Por: Aarón Sequeira 14 abril, 2013

Una alfombra que no les gusta, un color demasiado opaco o muy brillante, una silla muy alta, muy baja o muy incómoda. También goteras, inundaciones y hacinamiento.

Esos son los problemas que debe enfrentar la administración de la Asamblea Legislativa para asegurar la comodidad de los 57 representantes del pueblo, y sus casi seis asesores por despacho.

Para eso, la dirección ejecutiva del Congreso destina, cada año, un presupuesto aproximado de ¢300 millones, que se va en mobiliario, pintura, bombillos, equipo informático y arreglos generales.

“Ese es uno de los temas más álgidos y delicados”, reconoce el director ejecutivo del Parlamento, Antonio Ayales. “El problema persiste, hay varias oficinas de diputados que fueron alquiladas fuera de las instalaciones”, dijo.

La administración de la Asamblea también debe prepararse para recibir a los nuevos legisladores, que dentro de un año estarán escogiendo su lugar.

Ayales dispone de una partida de ¢140 millones para remodelar las oficinas.

Mientras tanto, los actuales diputados pueden seguir pidiendo una alfombra más bonita, un escritorio más amplio, incluso una computadora mejor.

También pueden insistir en que les tapen las goteras.