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Las buenas costumbres

Actualizado el 16 de febrero de 2013 a las 12:00 am

La salud pública,la educacióny la cultura no son negociables

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A políticos y economistas les escuchamos con frecuencia afirmar que se impone la austeridad como algo imprescindible para la solución de la crisis; es decir, rebajar el gasto público sin importar el efecto negativo en las tareas gubernamentales.

Además de la austeridad, solicitan aumentar la recaudación; algo así como menos gasto y más dinero. Pero reducir gastos propicia el desempleo, y elevar los impuestos podría tener problemas con la inflación, aun cuando algunos sostienen que, si el dinero se queda en las altas esferas de la economía y las finanzas, la inflación no aumentará.

Los especialistas en economía, en su labor científica, tratan de redactar normas que puedan servir para terminar con la pobreza y la desocupación, pero pocos de ellos están en capacidad de señalar el momento propicio para ello, o el lugar apropiado. Esto podría indicar que no hay leyes, en economía, de aplicación universal, y que, en ocasiones, lo que es bueno para el país altamente desarrollado es perjudicial para el que no lo es.

Cuando esto último no se entiende, nos topamos con las grandes tragedias que ocasionan, por ejemplo, los muchachos de Chicago –especialistas en cómo se pueden resolver los problemas en Estados Unidos según criterios altamente conservadores– cuando aplican sus conocimientos para la forma de gobernar en los países centroamericanos.

Estados Unidos es la democracia armada más grande del mundo. La solución de sus problemas económicos y sociales siempre tiene que ver con su carácter de potencia armada. Entonces, una parte de su sector laboral depende del ejército. Los estadounidenses saben que una forma de cumplir con sus obligaciones nacionales es reduciendo su enorme gasto militar, pero, al mismo tiempo, entienden que, de hacerlo, aumentará la desocupación. Hay cadenas, difíciles de romper, que los mismos sistemas políticos van creando. Pero llegará el momento en que se impone la necesidad de terminar con la parte armada de la democracia y el gasto propio de un estado de guerra permanente, situación que mantienen los fabricantes de armas para su negocio.

La esencia del gobierno norteamericano no es su ejército, su condición de superpotencia armada, sino los principios y objetivos de la democracia que suscribieron los padres de su revolución. Su orgullo y fortaleza está en las ideas de libertad inscritas en la constitución de Jefferson, en las de cultura establecidas en la universidad que fundó, en la tolerancia de Benjamín Franklin y en la bandera de igualdad que levantó orgullosamente después Abraham Lincoln. Es la finalidad de la mejor entendida democracia lo que da fortaleza a esta nación y no su poderío militar.

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Si los Estados Unidos se pudieran desarmar, serían la mayor potencia de toda la historia porque estaría fundamentada en los principios de la vida democrática y pacífica y en los valores del espíritu humano.

¿Cuáles reglas de economía práctica podemos aplicar en Costa Rica, un país sin Ejército, que destina gran parte de sus ingresos a la educación, la salud y la cultura? Desde luego que no pueden ser los consejos que da la escuela económica de Chicago porque, si los atendiéramos, tendríamos que reducir aún más los gastos para la buena marcha de nuestra institucionalidad y los motivos en que se funda.

El Fondo Monetario Internacional se creó, con ideas keynesianas, para atender a necesidades económicas de emergencia en los países donde se pudieran presentar y no para convertirse –como lo es ahora en gran medida– en el abogado defensor de los intereses de los grandes acreedores internacionales. Por eso, cuando este organismo nos envíe sus representantes para que apliquemos obligatoriamente la austeridad, o sea, reducir el gasto público según su interpretación, debemos contestarles que eso ya no es posible porque la salud pública, la educación y la cultura no son negociables y que, además, desde hace más de sesenta años ya hicimos la reducción aceptable cual fue la supresión del Ejército. Por esta razón es inaceptable el tipo de austeridad que se nos impone.

La proyección social debe ser al revés: aumento permanente del gasto en educación y cultura. El ocho por ciento de presupuesto pidió Oscar Arias, y se quedó corto. El veinte por ciento, decimos los socialdemócratas, aun cuando los técnicos de los organismos internacionales pongan el grito en el cielo. Cuando vengan a exigirnos, les debemos decir con cortesía: la democracia no es asunto de técnicos, sino de estadistas, de hombres que aman a sus patrias y defienden a sus pueblos.

“A fin de cuentas –me decía una vez el maestro Uladislao Gámez en una lejana comunidad rural– la democracia no es más que una buena costumbre que se enseña, que se aprende y en la cual hay que insistir permanentemente”.

Obligación de la escuela que debemos mantener siempre como valor irrenunciable de un sistema que nació para defender la justicia, la libertad y la vida pacífica entre los pueblos.

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