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Actualizado el 22 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Si alguien pretendiera dibujar el ámbito en que se desenvuelve la política costarricense –la gran política, la que dirige, coordina y pide cuentas– difícilmente podría hacerlo, por cuanto, como ya he apuntado, en ella impera la confusión en los tres poderes del Estado, en sus relaciones de interdependencia y en el desenvolvimiento de los partidos políticos.

En cuanto al Poder Ejecutivo, la queja más frecuente de la gente se refiere a la soledad de la presidencia de la República, lo que significa ausencia de consejo o asesoramiento oportuno, así como de deliberación previa en pos de ciertas decisiones importantes. La prensa es buen testigo en sus informaciones: se tropieza varias veces con la misma piedra. Se denuncian fallas y tropiezos, y no hay rectificación. Lo que se podría evitar con el consejo sabio y oportuno, o bien, con un poco de deliberación, de nuevo aparece. El caso del viaje presidencial a Perú es un triste ejemplo.

La elección del presidente de la Corte Suprema de Justicia ha dejado un amargo sabor. Ha habido elección, pero quienes intentan leer entre líneas o buscan la verdad de los hechos entrevén que cada vez son más poderosas ciertas fuerzas políticas o personajes entre bambalinas, expertos en manejar los hilos de las decisiones. La verdad son los hechos, pero cuesta mucho distinguirlos nítidamente. Verdad y transparencia son sinónimos, pero solo cuando se tiene un dominio diáfano de los hechos y de los juegos de ciertos personajes, es posible seguir su curso y llegar a conclusiones objetivas. La confusión activa es un arte y en mar revuelto ganancia de pescadores.

En política hay que saber hilar para reconstruir el tejido de la verdad y de la mentira, a sabiendas de que estos valores permanecen ocultos y de que el poder del cinismo es ilimitado. Posiblemente, este sea el problema mayúsculo de Costa Rica. Llegamos a un punto en que, por el poder de ciertos personajes, el pueblo no sabe dónde está la verdad y dónde la mentira. Así, la gran perdedora nacional es la confianza.

Basta ver el paisaje de los partidos políticos, donde la confusión alcanza todo su esplendor. El pueblo clama por un resquicio de claridad conceptual y moral, para encontrar el camino, pero, pese a la cercanía de las elecciones, no hay dirigentes que nos iluminen. Vamos a tientas. Los partidos de oposición siguen sumidos en el disimulo de las alianzas y todos sin excepción, en cuenta el PLN, no muestran sus equipos, esto es, la lista de los mejores ciudadanos con los que se pretende gobernar. Nuestro país, con unas pocas excepciones, ha caído en la garras de la mediocridad política, campo abonado para oportunistas y ciertos capos'

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