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Actualizado el 13 de abril de 2013 a las 12:00 am

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Al excluir a la ciudadanía de la celebración del 11 de abril por medio de barricadas y un fuerte dispositivo de seguridad, la administración de la presidenta Chinchilla revela una vez más su cara autoritaria. En foros internacionales, se viste con el traje del respeto a los derechos humanos y la defensa de la libertad de expresión. En su propio país margina a un sector de la población para que no se escuchen sus críticas. La presidenta usa además una retórica maniquea con la que pretende desacreditar la protesta social: por un lado estaría la “gente buena”, con “buenas intenciones”; por el otro, quienes se manifiestan. “ No es la primera vez que voy a un acto público en que yo participe y lleguen estos grupos ”, dijo Chinchilla en alusión a manifestantes contra la concesión. No es la primera vez, ni será la última, porque vivimos en una democracia.

Si el gobierno fuera hábil, seguiría los consejos de Maquiavelo. En política “triunfa el que acomoda su manera de proceder a las circunstancias del momento, e igualmente fracasa quien en su proceder entra en desacuerdo con ellas”, escribía el florentino. No vale la pena obstinarse en alcanzar un objetivo cuando este tiene pocas probabilidades de éxito. Sin embargo, el Gobierno no solo carece de inteligencia política, sino que se muestra insensato cuando el objetivo al que se aferra carece de toda razonabilidad: la concesión de la carretera San José- San Ramón a la empresa brasileña OAS.

¿Tiene sentido empecinarse en defender una obra cuyo costo es desproporcionado, y que colapsaría en poco tiempo? ¿Con qué argumento se puede justificar que una empresa que recuperaría en 5 años el costo de la inversión continúe lucrándose durante los 25 años siguientes en detrimento del bolsillo de los conductores? ¿Por qué confiarle la cartera del MOPT a un ministro que realizó una consultoría por $10.000 para la misma empresa? En política también se simbolizan y escenifican las pasiones que nutren la convivencia. El 11 de abril es uno de esos momentos simbólicos en que se conmemora el coraje del pueblo frente a los intereses espurios de quienes pretenden dominarlo. Precisamente en ese día, y como si el descontento popular no estuviese en su cenit, el Gobierno creyó oportuno impedirle a la mayoría el acceso a las festividades. Dibujó así, con el desplante, el espectro de un mesón donde pretende protegerse de la crítica ciudadana.

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El ministro de Comunicación dijo no tener una respuesta de por qué razón la imagen de la presidenta no mejoraba. Tal vez si el Gobierno escuchara más, y se obstinara menos, hubiese tenido elementos, si no para resolver el problema, al menos para entenderlo.

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