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San José: punto cero

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Actualizado el 06 de enero de 2013 a las 12:00 am

San José: punto cero En el cruce de la avenida Central y la calle Central, nació nuestra ciudad capital

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                         es una obra de acrílico y óleo sobre tela. La apropiación y la resemantización de las imágenes son los ejes de la exposición.Episodio #1 (2012)
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es una obra de acrílico y óleo sobre tela. La apropiación y la resemantización de las imágenes son los ejes de la exposición.Episodio #1 (2012)

Aún a principios del decenio de 1970, dos grandes interrogantes pesaban sobre el origen histórico de la ciudad de San José: las relacionadas con su fecha y con su lugar de nacimiento.

La primera de ellas, su fundación, es asunto baladí si se considera que –como las otras poblaciones aparecidas en el Valle Central durante el siglo XVIII– San José nunca fue “fundada” en el sentido de que mediase el acto formal de carácter político-religioso, usual durante los procesos de conquista y colonización hispana en América.

Por el contrario, en la erección de su respectiva ermita, esas “villasnuevas” borbónicas –como las llamó el historiador Carlos Meléndez– tuvieron “el acta fundacional de que se carece” (Carlos Meléndez: Las villasnuevas en la Costa Rica borbónica ).

De la ermita a la villa. Así, la ciudad capital tendría como partida de nacimiento la construcción de su primera ermita, oratorio que –gestionado desde 1736 ante el obispado de León, Nicaragua– fue puesto bajo la advocación del Patriarca Señor San José.

Iniciada por el presbítero José Antonio Díaz Herrera, cura de Cartago, la humilde edificación se terminó en 1737, cuando Díaz ya había fallecido. Por esa razón, el 21 de mayo de ese año, al nombrarse “ayuda de parroquia” a la edificación, se le designó coadjutor a la vez al presbítero José Hermenegildo Alvarado y Girón.

Fue entonces también cuando se realizó el primer censo entre los vecinos del valle inmediato, padrón que dio como resultado la existencia de 86 familias en él; no obstante, casi ninguna vivía cerca de la ermita. Sólo luego, en 1738, fue que el presbítero Manuel Casasola y Córdoba bendijo la ermita.

Aquel oratorio, pues, fue un punto de partida, pero nada más porque las gentes seguían viviendo dispersas por el valle. Al respecto, un informe de la época dice sobre los vecinos: “tienen en abandono la ermita, expuesta a desacatos; se introducen en ella animales y escarban las sepulturas con menosprecio de la Sagrada Imagen”. Luego agrega: “No hay fervor en los moradores del Valle”.

En realidad, lo que no había en ese punto geográfico era agua. Consta también en documentos que ese problema lo afrontaron las autoridades desde 1740. Según el historiador Francisco María Núñez, “tan precaria era su situación, que en el año 1747 los vecinos de Aserrí contribuían con víveres para dotar de agua a la Villita” (San José en los albores del siglo XIX).

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También según Núñez, en 1750, el presbítero Juan de Pomar y Burgos, cura de Cubujuquí (Heredia), “dispuso sacar una taujía del río Torres, pasarla al norte del oratorio ['] y regresarla cien varas al oeste, al caudal”, disposición que no solo solucionó el problema del agua en el sitio, sino que lo hizo más aceptable como lugar de residencia.

Compulsión y ubicación. Un año después, en 1751, como nos informa monseñor Morel de Santa Cruz, alrededor de la ermita existían 15 casas con techo de paja y 11 con techo de teja, mas “sin formar plaza ni calle”, es decir, sin cuadrante que patentizara una fundación.

Otra vez, era un comienzo tan solo; pero ahora, además de que la incipiente población estaba en condiciones de atraer a los campesinos, se nombró teniente de gobernador del Valle de Aserrí a Gregorio Sáenz, con lo cual venían a tener aquellos, a su modo, autoridad religiosa y civil propia.

Empero, para que el lugar se poblara de veras, fue necesaria la decidida acción del alcalde ordinario de Cartago, Tomás López del Corral, enérgico funcionario que en enero de 1755 publicó un bando mediante el cual conminaba a las gentes para que se avecindasen, so pena de fuertes castigos.

