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Actualizado el 15 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Para aquellos que, desde hace mucho tiempo, habían proclamado sin tregua el fin de la Iglesia católica, la elección de un papa llamado Francisco, así a secas, debe de haber sido motivo de sorpresa, de indiferencia y, para algunos, de intenso sufrimiento.

Para mí, como católico, lo fue de júbilo, no por triunfalismo y jamás por revanchismo, sino sencillamente por el cumplimiento fiel, año con año, en medio de vendavales y de terribles actos de infidelidad de cristianos y aun de papas, de la sentencia bíblica, salida de los labios del propio Jesús: “Y yo también te digo que tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo, 16,18).

Uno puede mofarse de esta profecía, o bien, mostrarse impávido, pero lo cierto es que ahí está, desde hace más de 2.000 años, contra viento y marea. Hoy la viven 1.200 millones de personas en el mundo, de las cuales cerca de 600 millones en América Latina (el 44% de todos los católicos), en medio de una floración planetaria de santos, mártires, sabios, tibios y héroes, corruptos y limpios, pobres y potentados, en toda la geografía humana'

Esta profecía no ha fracasado. Cada cierto tiempo, más bien, se consolida. No requiere sesudas investigaciones. La respaldan algunos hechos elementales, como la vivencia de más de 2.000 años de lucha, caídas y resurrección, y un dato histórico que, cuando uno se planta en la plaza de San Pedro, en Roma, se le viene a la mente, de sopetón, la comprobación de que la Iglesia católica, el cristianismo, si bien tuvo como centro de gravedad a Cristo, fue obra también de un grupo de pescadores, una especie de recuadro de lo más humano, de los seres menos indicados para presentarle batalla pacífica al imperio romano y al paganismo.

A partir de esta realidad, uno sigue repasando la historia de la humanidad, mientras la misma pregunta lo golpea en todos sus capítulos de pequeñez o de grandeza, de pecado o de santidad: ¿por qué ha sido posible este milagro, desde Pedro, apasionado, cobarde y contradictorio, antes de la venida del Espíritu Santo, hasta hoy, hasta la elección, el miércoles pasado, del cardenal Jorge Mario Bergoglio, argentino, jesuita, que escogió el nombre Francisco, apasionado del tango y del futbol, seguidor con su familia del equipo San Lorenzo de Almagro, uno de los cinco grandes de Argentina, de rayas verticales, consagrado a María Auxiliadora e inspirado en la obra de los padres salesianos.

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Francisco, sin más, conservador en lo moral y abierto en lo social, humilde, usuario del transporte público, teólogo, cocinero, lleno de fe y humor, en fin, humano, como Pedro y como nosotros.

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