Creación efímera Flores tropicales de color vibrante, delicados tonos sobre la seda y nuevas instalaciones de material natural componen su obra

Por: Fernando Chaves Espinach 16 septiembre, 2013
 Pinturas de flores intensas y una reflexión acerca del paso del tiempo componen la exposición de la artista Anna Broennimann. Fotografía: Eyleen Vargas.
Pinturas de flores intensas y una reflexión acerca del paso del tiempo componen la exposición de la artista Anna Broennimann. Fotografía: Eyleen Vargas.

Lo bello de la vida es contemplar su paso. Eso parecen relatar las obras de Ana Broennimann, reunidas en una muestra que es como su historia abreviada.

Pátina de vida es la nueva exposición que alberga la Galería Sophia Wanamaker, del Centro Cultural Costarricense Norteamericano (barrio Dent) hasta el 5 de octubre. Con la curaduría de Juan Diego Roldán, Broennimann repasa su obra y señala nuevas direcciones.

El deterioro natural y cotidiano de los objetos conforma el núcleo de una propuesta artística que deriva de la naturaleza. “Yo soy mexicana y, desde que llegué, a Costa Rica me dedico a esto”, relata Broennimann. En México, fue arquitecta, pero, cuando llegó al país, los intoxicantes colores de las heliconias la capturaron; debía pintar.

La muestra comienza con sus pinturas florales, emparejadas con obras en seda. “Vine a vivir aquí y me enamoré. Empecé a trabajar en acuarela, y luego pasé al acrílico de collage de papeles orientales”, dice.

 En México, Anna Broennimann era arquitecta. En Costa Rica, los colores de la naturaleza la obligaron a pintar. Fotografía: Eyleen Vargas.
En México, Anna Broennimann era arquitecta. En Costa Rica, los colores de la naturaleza la obligaron a pintar. Fotografía: Eyleen Vargas.

“El año pasado, presenté las acuarelas texturizadas. El papel está hecho a mano y calado en prensa”, explica. Las texturas se fusionan con los colores de ramas y hojas como las que plasmó en su libro de poesía y pintura, Otoño .

Decaimiento. La segunda sala de Pátina de vida celebra el paso del tiempo. “La otra parte de mí”, la llama Broennimann. Son instalaciones que incorporan materiales naturales: lentejas, ramas de palma, frijoles, guapinol, papel artesanal de México, fibras... Están hechas para decaer frente a los ojos del espectador.

“La idea viene del wabi-sabi, una expresión artística del zen, y lo que trata es la belleza transitoria”, comenta la artista. Las instalaciones se inspiran en diseños de mándalas, los diagramas místicos del hinduismo y el budismo.

“Estos objetos se van a ir envejeciendo cuando los pones en tu casa. Eso quiero: que estén en una casa, son para vivir con ellos. Lo ves todos los días como se está envejeciendo, y tú con él, y a darte cuenta de eso”, agrega.

“Es algo que se ha perdido: los jóvenes todo lo quieren nuevo y brillante, y es un arte saber envejecer. Estos son cuadros que van a morir: vas a ver que se van haciendo pálidos e irán decayendo”, explica sobre sus instalaciones.

En un principio, las sedas iban a exhibirse quietas, para apreciar los patrones y colores en ellas. Por efecto accidental, el viento entra en la galería y sacude las telas. Quizás sea un recordatorio de que no hay cómo refugiarse de la actividad de la vida cotidiana.