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Arte / Crítica

Lo contemporáneo en el arte

Actualizado el 09 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Divergencias El modernismo actual se resisteal arte y al concepto de arte contemporáneo

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Lo contemporáneo en el arte

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Una caótica discusión en las redes sociales tuvo como peregrina consecuencia la invitación a escribir este artículo. El meollo del debate fue finalmente la definición del término “contemporáneo”, confundido su significado etimológico, una vez más, con el que tiene en el contexto de la crítica actual de la cultura.

No me compete dar una respuesta didáctica al entrevero, aunque puedo tomarlo de excusa para iniciar un debate sobre las artes visuales en el país, toda vez que el elemento incendiario fue la cobertura que se da a estas en Áncora , o la que deja de darse, favoreciendo por omisión una definición falaz y anacrónica.

Para estimular la ira sagrada de mis eventuales lectores, quiero tomar dos artistas icónicos para desprender de allí mis argumentos: Jorge Jiménez Deredia y Priscilla Monge. El planteo es evidente: antítesis el uno del otro, ambos son los adalides en su facción de los que se interesan en el arte.

Deredia y Monge son dos extremos en los que el tema fundamental de la legitimación se basa en criterios opuestos; o, para decirlo con claridad: los que se apasionan por uno desdeñan al otro pues lo consideran carente de interés, consistencia o valor.

Con la misma inocencia del lobo que se cubre con una piel de oveja, trataré de ser un árbitro objetivo, guardándome los juicios de valor para no enturbiar las conclusiones.

Globalización. Seguramente, la consecuencia más severa de la globalización en el campo del arte sea la paulatina disolución de las tradiciones locales a favor de una cultura global. La tradición sucumbe a favor de los valores postindustriales de la novedad a ultranza, requisito del consumo masivo.

Aunque la teoría posmoderna en artes visuales intenta validar ciertos temas cruciales, hay una fuerte tendencia a lo que ha dado en llamarse la “cultura del espectáculo” con su fuerte apuesta por la banalidad y el consumo esnobista de “cultura”.

Es así cómo la tradición escultórica nacional –afianzada en valores modernos y con Francisco Zúñiga como máximo exponente– de pronto desemboca en una calle sin salida: el preciosismo y la maestría en la factura carecen de importancia en el arte contemporáneo.

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Si a ello aunamos una errática persecución de los temas –que a la postre son solo pretextos para el afán de producción–, nos damos cuenta de que la inmensa mayoría de los exponentes de la escultura tradicional no han conseguido trascender más allá de algún simposio o muestra de segundo orden.

El asunto es simple y ha tocado también a la fotografía y a la pintura: lo único que Nueva York y Londres conservaron del conceptualismo alemán de los años 70 fue que la idea era lo que daba valor al objeto.

Otros cánones. Curiosamente, aquello no significó una profundización del intelectualismo de Duchamp o de la espiritualidad de Beuys, sino una patente de corso que ha permitido que los dos colosos del arte contemporáneo sean dos colosos de la banalidad ( Jeff Koons ) o de la necrofilia y el humor negro ( Damien Hirst ). Sin embargo, nadie lo dice mejor que Michel Houllebecq en su última novela, El mapa y el territorio , y dejo la referencia para quien desee una aproximación brillante al tema.

Koons no sabe tallar ni ha fundido nada ni toma un cincel en sus manos. Hirst se vanagloria de que todos sus trabajos los elaboran sus asistentes. Para la noción del hombre común, que valora la habilidad técnica, esto es inaceptable; pero no sabe que su concepción del arte deriva de la Ilustración, y, por ende, no es más valida que aquella que puede clamar que, en los talleres del Renacimiento, el maestro solo diseñaba, mientras los que se ensuciaban eran otros.

En mi época de estudiante me habitué a anteponer a Bernini y a Borromini como los dos extremos de esta actitud creativa, pero ellos solo podían obrar en el coto fijado por cánones formales predefinidos y con temáticas dadas por quien comisionaba –generalmente, la Iglesia–.

