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Ferretería Macaya

De un alfiler a un ancla

Actualizado el 19 de agosto de 2012 a las 12:00 am

Ferretería Macaya Aún se conserva el viejo edificio del primer comercio de su tipo en el país, abierto en San José

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De un alfiler a un ancla

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                         ubicada en la calle Central y entre las avenidas Central y 1.ª, hacia 1920. Fotografía de Manuel Gómez Miralles.La Ferretería Macaya,
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ubicada en la calle Central y entre las avenidas Central y 1.ª, hacia 1920. Fotografía de Manuel Gómez Miralles.La Ferretería Macaya,

En un evocador texto de 1963, decía Enrique Macaya Lahmann: “Tengo ya casi sesenta años. Y el acercarse a los sesenta años es entrar un poco en la sombra de los recuerdos. [Mas] recordar es también resumir y estilizar”.

“Hoy quiero hacerlo con la calle donde pasé casi toda mi vida, desde la niñez hasta ahora. Es la vieja calle Central [']. Esta ‘mi’ calle, la que me interesa para estos comentarios, tiene únicamente cuatro cuadras: las que van desde el cruce con la avenida Central hasta el límite que inicia la bajada de la llamada Cuesta de la Traube”.

“Pocas construcciones quedan ya de las que existían hace medio siglo: del lado de oriente, [de la Avenida Central] en secuencia hacia el norte, se levanta algo moderno y con pretensiones de estilo al menos, el edificio de mi familia, que ocupa la Ferretería Macaya, construido en 1908 por el recordado arquitecto Jaime Carranza” ( Esta, mi calle, la vieja calle Centra l).

Emigrando y aportando. Invitado por el gobierno del general Tomás Guardia, procedente de Colombia llegó al país el jurisconsulto internacionalista doctor Miguel Macaya de la Esquina, nombrado luego presidente de la Corte de Justicia. Hombre de singular ilustración, además de ese cargo ejerció como consejero presidencial, profesor de la Universidad de Santo Tomás y comisario bancario, entre otras funciones públicas.

Traído a su vez por el doctor Macaya, llegó también su sobrino Miguel Macaya Artuz, nacido en 1851 en la ciudad de Cartagena, en cuya universidad estudió. Aquí, en San José, estableció su hogar.

Como otros inmigrantes de entonces, Miguel Macaya aprovechó el desarrollo urbano que vivía el país en el último cuarto del siglo XIX debido al auge económico traído por la bonanza cafetalera. Como aquellos inmigrantes, el colombiano se vio tentado a abrir negocios en Costa Rica.

Como era usual entre aquellos emprendedores, sus quehaceres lo situaron en dos ámbitos: el rural o de la agricultura, y el urbano o del comercio importador. A la primera actividad, Miguel Macaya le dedicó la creación de una finca modelo en Las Ánimas –cercanías de La Uruca–, adonde llevó árboles frutales y maderables de los más distintos lugares con el fin de aclimatarlos.

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Mientras, en el San José de la década de 1870, la avenida Central empezaba a consolidarse como el eje comercial capitalino por excelencia pues, por unos años más, competiría en esa función con el entorno del parque Central. Ubicados en la avenida Central o en sus cercanías se establecían los nacientes bancos, hoteles y almacenes. Uno de estos últimos fue precisamente la Ferretería Macaya.

Bajo el seudónimo de “Nitzuga Salmad”, una crónica aparecida en el diario La Nación en 1953 informa al respecto: “La Ferretería Macaya fue instalada en el local bajos del ‘Diario de Costa Rica’ en 1877, siendo su propietario don Miguel Macaya”. Por esa razón, el negocio fue usualmente reputado como el primero de su tipo ( San José en 1877 ).

La primera ferretería. Empero, más que una ferretería en el sentido contemporáneo del término, el negocio fundado por Macaya era más bien un almacén por departamentos. Estos almacenes se habían puesto de moda en las grandes ciudades europeas y norteamericanas de la época, y se caracterizaban por ser edificios diseñados y construidos para sus específicos fines, hasta el punto de que vinieron a constituir una tipología (o tipo) de edificación por sí mismos.

