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Actualizado el 16 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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“ Perro soportó 8 días en la calle luego de que le sacaran los ojos ”. El sábado anterior amanecimos con esta noticia insoportable. La tarde de ese mismo día, supimos que el perrito, nombrado Toby por las personas que lo rescataron, murió como consecuencia de un acto de una crueldad innombrable. Meses atrás, se informó de que una perrita callejera, llamada Betty , había sido violada en múltiples ocasiones.

“Monstruos”, “inhumanos”. Las palabras suenan siempre huecas cuando se trata de calificar a quienes perpetraron estos crímenes. Pero no solo son insuficientes, sino también equivocadas. Los individuos capaces de estas atrocidades no están fuera de la humanidad, que no es sinónimo de bondad, ni de racionalidad. “Bestias”, solemos decir, a modo de insulto. Y, justamente, las “bestias” no cometen tal brutalidad. Prestarles atención a estas expresiones permite recoger la capa de prejuicios que se depositan en el uso ordinario del lenguaje; estos revelan cuán profundamente se enraíza la cultura del maltrato a los animales en la tradición occidental.

Durante siglos, la relación del ser humano con el animal se sostuvo sobre ideas cuyas bases comienzan hoy a vacilar. Los debates filosóficos contemporáneos ponen en la palestra el derecho de los animales al bienestar. Desde la tradición judeocristiana, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento formulan la creencia de que Dios le dio al ser humano el poder de dominar a las demás criaturas, y que los animales no son dignos de consideración moral. Durante la Edad Media, la metafísica occidental concibió la relación con los animales en función de una jerarquía, en cuya cúspide se situaba el humano como la criatura superior de toda la Creación. En ese sentido, cuando personas se pronuncian a favor de penalizar la crueldad contra animales, pero sostienen la idea de una prerrogativa del humano sobre los otros seres, siguen reproduciendo esta misma tradición.

El debate sobre los límites de nuestra relación con los animales para fines de alimentación o de investigación científica es de gran complejidad; sin embargo, no podemos ignorar que las ideas citadas, aunque parezcan banales, guardan un importante vínculo con los actos de crueldad mencionados. Estudios sociológicos contemporáneos señalan que existe una relación entre la banalización del maltrato en la sociedad y los actos de crueldad: “Cuanto más maltratamos a los animales en maneras que la sociedad estima socialmente aceptables, mayor es la probabilidad de que los individuos sean proclives a incurrir en crueldad contra animales” (Clifton P. Flynn; traducción propia).

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M ás allá de la necesidad de una ley que penalice severamente el maltrato contra los animales, la crueldad de estos actos arroja inquietantes luces sobre la banalización de la violencia en nuestra sociedad.

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