Archivo

Sociedad

La otra cara de la cruz

Actualizado el 13 de febrero de 2011 a las 12:00 am

A escasos 20 minutos en carro de San José, en el cerro San Miguel, aún se puede beber agua de un río, caminar entre cafetales y recorrer campos de santalucías. Es la otra cara de la cruz, en los cerros de una Alajuelita que se resiste a ceder ante la delincuencia y la pobreza.

Archivo

La otra cara de la cruz

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

El río Agres está rodeado de potreros y montes todavía sin manosear por los humanos. Sus friísimas aguas corren entre campos de color lila brillante, forrados de santalucías, adonde solo bajan los coyotes por las noches, para cenar algún conejo.

Hay quienes aseguran haber visto perezosos guindando de los árboles. Lo que sí abundan son las ardillas, que brincan de rama en rama; son casi las únicas que se atreven a pellizcar las zarzamoras colgadas de las cercas.

Muy de vez en cuando, bajan por el trillo polvoriento campesinos arreando sus vacas. Inconfundibles ellos, con su machete al cinto, su chonete, las botas de hule y la camisa desabotonada mostrando el pecho al viento.

Después de unas cuatro horas de intensa y ruda caminata cuesta arriba, dejando atrás barriadas como San Felipe, Concepción y El Llano, uno se puede percatar de que aquella belleza está a un tiro de piedra de la capital.

Basta con volver la cabeza hacia atrás para apreciar, a lo lejos, la mancha celeste de la ciudad, con su Banco Nacional, su Contraloría y, más recientemente, su nuevo estadio.

La verdad sea dicha: estamos acostumbrados a mirar desde abajo los cerros de Alajuelita, a los cuales logramos identificar por la más famosa de sus tres cruces: una de 26 metros de altura, plantada en el cerro San Miguel hace casi 77 años para conmemorar la muerte de Jesús.

Es la misma cruz que, todavía hoy, jóvenes y viejos no dejan de ligar a la terrible masacre en la que murieron siete mujeres, en abril hará 25 años.

Uno jamás se imaginaría que aquel potrero forrado de santalucías, con su río Agres de aguas limpias y serpenteantes, está en los cerros de Alajuelita, a espaldas de la enorme cruz.

Eso también pasa por culpa de los estereotipos que llenan, en cantidades industriales, a uno de los cantones más poblados de la provincia de San José (más de 131.000 habitantes).

Solo mentar su nombre, remite a muchos a las imágenes de precarios colgando de laderas, a operativos policiales y a drogadictos en las esquinas.

Pero no. Sentados en un inmenso potrero, casi un centenar de personas de todo el país se atrevió a romper esos estereotipos para conocer, durante una caminata dominical, que Alajuelita y sus impresionantes cerros tienen muchas estampas bellísimas qué mostrar.

PUBLICIDAD

Jorge Astúa y Nora Bermúdez son los responsables de guiar a decenas de personas por los trillos más hermosos de los cerros de ese cantón. Lo hacen con ayuda del baquiano Carlos Mora.

El matrimonio lleva 15 años organizando caminatas de verano a los ríos y cascadas que se desgajan desde las alturas, en su recorrido por potreros y cafetales de la zona.

La primera caminata de este año –de cinco programadas–, se organizó el domingo 6 de febrero. Hoy, se realizará otra a la cruz de Alajuelita.

La tercera será al Cerro Pico Blanco, el 20 de febrero; la cuarta está prevista para el 27, al sector de La Ventolera –en el límite entre Aserrí y Alajuelita–; y la última será el domingo 6 de marzo, a la naciente del río Bebedero.

Para conocer y disfrutar de todos esos paisajes hay que subir a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar.

Subir, subir y subir

Un grupo de 89 personas se apuntó a remontar esos montes el domingo pasado. Los caminantes venían desde Puriscal, Pérez Zeledón, Barva de Heredia y, por supuesto, los cantones vecinos, Escazú, Aserrí y San José centro.

Hubo niños tan pequeños como Saray González, de tan solo dos años de edad, y adultos mayores ya entraditos en años, como Jairo Nicolás, de 68 años. Ninguno de los dos le arrugó la cara al reto ni a la aventura.

La caminata requiere más que las ganas y la curiosidad por conocer. Es importante tener una condición física aceptable para disfrutar –sin sufrir mucho– los más de cinco kilómetros de empinadas y rocosas cuestas que hay que atravesar para ganarse el premio mayor: una ducha natural bajo la gélida corriente de la catarata del río Agres.

¿Que si duelen las pantorrillas, los pies y la colita? Pues sí. La verdad, hasta el pelo le duele a quien no tiene dentro de su rutina moverse frecuentemente.

Sin embargo, cualquier sensación de músculo en llamas bien vale la pena para ver algunas de las últimas plantaciones de café con el grano ya maduro, contemplar a las vacas pastar en actitud de “cero estrés”, y reír con los güilas sumergiéndose en las pozas.

PUBLICIDAD

Aquel domingo, Estrella Solís puso por primera vez un pie en los cerros del cantón donde nació, hace 56 años.

Esta ama de casa, contó que hijos y sobrinos le aconsejaron no hacer el viaje. Mas ella no se amilanó con las advertencias.

Durante la caminata de regreso, ya de bajada y mientras estudiaba cuidadosamente en cuál piedra ponía el pie para no caer, Estrella admitió que el viaje y el esfuerzo tuvieron una gran recompensa.

Ella sí llegó hasta la catarata luego de pasar por el segundo punto de descanso que los guías ubicaron en un inmenso potrero. De ahí a la caída de agua, se tardan 40 minutos de caminata “en doble tracción”.

La mayoría de caminantes se abasteció de comida y agua fresca tomada directamente de las corrientes del río .

Cuenta Nora Bermúdez que, con cada año que pasa, perciben un mayor interés de la gente en salir al aire libre a disfrutar de estos espacios. Junto a Jorge, su marido, Nora intenta sembrar en los caminantes el interés por preservar paisajes como estos.

“Todavía es posible rescatar estos ríos y montañas. Vea usted: estamos cerquísima de San José. ¿Cómo es posible que, más abajo, estos ríos se ensucien y se transformen en las cloacas que todos conocemos?

“Si traemos a la gente aquí, especialmente a los niños, es muy probable que, en el futuro, ellos quieran conservar las bellezas que vieron”, comentó.

Si lo que dice Nora sucediera, sería posible, entonces, que las ardillas continuaran con su brincoteo entre los árboles.

También las flores de santalucías seguirían mostrándose gratuitamente a vista y paciencia de todo aquel que quiera mirarlas; y el río Agres insistiría en aliviar, con sus aguas frías, los agotados pies de los caminantes.

  • Comparta este artículo
Archivo

La otra cara de la cruz

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios

Más sobre este tema

Regresar a la nota