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Actualizado el 12 de abril de 2013 a las 12:00 am

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Alguien comentaba, un día de estos, en un programa radial, que el rezago de Costa Rica en ciertos proyectos tecnológicos se originaba en la mentalidad rural o campesina de nuestros habitantes. Si sorprenden estas afirmaciones, más llama la atención la falta de argumentos para rebatirlas, en particular, en relación con nuestro país, donde, por mucho tiempo, nos hemos preciado de nuestra posición privilegiada en materia educativa.

El problema, creo, no es cultural o educativo, sino político y ético. El descenso vertiginoso en la calidad de la política nacional –moral e intelectual– o, más concretamente, en los dirigentes políticos, habida cuenta del alejamiento voluntario de los mejores de estas lides cívicas, nos ha causado un daño evidente. Esto no quiere decir que todos los que participan en la política sean mediocres redomados, pero sí que el vacío de los buenos sea ocupado, desesperadamente, por los oportunistas.

Los principales responsables de este descenso son los propios dirigentes, carentes, muchos de ellos, del sano orgullo de rodearse de la mejor gente, no solo por sus títulos o posiciones profesionales, sino por una virtud que antes se llamaba decencia, cuyo antónimo es el pachuco, con título o sin él. La gran calamidad nacional, de un tiempo a esta parte, es que, en ciertos círculos políticos o sociales, el pachuquismo se ha trocado en condición de éxito. La falta de decencia no se oculta. Se exhibe. Y, lo que es peor, es un certificado para ocupar determinadas posiciones en los partidos políticos. ¿Por qué? Porque, en esta acometida de la inversión de valores, ciertos dirigentes necesitan la compañía o presencia en sus filas de los mediocres y pachucos(repito, con títulos o sin ellos). Son su carta de presentación.

El adagio popular: “dime con quién andas y te diré quién eres”, sigue teniendo, pese a su devaluación, un valor específico, en el que conviene fijarse para decidir sobre la personalidad o calidad de un dirigente político y, en general, de una persona. Este criterio de selección no falla. Benditos sean, entonces, aquellos compatriotas que, en medio del relativismo actual, tienen el coraje de dar un paso adelante y aspirar a la conquista de cargos políticos, a sabiendas del sacrificio que esta decisión representa.

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He aquí uno de los deberes básicos de la prensa. Si su arma es el poder de la palabra, ejercido con profesionalismo y dignidad, el esfuerzo por la búsqueda de la veracidad ha de conducir su labor. El pueblo tiene derecho a saber quién es quién o, al menos, a que no se le meta gato por liebre. Y en este sentido lo que importa son los hechos, las credenciales personales. Hay que luchar sin descanso y a tiempo contra la audacia de los farsantes.

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