Por eso, historiadores clásicos como Cleto González Víquez, Ricardo Fernández Guardia y monseñor Thiel, tomaron el año 1755 como fecha de arranque de San José, si bien reconociendo su origen en 1737, lo que resulta razonable. Como se ve, más que “fundación”, lo que hubo fue un dilatado proceso de poblamiento.

También concordaron esos autores en ubicar la ermita original en la actual calle 2, entre las avenidas Central y Primera, concretamente donde está la tienda Scaglietti.

Ahora bien, puesto que el lugar carecía de agua, la segunda cuestión en torno al origen de San José es cuál razón indujo a las autoridades a escoger dicho punto como asiento del primitivo oratorio.

Opinión generalizada entre quienes se han ocupado de este tema es que esa ubicación devino del cruce de los dos caminos entre las reducciones indígenas fundadas por los españoles entre 1570 y 1575: uno en el sentido sureste-noroeste, entre Aserrí y Barva; y otro en el sentido este-oeste, entre Curridabat y Pacaca.

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Sin embargo, a diferencia de la primera interrogante, el dato con el que se pretendió saldar la segunda incógnita aún es verificable en el plano de la ciudad, aunque hayan pasado más de dos siglos y medio desde que se situara la ermita donde se estableció.

Permanencias urbanas. En efecto, según el arquitecto y teórico italiano Aldo Rossi, “las ciudades permanecen sobre ejes de desarrollo, mantienen la posición de sus trazados, crecen según la dirección y con el significado de hechos más antiguos que los actuales, remotos a menudo. La permanencia más significativa está dada así por las calles y por el plano; el plano permanece bajo niveles diversos, se diferencia en las atribuciones, a menudo se deforma, pero sustancialmente no cambia de sitio” ( La arquitectura de la ciudad ).

Ese es el caso de la ciudad de San José. Esta tiene un marcado eje de desarrollo este-oeste en una pequeña y ondulada área entre los ríos Torres y María Aguilar, que la estrechan en sentido norte-sur.

Por eso, el camino que comunicó un día a Curridabat con Pacaca –pasando por Zapote y no por San Pedro, eso sí– permanece hoy en la forma de la avenida Central, senda que, con todo y las rectificaciones de las que fue objeto a lo largo de dos siglos, sigue siendo la misma, hasta el pie de Cuesta de Moras, al menos.

Del otro camino, el que atravesaba el actual casco urbano central en sentido sureste-noroeste, basta asomarse a un mapa de la ciudad para rastrearlo. Así, hacia el noroeste, se evidencia esa senda en la cuña que forman la avenida 9 y la calle 10, en el sector del Paso de la Vaca –donde está la Botica Solera–, diagonal que se adentra en el barrio México para cruzar el río Torres hacia La Uruca.

Hacia el sureste, por su parte, dicha diagonal sobrevive entre las calles 9 y 11 y las avenidas 14 y 18, a partir de donde atravesaba la plaza González Víquez antes de seguir en línea recta hasta la llamada “Y griega”, rumbo a Desamparados. Si se traza una diagonal partiendo de esos dos indicios en la trama actual, puede observarse cómo esta se cruza con la recta de la avenida Central, precisamente donde hoy esa vía interseca con la calle Central a su vez.

Por esa razón, podemos suponer con mucha certeza que, para no interrumpir la encrucijada de caminos, se ubicó la ermita original al oeste de dicho cruce, y que, por estar igualmente despejado hacia ese punto y como era de canónico rigor, se ubicó al frente la plaza original de la población –en la manzana que hoy ocupa el Banco Central–, punto desde donde se trazó, entonces sí, un primer cuadrante hacia 1755.

En fin, pasados 40 años desde que se trataran aquellas dos interrogantes, podemos afirmar hoy que donde convergen las actuales avenida Central y calle Central es el “punto cero” de la ciudad de San José, aquel donde todo comenzó.

EL AUTOR ES ARQUITECTO, ENSAYISTA E INVESTIGADOR DE TEMAS CULTURALES.

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