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Actualizado el 29 de abril de 2013 a las 12:00 am

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Dicen que el diablo es confusión dirigida. No es confuso, pues, sabedor como el que más de su oficio y siendo inteligente y perseverante, bien sabe hacia dónde va. Su arma favorita y más eficaz es la confusión, que sabe blandir con singular destreza, una estrategia muy difícil de vencer, que en última instancia no es sino el revoltijo entre lo bueno y lo malo sin que sus víctimas sepan, a ciencia cierta, cuál es el uno y cuál, el otro.

Salado el pueblo con dirigentes o políticos corruptos, ignorantes o cínicos, pero lo peor es el pueblo en manos de gente confusa, en los más diversos niveles, incapaces de tomar decisiones oportunas y, menos aún, sabias, carentes de capacidad o de humildad para buscar el consejo ajeno que los guíe y ayude a llevar la barca a buen puerto.

Un día de estos, escarbando en Internet, encontré una perla de confusión mental, propia de un concurso de belleza cuando, como a veces ocurre, la inteligencia o el buen juicio andan descaminados de los dones físicos. Se le preguntó a una candidata a Miss Universo, oriunda de un país vecino al nuestro, quién fue Confucio, a lo que ella, de buena fe y con aplomo de analfabeta, contestó: “Confucio fue uno de los que inventó la confusión y por eso se la ha' de lo más antiguo, fue uno de los chinos japoneses' que fue de los más antiguos' Muchas gracias”. Un periodista chusco la calificó como Miss Estúpida.

Esta respuesta arranca risas y llanto, pero, cuando proviene de un político o de dirigentes supuestamente preparados o esclarecidos, la tristeza y el humor se truecan en tragedia nacional, sobre todo cuando la libertad de prensa no tiene médula y no rima con la responsabilidad o la ética, en cuyo caso la libertad se hermana con la charanga. Pero ¿qué es peor: la charanga, en la que, al menos, somos conscientes del juego, o la confusión, concebida como falta de orden, de concierto y realismo, o incapacidad para pensar, hablar y actuar con claridad y orientación?

El editorial de La Nación del viernes pasado, intitulado “Mar de contradicciones”, llama la atención sobre “las falencias del financiamiento político mediante la emisión de bonos en el PASE” y en los partidos políticos. Las pruebas son golpeantes y concluyentes, pero lo que más duele es que la política nacional deambula no en un “mar de contradicciones”, que, al fin de cuentas, pueden desembocar en algún acuerdo o rectificación, sino en un “mar de confusiones”, en una especie de Babel política, en la que derrochamos el tiempo a manos llenas y donde la gente buena y capaz se siente con las manos atadas.

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En estas condiciones sobreviene la campaña política'

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