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Actualizado el 03 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Una información de La Nación del martes pasado dice: “Tras una jornada de ocho horas y 36 votaciones, la Corte Plena decidió pedir a la Asamblea Legislativa el despido del magistrado de la Sala Primera, Óscar González Camacho, tras hallarlo culpable de acoso sexual contra una jueza”. 15 magistrados pidieron la revocatoria del nombramiento y seis, una suspensión.

Se trata de una denuncia por acoso sexual y laboral del magistrado González, contra la jueza de lo contencioso administrativo Priscila QuirósPriscila Quirós. Los magistrados acogieron un informe sobre el caso, elaborado por el órgano instructor, presidido por el magistrado de la Sala Tercera Penal, Jesús Ramírez. El informe determinó que la falta del magistrado González es “gravísima y que hubo un contexto de violencia psicológica contra la mujer'”. La decisión final corresponderá a los diputados. El proceso disciplinario comenzó en octubre del 2012.

El magistrado González rechazó “enfáticamente” los cargos que se le atribuyen en la vía disciplinaria y en la penal. Se declaró inocente y consideró la resolución “injusta y de proporcionada”. No existe, con todo, la menor duda sobre la gravedad y realidad de los cargos, que cualquier persona decente –y aunque no lo fuera– avalaría plenamente por su propia naturaleza objetiva, por tratarse de la función más alta en el país, por ser la víctima una mujer y por una razón que considero de la más elevada entidad moral: la propia reacción –indignante y soberbia– del magistrado González, quien solo tiene una salida honorable: renunciar, para evitar el descrédito total.

Todo ser humano posee dos valores indiscutibles, íntimamente entrelazados, que nos diferencian de los animales y nos confieren una dignidad singular: la conciencia y la verguenza. La conciencia, juez supremo, y la verguenza, tanto más elocuente cuanto más alta es la función que se ejerce. El grito interior de la primera, la conciencia, sede de nuestra humanidad, taladra el alma, y la mirada exterior e interior, de la segunda, de la gente, que ve y juzga, solo se pueden aplacar y hasta honrar por una de las expresiones más excelsas del ser humano: el arrepentimiento, esa potencia espiritual interna que nos engrandece, cuando pecamos, y que desgraciadamente, han mancillado nuestros “honorables delincuentes” en Costa Rica antes de escalar el último peldaño del mal: el cinismo.

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Este –el cinismo– es el tumor que corroe el mundo en una de sus dimensiones más nobles y necesarias: la política, amamantado, a la vez, por el relativismo moral, que predica la no existencia de la verdad. Una hora decisiva para la Corte y la Asamblea.

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