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Trillizos de San Pablo, Heredia, entraron ayer a primer grado

El caos del inicio de clases, multiplicado por tres

Actualizado el 07 de febrero de 2013 a las 12:00 am

Bañar, secar, mudar y alimentar: cómo alistar en serie a niños de 6 años

Centros educativos de todo el país recibieron ayer a 940.000 estudiantes

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Unos 20 minutos antes de las 6 de la mañana, Yesenia Montero entró a la habitación de sus hijos y empezó a mover una masa de cobijas y almohadas sobre tres pequeñas camas que, pegadas, conformaban una amplia superficie.

Mientras su esposo documentaba con una cámara de video la primera levantada del curso lectivo, Yesenia empezó a arrancar edredones y agitar los pequeños cuerpos que, durante varios segundos, se resistieron a la hostilidad del frío y la oscuridad.

“Chicos, levántense. Clases, clases”. De repente, empezaron a tomar forma las siluetas de dos niñas y un niño que estiraban sus brazos entre bostezos.

Si la entrada a primer grado es un acontecimiento en cualquier hogar, lo fue el triple para esta familia de San Pablo de Heredia, cuyos trillizos Ashley, Alana y Abraham entraron ayer a la primaria.

Los pequeños y Kendall, su hermano mayor de 12 años, forman parte de los 940.000 alumnos del sistema público que ayer ingresaron a clases.

A partir de ahí se inició la línea de ensamblaje necesaria para bañar, secar, vestir, peinar, perfumar y alimentar a los tres pequeños de 6 años en cuestión de una hora.

La sala se convirtió en un cuarto de almacenamiento temporal, con tríadas de ropa y accesorios desde zapatos hasta bultos.

“El proceso se ha ido depurando. Al principio nos ayudaban dos o tres personas, pero ahora es todo un flujo de trabajo”, explicó David Chaves, padre de los niños.

Yesenia recibió a los niños en la ducha, uno a la vez. De ahí salieron mojados y temblando del frío hacia la sala de ‘tele’.

Minutos después, empezaron los contratiempos: primero, se perdió un par de medias, que nun ca apareció, y luego descubrieron que las faldas azules de las niñas eran demasiado grandes.

“Parece que van para el colegio de monjas”, bromeó la tía de los trillizos, Marilyn Figueroa, quien llegó segundos antes para ayudar.

David salió corriendo a la casa de su suegra, quien se hizo cargo “de meterles” a las enaguas de las niñas, mientras ellas esperaban en blusa y calzón.

A clases. Faltando unos 5 minutos para el ingreso oficial al centro educativo, y tras un apresurado desayuno, comenzó la corta travesía a la Escuela La Puebla, a 250 metros.

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La familia ingresó a las instalaciones y se integró a la multitud de niños y padres que conversaban entre ellos y registraban la ocasión con sus teléfonos celulares.

Luego de un breve acto oficial, empezó la dispersión de los estudiantes hacia las aulas. De los tres hermanos, solo Ashley lloró al despedirse de su mamá. Los trillizos se sentaron en fila en una misma sección, tal y como lo solicitó Yesenia al hacer la matrícula. Según confesó la mujer, de 35 años, le advirtió a la directora de que si los separaba, se iban a deprimir.

“Fueron bebés que costaron mucho desde el embarazo. Pasamos mucho tiempo en el hospital y pensamos que los íbamos a perder. Verlos acá, contra los pronósticos médicos, es un sentimiento inexplicable”, reflexionó Yesenia.

“El proceso de desprendimiento se inicia; es un ciclo de vida que ya se va cumpliendo y conforme ellos se van fortaleciendo como individuos, nos vamos separando de la vida de ellos. Son etapas que estamos quemando”, agregó David.

Tras admirar a sus hijos y sonreirles desde la puerta, la pareja se apartó del aula. Con disimulo, Yesenia se limpió las lágrimas que empezaron a caer.

“Es el amor de un hijo multiplicado por tres. Lo que me tiene pensando ya, son las tareas y la paciencia, que también van a ser por tres”, concluyó.

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