iniciativas del Ejecutivo. ¿Por qué habría resquemor en empoderar a la ciudadanía?

Espaldarazo al Gobierno. En ese sentido, también don Ottón se sale de su zona de confort, de opositor perennemente “noista” y le da un valiente espaldarazo a la Administración, porque comprende la oportunidad que nos jugamos de mejoramiento de nuestra gobernabilidad democrática. Lo hace retorciendo con dolor sus propias primeras condenatorias de las propuestas de los notables, con la tinta todavía fresca de apenas 19 días, en las mismas páginas de La Nación (“Notables propuestas: falta lo principal”). Tanto es así, que se ve obligado a un retruécano retórico. Pero defiende valientemente la iniciativa presidencial y asume así, él también, los costos políticos que conlleva. Sinceramente soy la primera sorprendida: ¡Bien por don Ottón!

La verdad sea dicha, el discurso político nacional está totalmente dominado por el Ejecutivo. Todas las aguas se agitan. Obligados a pronunciarse se encuentran quienes las apoyan o las detractan, quienes advierten peligros o recalcan su importancia, quienes, como Laura Alfaro, vuelven a justas pugnas e incluso los que insinúan que es una pantalla de humo para desviar la atención. De todo hay. Pero debo destacar el valor de quienes defienden, en solitario, como Abril Gordienko, aspectos decisivos para la representatividad, no retomados como prioridad, como el número de diputados y su forma de elección.

¿Y el hoyo del meollo? La unanimidad nacional sobre la necesidad de reformar el Reglamento de la Asamblea Legislativa, que doña Laura retoma, contrasta con inercia, desgano y falta de voluntad, moneda de curso en el Legislativo. Aun así, soplan aires, aunque ligeros, de buenos presagios. Tomemos en cuenta que aunque los legisladores no se pongan de acuerdo para la reforma, se requieren “solo” de 38 votos para enviarlo a referendo, por iniciativa legislativa, ya que esta materia les es exclusiva.

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Lograrlo no está pegado al cielo. Si a la actual coalición legislativa se sumara la bancada del PAC se obtendría la mayoría requerida. Claro, a condición de que el tema no divida a los microaliados, que verían desaparecer su fuerza filibustera. Es en ese contexto que la palabra de Ottón cobra importancia, aunque no está claro su liderazgo en la fracción del PAC. Son tiempos de claroscuros.

Inquietud a cuestas. Armando González advierte pesimista que las primeras escaramuzas se fueron por la tangente, colándose por los resquicios de la abundancia de propuestas. Él habría preferido que todo se concentrara en el epítome de la disfuncionalidad parlamentaria. Pero el Ejecutivo fue más ambicioso. ¿Se sumó mucho con demasiado? No tengo respuestas, sino solo una inquietud a cuestas. Sea quien sea que tenga la razón, el pueblo debe dar la última palabra. Si nos dejan'

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