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Actualizado el 27 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Una de las grandes obras que ha de dejar una huella por siempre en la vida nacional, ha sido la creación del Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio), fruto de la visión y el empeño costarricenses insignes, entre los que destacan dos académicos e investigadores: Rodrigo Gámez y Alfio Piva.

Muchos artículos e investigaciones se han llevado a cabo sobre este magno proyecto que, tras varias décadas, le ha dado prestigio a nuestro país en el campo de la biodiversidad y atraído la atención de instituciones y empresas como expresión de la más alta cultura y humanismo. Recientemente hemos publicado dos comentarios, uno del doctor Rodrigo Gámez, su director, y otro de la doctora Elizabeth Odio, exministra de Ambiente, que claman por la preservación del INBio, como un deber nacional, pues, por la falta de recursos internos y externos, dada la crisis mundial en estos años, los proyectos educación, investigación, medio ambiente y desarrollo sostenible están sufriendo un severo impacto.

¿Es posible, entonces, que una obra de esta magnitud, “pionero y buque insignia para atraer a Costa Rica la cooperación internacional”, reconocida con el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, que España confiere solo a las mejores instituciones del mundo, por sus valiosos aportes en el orden de la ciencia y la educación, venga a menos, con una pérdida invaluable para la cultural nacional? ¿Podemos aceptar que la juventud y la niñez pierdan este manantial de formación e investigación, “piedra fundacional de una nueva sociedad costarricense”, como escribió doña Elizabeth Odio?

¿Cuál sería, entonces, el destino de los programas de bioalfabetización para los niños de las escuelas, las publicaciones de la Editorial INBio, la divulgación del saber científico, el Sistema Nacional de Áreas de Conservación, la inclusión de las mujeres en el campo del desarrollo sostenible o todo lo referente a los recursos marinos, en particular el Parque Marino del Pacífico, con el concurso de la Universidad Nacional, diversas instituciones públicas y organizaciones de la sociedad civil de Puntarenas y de la empresa privada. En fin, el espacio es insuficiente para describir la potencialidad del INBio que, por nada del mundo, podemos perder. Más bien, es preciso explorar y explotar todas las formas posibles de colaboración con todas las personas y entidades de buena voluntad, en pos de la vida y el desarrollo humano.

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La historia y diversas mentes visionarias han puesto en nuestras manos el compromiso nacional del INBio. Cada amanecer nos lo recuerda. Nos corresponde a nosotros enaltecerlo y salvarlo. ¡Qué verguenza y qué deshonor no ser dignos de este tesoro!

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