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La arquitectura pública y la cultura costarricense

Actualizado el 02 de julio de 2010 a las 12:00 am

Debemos parar la construcción de mamarrachos públicos

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Cuando arqueólogos del futuro desentierren las ciudades costarricenses se preguntarán por qué las sedes de gobierno eran edificios comerciales con rótulos como “Casa Presidencial” y “Asamblea Legislativa” y ubicadas lejos de un lugar considerado el centro de la capital durante algún tiempo prehistórico allá por finales del siglo XIX y parte del XX.

Compararán con los vestigios de otros lugares como Giza o Atenas o Roma o Washington, México, Buenos Aires, Quito, París, Madrid, Tokio, Nueva York y hasta Brasilia (no precisamente una de mis ciudades favoritas, por voluptuosa que sea, pero definitivamente de potentes expresiones simbólicas) y con casi todas las ciudades del mundo, sobre todo los centros de gobierno, y no podrán comprender la sociedad costarricense pues sí encontrarán documentos que confirman una cultura en desarrollo. Detectarán que había una descomunal dicotomía entre lo que informan los escritos y lo que expresan las construcciones desenterradas.

Los gobernantes ticos, responsables de desarrollar programas con valor cultural arquitectónico y urbano, han demostrado absoluta ignorancia.

Y los costarricenses ya no reconocemos este vacío en nuestra vida ciudadana.

Lo que va a suceder con la futura sede del congreso es un crimen en contra de la cultura costarricense.

Falta de cultura. El que la actual Casa Presidencial, un edificio comercial (fue sede de Fertica, productora de fertilizantes), o que la Asamblea Legislativa planee comprar un edificio comercial en Zapote (¡a pesar del concurso público de diseño de sus edificios llevado a cabo hace unos 20 años!), o que la eventual futura Casa Presidencial surja de un convenio con el BCIE que, espero equivocarme, mandará a diseñarla por alguien surgido de una lista de proveedores de servicios o por medio de una antidemocrática licitación pública; o que el ICE comprara otro edificio comercial cerca de La Sabana; o que, hace varios años, Recope abandonara la propuesta ganadora de un concurso de diseño para su nueva sede a favor de la compra del edificio comercial del banco BICSA... son muestras fehacientes de la falta de cultura arquitectónica de nuestros gobernantes.

En el resto del mundo los edificios públicos son detonantes de cultura y, usualmente, surgen de concursos de diseño arquitectónico en los que participan arquitectos locales y extranjeros. Surgen proyectos espectaculares que enriquecen a los países y a sus gentes, ganados por arquitectos jóvenes o por arquitectos de fama mundial. Un ejemplo es la Bibliotheca Alexandrina en Egipto, concurso internacional de arquitectura convocado en 1989 ganado por la firma de jóvenes y, entonces, desconocidos arquitectos noruegos llamada Snøhetta. Otro es la Casa del Parlamento de Canberra, Australia, concurso de 1978 que ganara la firma estadounidense Mitchell/ Giorgola. Y el programa de François Mitterrand para celebrar el bicentenario de la Revolución Francesa en 1989 con los “Grand Projets” del que surgieron, gracias a una diversidad de concursos internacionales, el “Grand Arche de La Défense” del danés Johan Otto von Spreckelsen, el parque de La Villette del francés Bernard Tschumi, la nueva Ópera de La Bastille del uruguayo Carlos Ott y muchos otros edificios públicos.

El concurso local para el diseño del Parque de la Libertad en Patarrá, ganado el año anterior por un joven trío de arquitectos costarricenses, prueba que en algunas pocas ocasiones ha habido en Costa Rica la certeza de los beneficios de un concurso.

Es evidente que los gobernantes de otras latitudes son más cultos que los nuestros. Los de aquí han contribuido a la pobreza de las ciudades y de nuestros valores. Rescato a los visionarios antepasados que mandaron a construir edificios con altas dosis simbólicas como el Teatro Nacional, el Edificio Central de Correos y la Plaza de la Cultura.

Los Gobiernos de muchos países son patrocinadores, o mejor aún, mecenas de la arquitectura pública. Debemos parar la construcción de mamarrachos públicos y la compra de anónimos edificios comerciales y dedicarnos a construir cultura.

Todos los edificios públicos como aquellos para la educación, las guarderías que propone Laura Chinchilla, los de las instituciones autónomas, los de las municipalidades, la vivienda de interés social'

Todos son oportunidades para enriquecer el patrimonio arquitectónico y la cultura y deben surgir de concursos democráticos de diseño arquitectónico.

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