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El camino de la paz

Actualizado el 02 de abril de 2013 a las 12:00 am

No hay dinero peor invertido que el que se desperdicia en armas

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La tensa situación entre las dos Coreas me transporta tres décadas atrás a casa de mi abuela paterna, donde –yo chiquilla aún– escuchaba hablar con gran familiaridad del “gran líder camarada Kim Il Sung”. De Pionyang vi llegar unos panfletos con su foto en blanco y negro: él, con típicos rasgos orientales, serio, peinado hacia atrás, con camisa de cuello chino perfectamente cerrada y con botones ocultos; con los folletos llegaron también un oso panda de peluche y dos botellas de licor: una con una serpiente adentro y otra con una raíz que hoy supongo que era de ginseng y que bien guardo en mis recuerdos.

Eran los tiempos de “la guerra fría”, y a lo interno del país, la llamada “izquierda” estaba dividida. El partido comunista “Vanguardia Popular” –sin haberse separado aún entre los grupos de “Mora” y “Ferreto y Vargas”– se alineaba con Moscú. Por su parte, el Partido Socialista, conocido como “la Hormiga”, hacía filas con Corea del Norte y la Yamahiriya Árabe: Libia, de dónde trajeron el “Libro Verde de Ghadaffi”, convertido en “la Biblia local” gracias a los ejemplares impresos a la vez en árabe y en castellano y que se distribuían por quienes habían ido a rendir pleitesía al coronel Ghaddafi.

Managua y La Habana eran territorio común para ambos partidos. Además, Managua servía de base para facilitar la capacitación de “revolucionarios latinoamericanos” y salidas no registradas en los pasaportes para no dejar rastro migratorio sobre los destinos finales. Así, crecí oyendo –en los cafés de fin de semana– historias de “héroes” que ya no existen, de revoluciones que no lo fueron, y de tortuosos caminos cerrados con la firma de Esquipulas II. Porque el Plan de Paz del presidente Arias no solo llevó la paz a Centroamérica, sino que impidió que Costa Rica se fuera a la guerra.

Bien entendía don Óscar, y no se cansaba de explicarlo así, que la guerra no beneficiaba a nadie más que a quienes se dedican al negocio de las armas, hoy estimado en más de $70.000 millones, que hacen imaginar la cantidad de intereses a su alrededor y que explican el reciente fracaso de la ONU para la firma de un tratado sobre el comercio de armas, boicoteado precisamente por Corea del Norte, Irán y Siria.

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Ningún pueblo merece una guerra. El saldo es siempre dolor, muerte, destrucción, separación, desesperanza, y una marca indeleble de terror. No hay cosa peor que la muerte galopando en el silbido de las balas. No hay dinero peor invertido que el que se desperdicia en armas.

Por eso, en este Viernes Santo, doloroso viernes del camino de la Cruz en el que los diarios del mundo nos han anunciado el estado de guerra declarado por Corea del Norte, espero que no se llegue a ninguna acción efectiva.

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