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Zapping: Encantadores de gente

Actualizado el 28 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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Zapping: Encantadores de gente - 1
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Zapping: Encantadores de gente - 1

“Mi trabajo es que usted gane”, dice la presentadora con voz persuasiva. En pantalla, vemos una pizarra y, al lado, seis letras con las cuales se deberá completar una palabra.

G-A-I-T-N-A. Se ve fácil. Solo hay que resolver el anagrama, apurarse a llamar a un número 900, salir al aire y dar la respuesta correcta.

También está la opción de participar con el envío de una palabra promocionada (“Millón”, por ejemplo) por medio de un mensaje corto (SMS).

Apenas comienza el programa vespertino y se trata de una primera “ronda de calentamiento”. El primer monto de dinero en juego es casi simbólico.

“Nadie se va hoy con las manos vacías. Me interesa que venga por el dinero”, insiste la presentadora con dotes de hipnotista.

Luego de casi 15 minutos, ingresa un primer televidente. Su respuesta es “Gaitán”.

El productor –con voz de bufón– indica que los apellidos no cuentan, pero igual le van a dar ¢10.000 al participante.

La presentadora vuelve a la carga. “Por favor, quiero alguien que me dé la palabra. El dinero es suyo si usted me llama en este momento”.

Segundo intento: Jorge apuesta por “Agitan”. Otra vez respuesta incorrecta y 10 rojos para que invite a la novia a comer tacos.

El premio asciende. ¿Qué le parece ¢75.000 por decir una sola palabra? “Vea que no me suena el teléfono. Señora, usted ahí en casita, la estoy esperando. Si usted me llama habla conmigo de inmediato. ¡Ya!”

Un momento. Quizás la señora en casa ya lo intentó. Lo que sucede es que no vio una letra muy pequeña, en el borde inferior de la pantalla, que dice “Aplican restricciones. Ver reglamento en'”. Sí, ahí, a la par del precio de la llamada: ¢995 más impuestos y el costo que detalle la operadora.

Ahora, supongamos que la señora tiene acceso a Internet, dejó la lavada a medio palo y mandó a traer pollo frito para el almuerzo. Luego, dedicó unas tres horas de estudio y reflexión hasta comprender lo que dice la letra menuda.

Entonces, se habría enterado de que solo por el hecho de llamar o enviar un SMS no va a salir al aire ni mucho menos ganar.

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También sabría que el objeto del espacio es “entretener y promover el crecimiento de la audiencia y el rating del programa”. De obtener millones, no dice nada.

A la doñita de seguro le dio un soponcio al intentar comprender la mecánica del “entretenimiento”, pues resulta que todas las llamadas y mensajes entran a formar parte de una base de datos. Después de eso, un sistema automático escoge al azar a los participantes, quienes son “preseleccionados”.

De las lista de “preseleccionados” salen otros “preseleccionados” y, finalmente, de ahí se escogen los “afortunados” que saldrán al aire.

Con los SMS, el asunto es más engorroso. Quienes los envían reciben hasta 10 trivias que deberán contestar. Cada respuesta hay que pagarla por separado y eso solo garantiza la posibilidad de ser “preseleccionado”.

Una vez al aire, primero van los chapas como Manuel, que dijo “Tinaga”. ¡Ay hombre! No seas tan boludo, no ves que tinaja es con jota. A este ni los ¢10.000.

Desesperada, la conductora le “sopla” a la audiencia. “El productor está molesto porque prácticamente ya se las regalé”.

Suenan sirenas, alarmas y música de película. Al fin, ingresa un ganador al concurso: ¡Gitana!

Nuevas letras aparecen en pantalla. “Lo estoy esperando con paciencia, con fe, con esperanza. Quiero que todo fluya. A todos nos cae bien un dinerito extra”, dice la guapa presentadora que hace las veces de ilusionista.

Y yo solo pregunto: ¿Qué dice la Defensoría del Consumidor de todo esto?

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