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El boruca que emigró para  luchar por los indígenas

Actualizado el 22 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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El boruca que emigró para  luchar por los indígenas

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Apenas cumplió 18 años, Ernesto González Rojas se marchó de su casa. No fue un arranque de rebeldía, sino un asunto de supervivencia.

En un distrito donde las dos fuentes de empleo –artesanías o piñeras– no pagan bien, su única opción fue empacar maletas, decirle adiós a Boruca y salir en rumbo hacia San José.

A mitad del 2009, aterrizó en un cuarto prestado en barrio La Lía, Curridabat, y empezó a repartir currículos hasta que recibió una llamada de McDonald's, Plaza del Sol. Cambiar una casa con cuatro hermanos y su madre –quien es educadora– por la solitaria vida capitalina, no le fue fácil.

“Allá, si querés un plátano frito o un fresco de limón, vas donde tu abuela y lo agarrás del jardín; aquí hay que pagar ¢250 por ese plátano. Aquí, sin plata, te morís de hambre”, explica el joven.

La Universidad Nacional (UNA) le informó de que había ganado una plaza en Planificación y Promoción Social para empezar en el 2010, entonces se trasladó a Heredia a iniciar lecciones ese febrero.

De los 10 muchachos que se graduaron del Liceo Académico de Boruca en su generación, solo tres entraron a la UNA, todos becados.

“Cuando decía en clases que era de Boruca, principalmente en primer año, mis compañeros se quedaban extrañados que uno estuviera estudiando, porque hasta eso se etiqueta, que un indígena no puede llegar a la Universidad”, sostiene González, quien desea estudiar fuera del país una maestría en Derecho Indígena.

En 2012, él hizo su práctica profesional con la cooperativa de productores de aceite Coopeagropal, por lo que viajó entre marzo y noviembre unas veinticinco veces hasta Laurel de Corredores.

Este año colabora con la Contraloría General de la República y la Universidad Estatal a Distancia (UNED) en el desarrollo de una maestría para auditoría en municipalidades, todavía en calidad de práctica universitaria.

Ahora Ernesto tiene un cuarto compartido en Heredia, una añoranza por la generosidad del jardín de su abuela, un bulto vacío porque aún no puede comprar los libros y un sueño de posgrado en España.

Pese a tener que elegir a veces entre sacar copias y comprarse el almuerzo, sigue con su empeño de trabajar a favor de la comunidad indígena.

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Desde 2011 labora con la Federación Estudiantil Indígena para promover la participación de los pueblos autóctonos en el Gobierno.

“¿Se imagina un ministro de cultura indígena?”, pregunta con una sonrisa.

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