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EDITORIAL

La alianza, capítulo final

Actualizado el 18 de mayo de 2012 a las 12:00 am

Con el acuerdo entre el oficialismo y los socialcristianos “se despluma la alianza”, dice el diputado Claudio Monge, destacado patrocinador de la fallida experiencia

La madre de todas las ingenuidades es haber creído en la posibilidad de encontrar unidad entre socios tan disímiles, con planteamientos políticos radicalmente opuestos

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“Durante un año, no hemos logrado grandes objetivos como alianza. Es realmente muy difícil' poner de acuerdo a seis, siete, ocho grupos políticos con ideologías diferentes”. Lo dice el diputado Luis Fishman, uno de los principales artífices del acuerdo opositor. Nuestros editoriales lo afirmaron desde el primer día, para enojo, hasta ahora, de quienes intentaban disimular la disfuncionalidad de la precaria unión opositora. “A confesión de parte, relevo de pruebas”, dicen los abogados.

Las dos agrupaciones cristianas y el Partido Accesibilidad sin Exclusión (PASE) inauguraron la desbandada en pos de un acuerdo con la bancada oficialista. Derrotado su sueño de presidir el Congreso en la próxima legislatura, la alianza también dejó de ser rentable para la Unidad Socialcristiana (PUSC). El partido se apresuró a forjar un acuerdo con los oficialistas y renunció a ocupar cargos en el directorio legislativo el primero de mayo del 2013. Esa posibilidad, de todas maneras, ya no está a su alcance. En verdad, el PUSC no renunció a nada. El propósito evidente es alejarse con la cara lavada. Por eso se cuidó, además, de no romper formalmente con la unión opositora.

La realidad de la maniobra es demasiado evidente. También sus consecuencias. “Con esto se despluma la alianza”, dice el diputado Claudio Monge, destacado patrocinador de la fallida experiencia. En su criterio, la maniobra del PUSC demuestra la continuidad del cogobierno entre los socialcristianos y el Partido Liberación Nacional (PLN), en su momento llamado, con humor, el PLUSC.

Ese pacto de la era del bipartidismo “nunca desapareció”, dice el legislador del Partido Acción Ciudadana (PAC), sin detenerse a considerar el flanco abierto por sus declaraciones. ¿Cómo justifica no haberse dado cuenta antes? Tampoco se enteró, durante el año de control opositor en el Congreso, de supuestos vínculos entre el PASE y el narcotráfico. El diputado se pinta a sí mismo, y a sus aliados, como peligrosamente ingenuos. ¿Descubrirá la existencia de cuestionamientos contra los libertarios si también deciden abandonar la alianza?

No debe preocuparse por eso. El Movimiento Libertario (ML) sigue necesitado de la unidad opositora, o al menos de sus restos, para remontar la tormenta desatada sobre sus aspiraciones políticas. Hará cuanto pueda para no quedarse solo. El PUSC va dejando atrás el vendaval, pero también utilizó al PAC, en su momento más oscuro, para cobrar protagonismo a lomos de la alianza.

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No toda la ingenuidad del PAC es fingida. Ahí están los desastrosos resultados para probarlo. Entregó banderas para defender a sus aliados, reforzó su imagen de opositor a ultranza, sin propuestas ni capacidad de fraguar acuerdos aptos para impulsar una agenda concreta, proveyó de oxígeno a rivales maltrechos y quizá moribundos, renunciando a la oportunidad de adueñarse del campo opositor. Ahora, hasta sus aliados (o antiguos aliados, si no se le da crédito a la sinceridad del PUSC cuando declara su permanencia en la alianza) critican la falta de logros durante la administración legislativa de Juan Carlos Mendoza. Como colofón, el PAC sale irremediablemente dividido del naufragio.

En ausencia de los cristianos, el PUSC y el PASE, ahí queda el PAC, fundido en incómodo abrazo con los libertarios y el Frente Amplio (FA), dos polos extremos del espectro político, uno de ellos sujeto a fuertes cuestionamientos.

El panorama anuncia un último estremecimiento para la maltrecha unidad opositora. Los sectores del PAC contrarios a la alianza tienen derecho a sentirse reivindicados. No tardarán en cuestionar la utilidad de permanecer en el costoso e inútil acuerdo, con los libertarios como único socio significativo.

Pero la madre de todas las ingenuidades es haber creído en la posibilidad de encontrar unidad entre aliados tan disímiles, con planteamientos políticos radicalmente opuestos, y proponer el engendro como medio para “dar rumbo” a la patria. ¿Alguien recuerda que se llegó a hablar de una oferta política común en los comicios del 2014? Eso sí, sin Ottón Solís, dijeron los libertarios, y sin Otto Guevara, declaró el PAC con solemnidad.

Solo queda esbozar una melancólica sonrisa. En la oposición, por lo pronto, no es posible fundar una esperanza.

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