Hoy, esos cánones formales no existen, y las leyes las dictan el espectáculo y –como dicen los franceses– la importancia de escandalizar al burgués. Del resto nos ocupamos los mercenarios de las artes plásticas, llamados galeristas o dealers . Por supuesto, hay excepciones. Hoy hay excepciones a todo: Balkenhol talla, Cecily Brown pinta, Hofer fotografía'

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No obstante, la respuesta que busco es por qué un artista que –con el apoyo decidido del Vaticano– hace una exposición gigantesca en el Foro Romano y en el Palacio de las Exposiciones de Roma, no consigue acceso a una galería de elite, ni un artículo en la prensa especializada, ni acceso a esos grandes paradigmas de la legitimación que son las colecciones blue chip y las bienales internacionales (su participación en Venecia se produjo en un encuentro paralelo y secundario, lejos de los Giardini y del Arsenal).

Aparte de la eventual pertinencia de su teoría cosmogónica, Jiménez Deredia se maneja en un circuito distinto: aquel que coexiste enfatizando valores modernos y que encumbra otros nombres, como Botero, Manolo Valdés o Lynn Chadwick. Él no necesita la bendición de Art Basel, aunque sea Art Basel donde se bendice e instaura la cultura visual global.

Trascendente. Priscilla Monge es la artista más importante de Centroamérica. Seamos más claros: si Deredia es el artista más importante del establishment local, Priscilla es la más importante de la región según el establishment contemporáneo internacional. Solo se le acercan González Palma y Darío Escobar (ambos de Guatemala) y Federico Herrero .

Las obras de Priscilla Monge están en las catedrales de lo contemporáneo (Tate Modern, Daros, Moma, Malba, Jumex) y tienen el aval de la crítica, desde Art Nexus (portada) hasta Fresh Cream . Las coleccionan los grandes nombres en América Latina: Colección Cisneros, CIFO, Mishaan, Berezdivin, Birbragher, Castaño, etc.

Harían falta las poderosas máquinas de posicionamiento cultural de México o Brasil para lograr un curriculum mejor que el suyo; y parece casi imposible desde la terrible desaparición física de la inmensa Virginia Pérez Ratton.

Aunque está lejos de ser la primera artista conceptual del país, Priscilla abrió territorios nuevos por los que han podido avanzar muchos otros en el área. Ella también encarga a artesanos y especialistas la elaboración de algunas de sus obras, pero –lejos de lo banal– su trascendencia se debe a la manera en la que aborda algunos de los temas fundamentales de lo que se autodefinió como posmodernidad: violencia doméstica y otros temas de género, migraciones, feminismo y femineidad, etc.

No transar. Esas dos vertientes son las que definen la inserción nacional en esa permanente diatriba que se da en los límites del término “arte”.

No es indispensable rendir pleitesía a los códigos de las Metrópolis culturales, pero sería una necedad no comprender que allí es donde el arte se pone a prueba y se lo lleva a los límites de su propia definición, forzándolo a su función más trascendente: intuir hoy el destino de la civilización. Aunque la respuesta pase por el hedonismo, el afán de lucro o el delirio. La tarea del artista verdaderamente contemporáneo debe ser la aclimatación de esas inquietudes de un mundo cada vez más pequeño, en pos de darles un sentido que no nos resulte ajeno, que nos competa, al incorporar nuestra propia memoria histórica.

Otras elucubraciones –derivadas de la buena fe, pero que desembocan en un plasticismo inocuo– no pueden pretender el favor de la crítica, que no debe transar ni conformarse con menos.

Sin embargo, en Costa Rica no hay crítica de arte –¡vaya detalle!–, y solo quedará confiar en que un futuro cronista de nuestra sociología cultural indague y declare lo que ya sabemos: que, en términos generales, en nuestro país, la cultura es una reacción y no una consecuencia, y que lo demás es adorno.

El autor tiene 22 años dedicado al arte. Ha sido jurado en la Bienal del Caribe en Santo Domingo y curador adjunto de la Bienal de La Habana. Fue editor de la revista ‘Art Nexus’. La galería Klaus Steinmetz Contemporary ha participado en Art Basel Miami y en ferias en Rio de Janeiro, Bogotá, Caracas, Buenos Aires, Miami, Madrid, Mónaco y Basilea.

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