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Historia

Y el Virilla se tiñó de rojo...

Actualizado el 12 de marzo de 2006 a las 12:00 am

Luto. El 14 de marzo de 1926 tuvo lugar la peor tragedia ferroviaria en la historia de Costa Rica. Más de 300 personas murieron aquel fatídico domingo, cuando los vagones de un tren sobrecargado de romeros alajuelenses y heredianos cayeron a la pendiente del río.

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Esa mañana de marzo, la muerte los sorprendió con sus ropas de domingo. Traían sombreros de pita, alforjas y rosarios para visitar a La Negrita , pero el tren nunca llegó a Cartago. Al cruzar el puente sobre el río Virilla, se descarrilaron los tres últimos carros del convoy repleto de campesinos de Alajuela y Heredia.

Como una broma del destino, aquella fiesta en beneficio del asilo de ancianos se había programado inicialmente para una semana antes.

Sin embargo, como los vecinos de Alajuela y Heredia habían pedido a los organizadores la contratación de un tren especial para ir a Cartago, y la compañía ferroviaria no pudo destinar una máquina para ese domingo, decidieron posponerlo una semana.

La Northern Railway Company ofreció entonces un convoy con seis carros de pasajeros, y los responsables de la feria vendieron los tiquetes a precios baratísimos: solo un colón y medio por persona.

La venta de billetes con la inscripción: " A beneficio de los ancianos de Cartago" fue organizada por comisionados especiales en Alajuela y Heredia, pero el número de vecinos ilusionados con el viaje creció tanto que al final nadie controló la cifra vendida. Aunque nunca se corroboró el número de tiquetes colocados, las crónicas de la época hablaron de más de mil.

Ruta sin fin. Familias completas de campesinos alajuelenses caminaron desde muy temprano hasta la estación de tren, frente a la estatua de Juan Santamaría. La ilusión de muchos de ellos era viajar a la vieja metrópoli, darse una vuelta por la feria de caridad y terminar con una visita a la Basílica de los Ángeles para pagar promesas a La Negrita .

A las 7 a. m., la locomotora número 9 de la Northern arribó a la estación con tres carros de pasajeros que en pocos minutos se llenaron hasta en los balcones.

Media hora después de su llegada a la Ciudad de los Mangos, el convoy, guiado por el maquinista josefino Víctor Manuel Calvo, partió hacia Heredia en medio de sonrisas, gritos y adioses. El tren hizo solo una parada en San Joaquín de Flores para que subieran más pasajeros y llegó a la estación herediana a las 8 a.m.

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Ahí lo esperaban los tres carros repletos que, hora y media antes, había dejado vacíos y ahora estaban llenos de viajeros.

Por orden del experimentado conductor Gonzalo Facio, los vagones alajuelenses fueron desconectados de la máquina y colocados al final del convoy, detrás de los heredianos.

Cinco minutos después de su llegada, el maquinista de 35 años puso en marcha la locomotora y prosiguió su camino, ante los reclamos de decenas de florenses que quedaron en la estación con el tiquete en mano pero sin un lugar en el tren.

Igualmente, otros se quedaron esperando en la estación de Santo Domingo, cuando el convoy pasó sin detenerse rumbó al río Virilla.

Muchos de quienes viajaban frecuentemente por esa vía, declararían después a las autoridades que el convoy llevaba una velocidad superior a la acostum-brada e, incluso, algunos pasajeros alarmados pidieron a gritos que el tren se detuviera.

Antes de llegar al puente sobre el Virilla, el camino de hierro avanza en descenso y describe una curva a unos 50 metros de la estructura.

A las 8:20 a.m. la máquina 9 superó la pendiente de la vía y se aproximó a la entrada del puente. Calvo soltó los frenos y le imprimió velocidad a la locomotora, para pasar sin problemas una pequeña cuesta que dibuja la vía del lado josefino.

Entonces ocurrió tragedia. La inercia de tantos cuerpos dentro del último carro hizo que este se inclinara hacia la izquierda en plena curva y se descarrilara, jalando los dos vagones anteriores fuera de la vía. Todo sucedió en segundos.

"De pronto, crujen todas las estructuras, saltan los vidrios, trepidan los carros, y los más horrorosos gritos se lanzan por el aire. Eran los mil pasajeros que sentían el abismo, la muerte. Los vagones quedaron desastillados, hechos un puño de maderas y de hierros retorcidos. Los vidrios cubrieron todo el camino. Los asientos se desprendieron y rodaron por el abismo", reseñó la crónica que el Diario de Costa Rica publicó el martes 16 de marzo.

Decenas de cuerpos quedaron prensados entre las latas de los carros, otros cayeron al precipicio para terminar colgados en los árboles de la pendiente o mutilados en el fondo del barranco, donde su sangre se mezcló con el agua del río.

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Salvamento. No existe un recuento exacto del número de fallecidos. Los periódicos de la época hablan de más de 300 víctimas, mientras los socorristas fijaron la cifra en 298 muertos y cerca de 90 heridos. La mayoría de los difuntos viajaban en los carros penúltimo y antepenúltimo, que quedaron destruidos a la orilla del precipicio.

La locomotora y tres de los carros lograron cruzar el puente y detuvieron su marcha a unos 100 metros del río. El maquinista y el conductor declararían después que intentaron devolverse pero alguna gente quiso golpearlos, así que partieron a toda prisa hacia San José para dar aviso de la tragedia.

En cuestión de minutos, una gran multitud se aglomeró en el sitio del accidente. Algunos llegaron a socorrer a los heridos, aunque fuera poco lo que podían hacer; otros tantos curiosos más bien entorpecieron las labores de salvamento; y unos pocos aprovechados despojaron a las víctimas de sus pertenencias.

Médicos, socorristas y policías llegaron desde diversos lugares, pero el rescate se convirtió en una tarea difícil. Había cuerpos por todos lados. Los sacaban del sitio del accidente para tenderlos en un potrero a orillas del río, cubiertos con hojas de plátano, mientras alguien llegaba a auxiliarlos o a identificarlos.

Muchos heridos y mutilados fueron trasladados en trenes a los hospitales de la capital.

La labor de salvamento se extendió hasta la noche. Durante toda la tarde, varios trenes de socorro partieron hacia Alajuela y Heredia. Los cuerpos eran dejados ordenadamente en las estaciones, donde los vecinos entraban para identificarlos y llevár-selos a sus casas.

El mismo día del accidente, el superintendente de la Northern dio la orden de que ningún cuerpo saliera sin su respectivo ataúd. Decenas de féretros fueron llevados en buses, trenes y carretas de voluntarios hasta distintos partes del Valle Central.

El Gobierno declaró tres días de duelo nacional. Las banderas ondearon a media asta, y cines, cantinas y otros sitios de entretenimiento, cerraron sus puertas.

Sin embargo, el mayor duelo se vivió en pueblitos, como el Barrio San José de Alajuela, donde casi todas las familias tenían un muerto a quien llorar.

Durante los diez años posteriores a la tragedia, sobrevivientes y deudos solicitaron una indemnización a la Northern Railway Company.

Desde los despachos de renombrados abogados, como Teodoro Picado Michalski, salieron múltiples demandas contra la firma extranjera.

Y aunque en los documentos oficiales, la compañía se declaraba libre de toda responsabilidad, aceptó pagar desde ¢20 a una señora que se golpeó el brazo, hasta ¢16.000 a una anciana por la muerte de su hijo.

Claro, el dinero no alcanzó para borrar del recuerdo de los costarricenses aquella terrible mañana en que fallecieron cientos de campesinos inocentes.

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