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Verbos de leves angustias

Actualizado el 16 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

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Hubo tres Alonso en la crítica literaria española: Dámaso, Amado y Martín. Dámaso (1898-1990) redactó la partitura de la sinfonía de voces que fue la Generación de 1927. También cantó en verso, mas con menor fortuna que sus cofrades de aquel grupo. Dámaso amó su poemario Los hijos de la ira , y cuenta su vecino de barrio y de literatura, Francisco Umbral, que –anciano y devastado por el Alzheimer– Dámaso Alonso se escondía en su biblioteca, tremante, asiendo un ejemplar de su libro de poemas como si fuese una paloma que hubiera anidado entre los libros.

El otro Alonso fue el bien llamado Amado (1896-1952), crítico, gramático e historiador del idioma.

Martín Alonso también fue gramático y polígrafo (los difíciles términos esdrújulos se cotizan mucho en el negocio de las letras). No fue el tercero en discordia pues nadie se acordó de pelear con él.

Amado era catedrático en Buenos Aires cuando empezó la guerra civil española, y prefirió quedarse allí con sus connacionales que se habían exiliado al hundirse la República. El océano Atlántico fue la última trinchera del conflicto.

En la primavera de 1952, ya agónico, Amado Alonso trazó la selección final de su libro de ensayos Materia y forma en poesía (1955). Incluyó dos referidos al ritmo que puede contener la prosa.

Dicho sea de paso, recordemos el mito del “ritmo interior” que (dicen) puede haber en la prosa y en el verso “libre”; en realidad, no hay “ritmo interior”: el ritmo solo es número y física, y es muy exterior.

Alonso alude a experimentos de fisiología: estímulos externos que nos hacen sentir rítmica una prosa. Durante un momento, la prosa nos pone tensos, levemente nerviosos, y luego nos distiende, como si apretáramos y soltásemos los puños.

Alonso enseña el secreto de tensar a la gente con un párrafo o con el parlamento de una conversación. El misterio está en la aparición del verbo : habrá menos tensión cuanto antes venga pues el verbo da sentido a todas las demás palabras.

Un bello ejemplo de angustia (aunque en verso) nos lo da Luis de Góngora cuando retrasa el verbo:

“Mientras por competir con tu cabello / (oro bruñido) el Sol relumbra en vano; / mientras con menosprecio en medio el llano / mira tu blanca frente al lilio bello; / mientras a cada labio, por cogello, / siguen más ojos que al clavel temprano, / y mientras triunfa con desdén lozano / del luciente cristal tu gentil cuello / goza cuello, cabello, labio y frente [...]”.

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Recientes estudios de fisiología dan la razón a Alonso (Ramón de la Fuente: Biología de la mente , cap. XII): la tensión ajena es un juguete de nuestra sintaxis; más aún, enseñan que los verbos y los substantivos siguen conexiones distintas en el cerebro; más aún, percibimos los substantivos antes que los verbos.

No hay ciencia del espíritu que viva lejos de las ciencias del cerebro, y la poesía es la gaya ciencia.

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