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Actualizado el 03 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Viejo y fructífero es el consejo de condensar en pocas palabras, aun en una sola, un discurso, una clase, un sermón, siempre, por supuesto, que hayan prevalecido, de parte del expositor, la claridad, el orden y la concreción. Si este ejercicio no se puede realizar, es porque la hojarasca –en Costa Rica decimos paja– ha ahogado el pensamiento.

Los discursos del primero de mayo en la Asamblea Legislativa constituyen, en este sentido, una oportunidad magnífica para esta tarea didáctica. Me refiero hoy, 3 de mayo, en esta columna a este tema por cuanto las sesiones del parlamento, convertidas en una cháchara politiquera, por culpa de algunos diputados, habían perdido su sentido y su sabor democrático, acordes con el descenso de la calidad de la política nacional. ¡Qué grata sorpresa, entonces, el disfrute de la sesión del primero de mayo pasado! Sinceramente, no lo esperaba, a juzgar por el estilo e itinerario de nuestra política en los últimos años. No recuerdo cuántos, pero los suficientes para sembrar el desánimo en el país.

Resumo la sesión del primero de mayor pasado en una palabra: respeto, en el más amplio sentido del término. Respeto, el valor ético por antonomasia, a los valores democráticos, a la Asamblea Legislativa, a la palabra, al pueblo de Costa Rica y de cada diputado consigo mismo. Desde este punto de vista, entonces, es posible entrever un año provechoso y productivo, a partir de ahora, por cuanto la esencia del discurso o informe de la presidenta de la República, Laura Chinchilla, como llamado vehemente y leal al diálogo político en Costa Rica, solo adquiere todo su sentido bajo el alero y con el condimento del respeto.

Es justo decirlo. Este cambio en la Asamblea Legislativa lo propició, en la legislatura pasada, su presidente, Víctor Emilio Granados. Los propios diputados, de todos los partidos, lo han reconocido. Ahora, en la sesión, de por sí compleja y tentadora, del miércoles pasado, este valor ético quedó confirmado gracias al discurso de la presidenta de la República, toda una lección de democracia y calidad humana, y a la conducta y exposiciones de los diputados, donde, en verdad, no hubo una sola palabra o acto que le quitara lustre y honra al parlamento.

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Ahora, pasado este trance, comienza la prueba de la verdad. Y la verdad son los hechos. Nuestro pueblo clama no por la retórica política, generalmente, tan vacía, desde hace tantos años, sino por decisiones concretas en pos de la verdad y el interés público. Los partidos deben aprender la lección: no se gana una elección ni se consolida un partido, a punta de demagogia, mezquindad y relativismo moral. Respeto, esta es la consigna.

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