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El arte de las aves del paraíso

Actualizado el 02 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

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El gran negocio sería vender puentes Bailey: puentes provisionales de uso militar en un país sin ejército que los instala para siempre. Su “versatilidad” (como decimos atropellando un poco la semántica) es tan maravillosa que los puentes Bailey servirán para pasar los malos ratos. No hay depresión que se resista al diván del puente Bailey.

Por dicha, tales no son los únicos puentes que se trazan ni los más duraderos. Los puentes de la imaginación pueden resistir más porque se sostienen en el viento de la memoria colectiva, que arrastra hojas asentadas luego en libros.

Dos libros se unen por el puente de un tema común: cómo la imaginación ansiosa inventó las islas de las utopías: “ínsulas extrañas”, según definió san Juan de la Cruz. Los libros son No hay tal lugar , del mexicano Alfonso Reyes, y Del siglo que se fue , del hondureño Roberto Castillo Iraheta, cuya biografía intelectual floreció en Costa Rica.

Ambos libros historian la época de los descubrimientos geográficos del siglo XVI, cuando Europa se enteró de que también había gente viviendo detrás de la pared de mar.

En aquel tiempo, los barcos no volvían o retornaban trayendo sorpresas lejanas, como las pieles y las plumas coloridas de aves que la ilusión llamó “aves del paraíso”.

Muchos creían entonces que el Paraíso Terrenal –de Adán y Eva y la serpiente– perduraba con el umbroso árbol de la sabiduría, y dorado aún por el séptimo Sol de la creación en un lugar remoto que jugaba a las escondidas con los mapas.

En realidad, las aves del paraíso habían nacido en la isla de Nueva Guinea, que está al norte de Australia y al este de las aventuras de Sandokán, el Tigre de la Malasia.

La relumbre de aquellas aves –su plumaje que volaba como bandera alada del arco iris– hacía renacer la fe en poder hallar al fin el Paraíso Terrenal o alguna de las Islas Afortunadas, donde todos eran tan pacientemente felices que hasta se habían olvidado de que lo eran.

Mucho después, a mediados del siglo XVIII, franceses y holandeses hallaron aves del paraíso con vida, y algunos científicos lo pagaron con la muerte, inferida por la malaria y otros acechos de las selvas.

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A estudiar al ave del paraíso, Charles Darwin comprobó que solamente el macho exhibe colores de lujo, y pensó que este colorido es un llamado sexual que favorece al individuo más vistoso. Los estudios posteriores le dieron la razón.

En realidad, su atractivo es solo el producto de la salud. Logran más colorido y fuerza los machos que se alimentan mejor, y esas ventajas se heredan (Jerry Coyne: Por qué la teoría de la evolución es verdadera , cap. VI). Lo que aún no sabemos es si nosotros recibimos el sentido de la estética por la selección natural, cual otras aves del paraíso.

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