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El adiós del año....

Actualizado el 31 de diciembre de 2008 a las 12:00 am

 Avizoramos el ya naciente año con la ilusión del que sueña lo mejor

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En un paso raudo, con nostalgia y alegría, con risas y lágrimas, vemos el culminar de un año más, lo que nos coloca en la antesala de una nueva etapa de la vida, que para todos deseamos sea fructífera y próspera.

Retrotraemos el paso de los meses para encontrarnos con el recuerdo de días de inmensa felicidad y también horas de tristeza, aunando en ellos el recuerdo de los amigos que en este lapso nos dejaron, las amistades que nacieron, los gozos compartidos y las solitarias tristezas; todo ello en un conjunto de realidades que siempre depara la vida.

Buscamos –sin lograrlo– cómo detener el tiempo, para hacer muy nuestras todas las dichas que el año que termina nos entregó, y que de seguro han sido el fruto de las mejores realizaciones; pero, por igual, queremos hacerlo terminable para sosegar el alma frente a los dolores acumulados, como el resultado de la acción innoble, colocando en esa balanza que nos entrega el destino los actos valorables y las agonías sin nombre, queriendo encontrar el resultado de paz y tranquilidad.

El eco de las canciones que ayer cantaban Navidad ya solo es eso, y la cercanía de las campanadas que anuncian el advenimiento de un nuevo día en ese esperado cambio del calendario, parecen resonar con fuerza en ese decirnos que habrá un mañana luminoso, donde la fe y la esperanza deben ser la mejor compañía. Avizoramos el ya naciente año con la ilusión del que sueña lo mejor, confiando en que en el decurso de los días podamos cristalizar toda la ansiedad que ahora se ha quedado a la espera; soñamos meses de alegría, proponiendo el alcance de las metas que ayer no más fueron imposibles.

En este paso de los días, pocos en las hojas del calendario mustio, empezamos a contar horas, minutos y segundos que nos llevarán al encuentro del nuevo espacio, para que, en medio de la euforia del momento, gritemos con el corazón ¡Feliz Año Nuevo!, deseando de todo corazón que esa felicidad sea perenne para todos aquellos que están cerca o lejos de nosotros, pero que siempre mantenemos en el recuerdo.

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Y en esas horas previas, cuando la inminencia de un nuevo ciclo es irreversible, la evocación encuentra la enseñanza de los padres, los amigos de la infancia, las travesuras deportivas, los amoríos prematuros, los maestros de la escuela, los compañeros del colegio, las tareas universitarias, las responsabilidades laborales, la compañía amorosa, el nacimiento de los hijos, la partida de seres queridos; todo ello, resumiéndose en un historial que es ayer, pero que se mantiene presente cuando esa compañía siempre la sabemos afectuosa.

Deshojamos el calendario ya con un cubrimiento níveo, pero pensando siempre que hay un mañana que queremos lleno de emotividad, progreso, logros, serenidad, paz, y con el deseo infinito de que aquellos que ayer fueron nuestro soporte, sigan caminando a nuestro lado; que a quienes amamos, sigan compartiendo con nosotros su alegría; que a quienes apenas conocimos hoy, permanezcan dándonos su mano; que aquellos que pasaron por nuestra vida y ya no los vemos, nos señalen el camino de la serenidad; que a quienes hicimos mal, nos den su perdón, y a quienes nos hirieron los perdonemos.

Suenan las copas que en su tintineo por igual anuncian el brindis por el año que llega, y queremos que en los corazones, buenos por naturaleza, y en especial en el sentir de todos aquellos que nos recuerdan con afecto, se siga guardando la alegría que propicia el mágico momento de un nuevo amanecer, de un ¡FELIZ AÑO!

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