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Actualizado el 25 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Cambiar la realidad, es cambiar el lenguaje que la nombra. Esto puede significar un progreso, por ejemplo, una mayor visibilización e inclusión social de personas tradicionalmente marginadas. Pero modificar el uso del lenguaje también puede ser el inicio de una regresión cuando este cambio se concibe desde una estructura de poder que apuesta a negar una realidad para de ese modo coartar la libertad de pensamiento y acción.

Cambiar el lenguaje para anular la consciencia crítica, y dominar mejor a los individuos, es lo que hicieron los fascismos durante el siglo XX. “No están muertos ni vivos, están desaparecidos”, decía el dictador argentino Videla . Escritores como George Orwell, Primo Levi, Robert Antelme, fueron sensibles al hecho de que la deshumanización de las personas supuso su deshumanización en el idioma. “El nazismo se insinuó en la carne y sangre de la multitud a través de expresiones aisladas, de giros, formas sintácticas que se imponían a millones de ejemplares y que fueron adoptados de manera mecánica e inconsciente”, anotaba Víctor Klemperer en su diario, en la Alemania del Tercer Reich .

Las prácticas de deshumanización por medio del lenguaje no son, sin embargo, exclusivas de los totalitarismos genocidas. En distintos grados, se siguen observando en usos banales, que no son inofensivos, aunque así lo parezcan. En el campo laboral, durante las últimas décadas ha prosperado una novalengua que pretende disfrazar con eufemismos la dureza de una realidad.

Se habla hoy de “oportunidades de mejora”, para no hablar de errores; de “reestructuración” de una empresa, para no decir que realizará despidos masivos. No se dice que se despide a una persona, sino que se la “desvincula”. “Desvincular. 1. tr. Anular un vínculo, liberando lo que estaba sujeto a él, especialmente bienes”, dice la Real Academia Española. Desvincular a un empleado, ¿es una forma de liberarlo, como en la Antigua Grecia se liberaba a los esclavos? ¡Debería entonces más bien agradecerse!

Llevados a un grado extremo, los usos deshumanizantes del lenguaje, aunados al acoso moral y psicológico, condujeron a la tragedia de suicidios masivos en la empresa France Télécom. Entre otras prácticas, a parte del personal se le dejó de llamar por su nombre y se le pedía identificarse por teléfono solo con un número...

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“Desvincularon al 10.430. Tenía muchas oportunidades de mejora”. Quizá la novalengua empresarial no solo anestesie la consciencia del empleado “desvinculado”. Quizá, sobre todo, tranquilice el sentimiento de culpa del patrono...

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