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Cuando ni el ‘avioncito’ funciona...

Actualizado el 09 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

No siempre es un problema de simple berrinche para comer. Podría ser necesario darles un abordaje conjunto desde la NUTRICIÓN Y LA PSICOLOGÍA.

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Pocos padres de familia se han librado de tener que recurrir, en algún momento de la crianza de sus hijos, a viejas técnicas como la del “avioncito”, para que estos abran la boca y coman.

Sin embargo, para algunos el asunto es más que un capítulo pasajero y se convierte en una verdadera preocupación.

Puede ser que tengan un niño berrinchoso o malcriado, pero también podría tratarse de un menor con algún tipo de trastorno de la alimentación.

¿Cómo saberlo? Generalmente, estos niños suelen durar mucho tiempo en la mesa, quieren comer el mismo alimento todos los días y se niegan rotundamente a probar ciertos tipos de comidas.

Según Raquel Castillo, nutricionista de la clínica Nutriplus, aproximadamente un 40% de los menores presentan uno o más rasgos de este tipo de trastornos.

Más que quisquillosos

No todos los casos son iguales. Existe el comensal difícil o ‘quisquilloso’, que no come de todo, pero al menos consume unos 30 alimentos diferentes y no tiene una condición médica que provoque su trastorno.

Se trata usualmente de niños hipersensibles, a quienes les molestan algunas texturas y olores, no solamente de los alimentos.

Está, por otro lado, el comensal resistente, que es aquel que rechaza por completo determinados grupos alimentarios (por ejemplo, no come ninguna fruta o vegetal) y muestra una condición de ansiedad ante esos alimentos llamada neofobia. Así se denomina el miedo ante cosas o experiencias nuevas. En el plano nutritivo, es la resistencia a probar nuevos alimentos por temor a su sabor, olor o textura.

La mayoría de estos casos resistentes manifiestan el trastorno por una condición médica específica, como alergias múltiples a alimentos o problemas gástricos.

Los padres pueden darse cuenta de si su hijo tiene alguna dificultad de alimentación desde el momento de la lactancia; basta con analizar las reacciones del bebé cuando se alimenta. Sin embargo, Castillo explica que este rechazo se hace más evidente al hacer la transición a los alimentos sólidos.

Solución a tiempo

En el largo plazo, los niños que siguen con estos trastornos pueden sufrir de retraso en el crecimiento, mal rendimiento académico y, en general, problemas de nutrición. Por eso, lo ideal es identificar y tratar el trastorno antes de los 6 años, para desarrollar en el niño mejores hábitos alimentarios. “Si no se ataca en el momento oportuno, estos chicos pueden evolucionar a conductas de ansiedad, problemas sociales, trastornos de alimentación (anorexia o bulimia) u obesidad”, advierte Castillo.

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Para abordar el problema, Castillo propone un abordaje integral, desde la nutrición y la psicología. El primer paso en el tratamiento es regular los hábitos de los niños en cuanto a horarios y espacios para comer. Después sigue trabajar con el alimento que más le guste al menor y combinarlo con otros alimentos, de manera que este consuma más variedad sin que la dieta le resulte repulsiva.

Órdenes como “¡no se me levanta de aquí hasta que se termine el plato!” o negociaciones del tipo “si se come todo, le doy un premio”, son muy comunes entre padres desesperados, pero solo empeoran el problema pues crean hábitos negativos.

“Es importante que los padres se informen y pidan ayuda. Uno se pone tan ansioso que coacciona, manipula y amenaza, y eso solo es refuerzo negativo”, aconseja la nutricionista.

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