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Que no sea amargada

Actualizado el 31 de mayo de 2012 a las 12:00 am

Hoy, a todo el mundole encanta quedar bien, no necesariamentehacer el bien

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La felicidad es una cosa tan seria que se convocan foros de discusión en su honor, el más reciente de los cuales tuvo lugar en Costa Rica (II Foro sobre Sostenibilidad y Felicidad), con la intervención estelar de Bill Clinton. “Con tono campechano y haciendo algunas bromas, el estadounidense realizó una exposición de media hora (...)” (La Nación, 10/05/12); esto es, una manera definitivamente ad hoc de abordar el tema en cuestión, recurrente comodín de la Casa Blanca con el que capear escándalos de cualquier índole (no solo sexuales, tan predeciblemente mediáticos como el “Monicagate” del invitado).

Desde luego resulta muy gracioso que sea Clinton quien pontifique sobre sostenibilidad –ya no digamos sobre felicidad– cuando como presidente de Estados Unidos firmó la derogatoria de la Ley Glass-Steagall de 1933 (en respuesta al crack de la Bolsa de 1929 y vigente durante 66 años) que prevenía la especulación bancaria, dando rienda suelta, a partir de entonces, a un liberalismo salvaje que desembocó en la crisis financiera de 2008, coleando aún con virulencia. Ciertamente, de aquellos polvos vienen estos lodos. El Gobierno de Estados Unidos no respalda a la ciudadanía, sino a Wall Street (como botón de muestra del cordial entente demócrata-republicano entre bambalinas, el actual presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos –léase quien corta el bacalao monetario como pescadero oficial de los lobbies– fue nombrado por Bush Jr. y reafirmado en el cargo por Obama; todo queda en familia).

Otro dato divertido: el foro se realizó en un hotel de superlujo y la conferencia de Clinton – el expresidente mejor pagado como orador según la revista Forbes – llevó por título “Abrazando nuestra humanidad en común” (que acaso debiera haberse reformulado “Consejos vendo y para mí no tengo” o “Abrazando nuestra riqueza en común entre ricos”; la humanidad, así, es un adorno prescindible).

Más bromas. Días atrás, se celebró la tradicional cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca –que la sociedad del espectáculo ha convertido en un desfile de vedettes, donde los corresponsales casi están de más–, una excusa perfecta para que el ocupante del despacho oval haga las veces de bufón y despliegue su repertorio de chascarrillos con que rendir pleitesía a su hollywoodiense auditorio.

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Obama, fiel al guion esperado, hizo motivo de chiste de su contrincante en las urnas y, de paso, de la campanada del Servicio Secreto en Colombia (total, qué importancia tiene que los representantes de la agencia federal del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos para la imposición de la ley sean puteros y calaveras, peccata minuta en el discurso de la frivolización). Incluso la muerte es terreno abonado para la mofa. La reacción de Hillary Clinton, adalid de la diplomacia estadounidense, ante el espantoso asesinato del sátrapa Gadafi en octubre de 2011 es antológica: se atrevió a parafrasear la locución latina Veni, vidi, vici , atribuida a Julio César, con un chocarrero “fuimos, vimos, murió” seguido de una intempestiva carcajada que denota la raigambre de la barbarie.

Más felicidad. La presidenta Laura Chinchilla exprimió la trillada imagen de Costa Rica como “país más feliz del mundo” ante la sede de la ONU en Nueva York el pasado 2/04/12, donde se reunió con el primer ministro de Bután, abanderado de la Felicidad Interna Bruta (concepto reiterado durante el susodicho foro). La felicidad así medida y remedida en parámetros, pilares y dominios –un remedo de la jerarquía angélica de serafines, querubines y tronos–, más que interna bruta suena a brutos internos y a otra coartada para aturullar a las masas. Hoy en día, a todo el mundo le encanta quedar bien, no necesariamente hacer el bien. Ahí radica la piedra de toque de la felicidad: en el primer caso es espumosa, un espejismo; solo en el segundo caso deviene auténtica.

Un anuncio colgado en el mural de un supermercado arroja luz, insospechadamente, sobre todo esto. Se requerían los servicios de una cocinera con las condiciones usuales, excepto una que opacaba el resto por su honestidad descarnada: “que no sea amargada”. Más que un requisito, parecía un ruego. Tal lucidez refleja la sabiduría popular que no está para monsergas de felicidades elevadas al cubo, que lo único que pide, por favor, es que quien se cruce en su camino no sea amargado.

Y, por extensión, que no le engatusen con disfraces de cordero tan en boga entre los lobos.

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