No obstante, el negocio que Miguel Macaya había abierto originalmente no contaba con un local-almacén, y, según la crónica citada, “la ferretería Macaya trabajó algunos años, pero con el tiempo liquidó sus negocios”. El establecimiento fue retomado entonces por Guillermo Lahmann, que lo ubicó donde luego estuvo el Almacén Koberg, en calle Central, entre las avenidas Central y 1ª; mientras Macaya volvía a Colombia.

Sin embargo, pudo más su espíritu comercial pues, de regreso al país junto a su sobrino Juan Macaya Ibáñez, retomó la ferretería al tiempo que fundaba la sociedad Miguel Macaya y Compañía. Entonces, en 1905, por la suma de cincuenta mil colones, compró a la familia Carazo Peralta el predio situado exactamente al frente de la ferretería Lahmann, con el fin de construir uno de aquellos edificios que albergase una mayor clientela y cuyas instalaciones le permitieran adquirir la mercadería en secciones clasificadas.

Ya en función el inmueble, según el Libro Azul de Costa Rica, editado en 1916: “Esta ferretería, de las más completas en su género en el país, recibe directamente sus mercaderías de los Estados Unidos, Inglaterra, España, Francia, Bélgica, Alemania, Austria e Italia”.

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En efecto, además de importar artículos para la construcción, el almacén traía también gran surtido de enseres para el hogar, lo que llevó al cronista Alberto Quijano a sostener: “En la actualidad, la respetable casa comercial Macaya & Co., puede decir que vende desde un alfiler hasta un ancla, con lo cual quiero explicar que no hay nada en su ramo que [...] no tenga a la orden del público” ( Costa Rica ayer y hoy, 1800-1939 ), múltiple función para la que su local era idóneo.

Arquitectura y arquitecto. Sobre su arquitecto, dice Macaya Lahmann: “A finales de siglo [XIX] y principios [del XX], eran pocos los profesionales en arquitectura que ejercían en Costa Rica. Por ello mismo, existen cortos períodos en su historia que los designa un solo nombre, mas que un conjunto de obra”.

“Así, por ejemplo, la obra del arquitecto don Jaime Carranza representa probablemente la última tentativa de unidad, en una persona, que define una época. Entre sus construcciones recuerdo ['], de particular interés para mí personalmente, el edificio de la Ferretería Macaya” ( Algunos apuntes sobre la historia de la arquitectura costarricense ).

De estética ecléctica, su fachada sigue un esquema simétrico de corte neoclásico, donde cinco vanos de puertas y ventanas se proyectan en doble altura mientras se alternan con entrepaños que simulan sillería de piedra, antes de rematar en un cornisamiento barroco seguido de una falsa balaustrada.

De influencia barroca también, las decoraciones de piedra de los entrepaños, así como el zócalo de granito, fueron confeccionados por la compañía Adela viuda de Jiménez e Hijos; mientras que, bajo los arcos de medio punto, los balcones del segundo nivel de la fachada son de hierro forjado en estética art nouveau.

La volumetría del edificio está construida en sillería de ladrillo mampuesto y techada por una estructura metálica importada de Bélgica; alberga una planta cuadrangular con pisos de piedra canteada similar a la de las viejas aceras josefinas. De planta libre y cuadrangular, cuatro hileras de colum-nas sostienen la segunda planta y un piso intermedio hechos en madera, lo mismo que la escalera principal que los comunica entre sí.

Según “Nitzuga Salmad”, una vez terminado, “en 1908, este edificio fue cedido por tres días a una Sociedad de Beneficencia patrocinada por distinguidas damas de la sociedad, quienes organizaron una soberbia kermesse”.

Miguel Macaya falleció en 1919. Con la entrada de Costa Rica en el Mercado Común Centroamericano y a causa de la política de sustitución de importaciones en los 60, el que había sido su negocio feneció precisamente cuando, como su hijo Enrique, el viejo edificio casi cumplía los sesenta años y estaba por entrar también en la sombra de los recuerdos.

El autor es arquitecto, ensayista e investigador de temas culturales.

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