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En los últimos siete años en el país

Voluntad de jóvenes dio techo a 1.400 familias faltas de casa

Actualizado el 03 de junio de 2013 a las 12:00 am

La organización ha movilizado a unos 22.000 costarricenses

Los voluntarios y el dinero son fiscalizados por expertos

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Voluntad de jóvenes dio techo a 1.400 familias faltas de casa

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Hace siete años, el Techo, mejor conocido como Un Techo Para Mi País, llegó a Costa Rica, con el fin de aliviar la situación de pobreza que viven miles de personas y de involucrar a los jóvenes costarricenses en el voluntariado.

Ana Cristina Trejos fue una de las primeras en enamorarse de esta organización, y, con el deseo de ayudar, se convirtió en una voluntaria más.

Sin embargo, su pasión la llevó a ser directora social, puesto que desempeñó en los últimos dos años. Cerca de dejar el cargo, la joven hizo, para La Nación, un balance de la labor del Techo en Costa Rica y Latinoamérica.

Aciertos. La estudiante de Microbióloga y Trabajo Social está convencida de que entre los principales logros de la organización destacan la movilización de 22.000 voluntarios y la construcción de más de 1.400 viviendas temporales.

Ella considera que, en parte, eso se debe a que el Techo es una “buena herramienta para articular actores que de otro modo no trabajarían juntos”.

Así sucedió en el terremoto de Cinchona: “Juntamos a las empresas que decidieron apoyar, al sector público y voluntariado joven. En ese momento, la propuesta que hizo el Techo funcionó bien: logramos construir 200 viviendas para damnificados, y entre 10 y 15 escuelas que se habían derrumbado”.

Además, destaca el aporte de 13 mesas de trabajo que desarrollan proyectos en diversas comunidades del país, y las alianzas con universidades para que los estudiantes realicen su trabajo comunal o TCU, como se lo conoce.

Trejos reconoce que los costarricenses han sido pieza clave del Techo en la región Latinoamericana. “Cuando yo asumí la dirección social, uno de los voluntarios de acá, que era director de construcción, se fue a Haití a levantar 400 casas. Ahora él es gerente allá. A otro compañero, que se encargaba de las comunicaciones en Costa Rica, se lo llevaron a las oficinas centrales, en Chile, y fue él quien gestó el cambio de marca del Techo. En resumen, gente que ha salido preparada del equipo de acá ha llegado a puestos importantes dentro de la organización”.

Aunque el trabajo que realizan en las comunidades –construyendo viviendas temporales e impartiendo tutorías a muchachos en riego social– es aplaudido por muchos, también la labor del Techo tiene sus detractores.

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“Hay un sector universitario fuerte, involucrado en temas de política, para el que lo que el Techo hace es pura caridad y que enmascara problemas, y para el que esto lo debería hacer el Gobierno. Sin embargo, una cosa no anula la otra: el aporte y el trabajo que se puede hacer con las comunidades le suma a la causa”.

Para realizar sus proyectos, el Techo requiere dinero, y muchas veces son los mismos voluntarios quienes salen a buscarlo.

“En el financiamiento, las colectas que se realizan anualmente son importantes. El sector privado que quiere hacer voluntariado también aporta financiando cinco ó 10 viviendas, o comprando tutorías que los voluntarios del Techo impartirán en las comunidades”, explicó la joven.

La fiscalización de estos dineros, según Ana Cristina, es estricta: “La mayor parte de la fiscalización la hacemos con Deloitte de Chile; es una auditoría rigurosa. Cada voluntario que maneja presupuesto debe presentar facturas; es inaceptable no hacerlo. Tenemos un director de administración, otro de finanzas y uno legal, supervisados por el gerente”.

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Monserrath Vargas L.

movargas@nacion.com

Periodista de ciencia y tecnología

Redactora en la sección de Aldea Global de La Nación. Periodista graduada por la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre ciencia y tecnología.

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