Un consejo keynesiano

El fin de la actividad económica no es financiar al fisco, sino el “bienestar social”

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John Maynard Keynes, economista inglés (1883-1946), autor de la obra clásica Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, y cuyas ideas son invocadas por muchos políticos día a día, jugó un papel destacado en un evento de gran trascendencia histórica: cómo hacer frente a los (enormes) costos derivados de la Primera Guerra Mundial (PGM).

Al comienzo de su vida profesional, en el Gobierno inglés, Keynes tuvo a su cargo funciones administrativas asociadas con la India y su moneda, la rupia. Como en la moneda terminan reflejándose muchas características, buenas y malas, de la conducción de las economías, ese cargo le despertó un interés especial por los asuntos macroeconómicos. Con el ingreso de Inglaterra a la PGM, parte de su trabajo en el Gobierno tuvo que ver con el financiamiento de una empresa tan cara como era la participación en una guerra, en particular una tan larga.

Cuando la guerra terminó, con el armisticio de 1918, pocos alemanes creyeron que su país había sido derrotado, pues ninguna batalla había siquiera tenido lugar en su territorio. Pero en el armisticio aceptaron la derrota y eso llevaría a que las potencias vencedoras trataran de pasarle la cuenta de los daños. Francia, en particular, insistió en humillar e imponer a Alemania una alta carga, por un plazo de mil años de ser necesario. Keynes, conocedor de la capacidad de pago alemán, era partidario de que la carga fuera “soportable”; que le permitiera recuperarse económicamente y no que la destruyera, pues ello iría en contra del interés de los propios acreedores.

Cuando conoció el borrador de lo que sería el Tratado de Versalles (que semanas después, en 1919, se firmó), y vio que lo que se pedía a Alemania era insoportable, renunció al equipo negociador inglés y procedió inmediatamente a escribir un libro que tituló Las Consecuencias Económicas de la Paz, en el que casi predijo que la única forma en que Alemania podría recuperarse era provocando otra guerra.

En efecto, el altísimo costo impuesto por el Tratado (pérdida de parte importante de su territorio, de aviones, trenes, fábricas y máquinaria, del oro y las reservas monetarias internacionales, caballos, vacas, fuertes indemnizaciones, etc.) la sumió en el desempleo, hiperinflación y miseria, lo que abonó el terreno para la aparición de un “salvador” nacionalista, enérgico y dictador, como fue Adolfo Hitler.

La lección se aprendió y, al final de la Segunda Guerra Mundial, no se negoció nada como Versalles.

Deuda pública. Hoy muchos países desarrollados enfrentan problemas de altísimo endeudamiento público. Una forma de reducirlo es mediante un aumento severo en los impuestos. Otra consiste en reducir fuertemente el gasto público. Una tercera es adoptar medidas estructurales, entre ellas una verdadera reforma del Estado, que favorezcan el crecimiento económico. Las dos primeras medidas son “recesivas” en el corto plazo; la tercera no.

La hacienda pública –en que la labor del Estado se financia con recursos sustraídos al sector privado– hay que verla como la relación de un colchonero con los gansos, cuyas plumas pueden ser utilizadas con ventaja en la producción de suaves almohadas y edredones. El cuidado que debe tenerse es no sacarles tantas plumas que termine matándolos. Los gansos deben continuar vivos, y también sanos, para que jueguen adecuadamente su papel. La mejor medida tributaria es la que promueva una economía boyante, que estimule el espíritu empresario, no una que penalice los frutos bien habidos del esfuerzo.

El ejemplo, aunque instructivo, no es el mejor. El fin de la actividad económica no es financiar al fisco; el fin es el “bienestar social”, entendido como los intereses coincidentes de los miembros de la sociedad. En materia de prioridades hay que tener siempre presente que se respira para vivir y que no se vive para respirar; al igual que la multiplicación de los panes se hizo con miras a la Eucaristía, y no esta con miras a la multiplicación de los panes.

Vuelvo a Keynes. Lord Keynes fue un humanista de amplia cultura, gran orador, fino escritor, contertulio, mecenas y –según fuentes autorizadas– homosexual . Se interesó en los asuntos de política pública sin renunciar a dedicar parte de su tiempo a negocios ajenos y propios (por ej., adquisición de obras de pintores modernos como Manet, Delacroix) con los que llegó a hacerse millonario. Hoy en Inglaterra y –para los efectos– en Costa Rica, personas como él son despreciadas y puestas en la mira de la voracidad fiscal.

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Noticia La Nación: Un consejo keynesiano