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En busca del milagro

Actualizado el 04 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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Hace tres años, una cosa terrible sucedió a la política económica, tanto en Estados Unidos como en Europa. Aunque lo peor de la crisis financiera había pasado, las economías a ambos lados del Atlántico seguían profundamente deprimidas, con muy alto desempleo. Sin embargo, la élite política del mundo occidental de alguna manera decidió, de forma masiva, que el desempleo ya no era una preocupación crucial y que reducir los presupuestos debería ser la prioridad predominante.

En columnas recientes, he argumentado que las preocupaciones respecto al déficit son, de hecho, grandemente exageradas y he documentado los crecientes esfuerzos desesperados de los reprensores del déficit por mantener vivo el temor. Hoy, sin embargo, me gustaría hablar de un tipo de desesperación diferente, pero que está relacionado: el frenético esfuerzo por encontrar algún ejemplo, en algún lugar, de políticas de austeridad que hayan tenido éxito. Esto, por cuanto los defensores de la austeridad fiscal hicieron promesas y amenazas al mismo tiempo: la austeridad, afirmaban, no solo evitaría la crisis, sino que conduciría a la prosperidad.

Y que a nadie se le ocurra acusar a los defensores de la austeridad de carecer de sentido romántico, pues se han pasado años buscando la encarnación de su prédica.

La búsqueda empezó con una apasionada aventura amorosa entre los defensores de la austeridad y la República de Irlanda, que se enfrascó en ásperos recortes en el gasto poco después de que su burbuja inmobiliaria estallara y que durante un tiempo se tuvo como el máximo ejemplo de la virtud económica. Irlanda, dijo Jean-Claude Trichet, del Banco Central Europeo, fue el modelo por seguir para todas las naciones deudoras de Europa. Los conservadores estadounidenses fueron todavía más allá. Por ejemplo, Alan Reynolds, connotada figura del Instituto Cato, declaró que las políticas de Irlanda mostraban el camino hacia delante a los Estados Unidos, también.

Las frases encomiables de Trichet se expresaron en marzo del 2010; en ese momento la tasa de desempleo de Irlanda era del 13,3%. Desde entonces, cada repunte de la economía irlandesa se ha alabado como prueba de que la nación se está recuperando, pero el mes pasado la tasa de desempleo era 14,6%, apenas ligeramente por debajo del punto más alto que se alcanzó a principios del año pasado.

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Después de Irlanda vino Gran Bretaña, donde el Gobierno liderado por los tories –con el sonido de los hosannas de muchos eruditos como música de fondo– recurrió a la austeridad a mediados del 2010, influida en parte por su creencia de que las políticas irlandesas eran un arrasador éxito. A diferencia de Irlanda, Gran Bretaña no tenía ninguna necesidad especial para adoptar la austeridad: como todo otro país avanzado que emite deuda en su propia moneda, era y sigue siendo capaz de tomar prestado a tasas de interés históricamente bajas. No obstante, el gobierno del primer ministro David Cameron insistió en que una severa restricción fiscal era necesaria para apaciguar a los acreedores y que alentaría la economía al inspirar confianza.

Lo que en verdad sucedió fue un atascamiento económico. Antes del giro hacia la austeridad, Gran Bretaña se estaba recuperando más o menos al paso de los Estados Unidos; posterior a eso, la economía estadounidense ha seguido creciendo –aunque más lentamente de lo que a los estadounidenses les gustaría– mientras que la de Gran Bretaña está varada.

En este punto, uno podría haber esperado que los defensores de la austeridad pensaran en la posibilidad de que hubiera algo equivocado en el análisis de ellos y en las recetas de políticas. Pero no, siguieron buscando nuevos héroes y los encontraron en las pequeñas naciones bálticas, Letonia en particular, una nación que se yergue sorprendentemente grande en el imaginario de los promotores de la austeridad.

A cierto nivel, esto es más bien divertido: las políticas de austeridad se han aplicado en toda Europa y, sin embargo, el mejor ejemplo de éxito que los promotores de la austeridad pueden esgrimir es una nación que tiene menos habitantes que, digamos, Brooklyn. No obstante, el Fondo Monetario Internacional emitió recientemente dos reportes sobre la economía letona y ayudan verdaderamente a poner este cuento en perspectiva.

Para ser justos con los letones, sí tienen algo de que enorgullecerse. Después de experimentar una caída a nivel de la Gran Depresión, su economía ha experimentado dos años de crecimiento sólido y de disminución del desempleo. Pese a este crecimiento, sin embargo, solamente han recuperado parte del terreno perdido en términos de producción o empleo –y la tasa de desempleo todavía está en el 14%–. Si esta es la idea que los defensores de la austeridad tienen de un milagro económico, en verdad son seguidores de un dios inferior.

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Bueno, y si vamos a invocar la experiencia de las naciones pequeñas como evidencia de que las políticas económicas funcionan, no olvidemos el verdadero milagro económico que es Islandia, una nación que estaba arrasada por la crisis financiera, pero que, gracias a que adoptó políticas nada ortodoxas, se ha recuperado casi por completo.

Entonces, ¿qué aprendemos de la más bien patética búsqueda de historias de éxito por austeridad? Aprendemos que la doctrina que ha dominado el discurso de la élite económica durante los tres últimos años está equivocada en todos los frentes. No solamente nos ha dominado el temor de amenazas inexistentes, sino que nos han prometido recompensas que no han llegado y que nunca lo harán. Es hora de dejar de lado la obsesión con el déficit y retornar a dar tratamiento al problema verdadero: el inaceptablemente alto desempleo.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía 2008.

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