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Actualizado el 15 de abril de 2013 a las 12:00 am

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En verdad, no sé qué será peor: que un grupo de mozalbetes le cercene el pico, a pedrada limpia, en nuestra culta patria, a un esbelto tucán, confinado de ahora en adelante a las rejas de un zoológico, o que “los dueños” de dos lapas rojas las hayan sometido a varios años de maltrato físico y mala alimentación, al punto de perder el 60% de sus plumas.

O bien que nuestro país, próximo a celebrar el bicentenario de su independencia, dentro de 8 años, en el 2021, le haya jurado al mundo que será un país desarrollado y de primer mundo, mientras, según lo documenta el reportaje de la periodista de este diario Vanessa Loaiza N., ayer domingo, carece de señales en las carreteras o, mejor dicho, las que tiene no funcionan pues para todo sirven, menos para llegar al destino escogido. Esta es, posiblemente, la trampa mejor concebida y realizada en el mundo para los turistas y no digo para los nacionales por cuanto estos, los ticos, se criaron en este desmadre vial y conocen de sobra todos los vericuetos del Estado y de no pocos trabajos ingenieriles y decisiones políticas, tipo “platina”, a tal grado que nadie les presta atención. El “vacilón” en todo su esplendor.

Pues bien, solicito a nuestros fieles lectores, con todo respeto, que lean y relean este reportaje sobre las NO señales de tránsito, publicado ayer. Al principio, sentirán cólera y una gran tristeza por el desmadre a que hemos llegado, la falta de sentido común y la incapacidad política de Gobiernos y municipios, pero, cuanto más avancen en la lectura, más bien agradecerán a la periodista y al periódico que, en estos tiempos confusos y desordenados, nos hayan deparado una de las más deliciosas páginas de humor en la historia del país. Imploro, por ello, reverente y humilde, a nuestros gobernantes, políticos y profe- sionales que, por respeto a nuestra identidad, no se les ocurra reformar este “sistema” de señales y que lo dejen así, in perpetuam rei memoriam , pues no es posible que mentes despejadas y educadas hayan podido concebir y mantener, durante tanto tiempo, una comedia vial de este género.

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Quisiera individualizar o describir, con algún ejemplo, la majestad y creatividad de estas señales de tránsito, pero temo que, por prolijo y didáctico, les quite a los lectores la gracia y el don inigualable de la sorpresa. Las aceras de nuestras calles urbanas exaltan nuestro subdesarrollo vial, pero las señales de tránsito sobrepasan toda comparación. No hay nada parecido en el mundo, capaz, por sí, de convertirse en el gran activo nacional para el turismo y, a la vez, para nosotros, los ticos, en el más profundo tema de meditación sobre lo que somos y pretendemos. “Costa Rica, un país sin señales o con señales falsas”. ¿Tenemos una cierta idea de dónde venimos, pero hacia dónde vamos? He aquí la cuestión.

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