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Actualizado el 25 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Los partidos de oposición han acumulado pruebas sin fin para pasar a la historia política del país, excepto, claro está, que se realice el milagro de la alianza o de la unificación en estos meses para colmar sus aspiraciones presidenciales. El lenguaje de la realidad, por el contrario, no canta hasta ahora victoria, y las noticias confunden y enredan.

La oposición, con todo, tiene aún dos posibilidades: que los precandidatos presidenciales encuentren un Benedicto XVI, o, mejor, una legión de Benedictos XVI, dispuestos a renunciar a la precandidatura para dar paso a un candidato único, mas, en el orden político, mundano y egoísta, estos sacrificios no se estilan. Pudiera ocurrir que el PLN no alcance en la primera ronda el 40% de los votos y que, en una segunda votación, gane la oposición.

Un titular de La Nación , del lunes pasado, dice así: “La incertidumbre se impone a la idea de la alianza opositora”, lo que, en buen romance, significa que, aun supuesta la alianza, el triunfo no se da por descontado. Faltan 11 meses para las elecciones y menos aún para la presentación de un candidato. El número de precandidatos no augura calidad específica. Muchos son los oferentes y ninguno, el predilecto. Al menos, hasta ahora.

El problema de fondo de la oposición es que, conforme pasa el tiempo y se acerca la hora cero, más crece la división y el número de pretendientes, sin que ninguno ceda. Esta crisis no es de ahora. Nació con el número de partidos y se acrecentó con la renuncia de Ottón Solís, que los dejó en la orfandad. A partir de esta renuncia, se confirmó aquello de “heriré al pastor y se desparramarán las ovejas”, y todos se vieron con credenciales suficientes para ser candidatos. El segundo obstáculo fue un suicidio político, cuando, por la creación de la Alianza por Costa Rica, se verificó la ausencia total de cohesión, de madurez y de capacidad para gobernar en los predios de la oposición.

La tercera traba se llamó falta de trofeos o de ciertos atractivos básicos para cautivar a los electores, expresión, quizás, de capacidad para gobernar, lo que el PLN, con todos sus vicios y sus logros, tiene de sobra. Una elección no es una competencia entre ángeles, sino entre seres humanos. Y, si a lo anterior se suman los quebrantos morales de dos líderes de la oposición, en la cima del poder, se requiere mucho más que la ambición presidencial para ganar esta elección.

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El problema de fondo se llama Costa Rica, nuestro pueblo, nuestra gente, nuestros pobres. Solo faltan 11 meses para elegir, un acto de libertad y de ética, del que todos somos responsables, sin excusas.

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