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La construcción de la desconfianza

Actualizado el 07 de mayo de 2012 a las 12:00 am

La crisis de confianza afecta más que la relación de gobernantes y gobernados

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La construcción de la desconfianza

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La crisis de confianza en el sistema político sigue avanzando peligrosamente. Al menos tan peligrosamente como para que la presidenta Chinchilla haya incorporado ese asunto de manera central en su discurso ante la Asamblea Legislativa para presentar el estado de la Nación. Una decisión que parece acertada y valiente, porque alude a un problema de enorme densidad estratégica.

Sin embargo, su tratamiento y, sobre todo, la manera en que ha sido interpretado, muestran lastimosamente la tendencia a restarle profundidad al asunto. Pareciera como si, a fin de cuentas, lo que la presidenta está planteando es simplemente una tregua en la polarización entre Gobierno y oposición política. Y es cierto que ello está presente en su planteamiento, pero solo como una parte de algo mucho más sustantivo. Cuando la presidenta afirma que existe “una pérdida de legitimidad de nuestras instituciones” o sostiene que la gente “llega a dudar de la democracia”, está señalando asuntos graves y mayores.

Ahora bien, la perspectiva de su planteamiento tiene un importante problema conceptual. Pareciera como si un pueblo lleno de virtudes estuviera padeciendo una clase política deleznable. Algo que hace tiempo levanta sospechas en la ciencia política más rigurosa. En general, suele suceder que los representantes políticos solo expresen de forma aumentada defectos de una determinada cultura cívica y política extendida ampliamente entre la ciudadanía. En el caso de Chinchilla esto se asocia a otra visión distorsionante. La presidenta insiste una y otra vez en que la idiosincrasia pasada del costarricense es la fuente inagotable de virtudes y principios, que debe tomarse como inspiración permanente. Algo que puede ser un buen tópico discursivo, pero que no ayuda a entender la evolución sociopolítica de la sociedad costarricense.

Desconfianza mutua. La verdad es que todos los pueblos han tenido y tienen sus luces y sus sombras. Y que hoy la desconfianza no solo se refiere a la relación entre gobernantes y gobernados, sino también a la elevada falta de confianza mutua que existe en el seno de la población (las encuestas muestras que presenta uno de los niveles más elevados de la región). Cabría pues la pregunta: ¿Cómo se ha construido, entonces, la desconfianza actual?

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La respuesta refiere a los problemas, frecuentemente mencionados, que presenta la modernización de la sociedad rural que era Costa Rica hace solo medio siglo. La transición de la tradicional actitud campesina –en un país pequeño– de confiar mucho más en las relaciones próximas y cotidianas, a la necesidad de confiar en procesos e instituciones más alejadas y modernas no pudo completarse satisfactoriamente, entre otras razones porque sus últimos pasos enfrentaron la gran ruptura del pacto social que supuso la crisis de la deuda a comienzos de los años ochenta. Desde entonces, se han ido acumulando crisis de distinta dimensión que han aumentado la desconfianza al interior de la cultura cívica y política. A ello se agregaron durante los noventa los intentos de encontrar atajos y salidas por la tangente, que trataban de responder al deterioro de los mecanismos de representación mediante la pomada canaria de la participación directa. Puede que hoy ya no haya mucha gente que apueste seriamente a ese espejismo, pero no hay duda de que ha contribuido podero- samente al crecimiento de la desconfianza.

Desde esa óptica, la presidenta acierta cuando dice que hay que hacer un alto en el camino y detener la polarización política, para pactar entre todos sobre cómo detener el deterioro de la credibilidad democrática. Pero ello debe entenderse como un asunto que no afecta solo a las instituciones políticas, sino al conjunto de la sociedad, además de pensarse como un problema que viene de lejos, abandonando esa imagen idílica de la idiosincrasia original (perdida).

En todo caso, la recepción que ha hecho la oposición política del planteamiento de la presidenta no se caracteriza precisamente por su elevada altura de miras. Interpretan que se les está pidiendo una tregua en la lucha entre fracciones de la clase política. Y aunque también sea eso, es desde luego mucho más. ¿Será posible que no se den cuenta que podría ser el atisbo de una oportunidad para encarar juntos una problemática decisiva que hipoteca el futuro del país? Sería una lástima, porque esa falta de visión seguiría facilitando la construcción de la desconfianza.

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