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Actualizado el 15 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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Si la renuncia del papa Benedicto XVI, que se hará efectiva el 28 de febrero próximo, fue un gesto inagotable de humildad y responsabilidad, dado su precario estado de salud, su homilía del Miércoles de Ceniza, el 13 de febrero pasado, donde fustigó los males que aquejan a la Iglesia católica y a su propia organización interna, puso a prueba su sentido de la autoridad, su fidelidad a la Iglesia y su convicción de que esta institución plurisecular trasciende los acontecimientos diarios y las vicisitudes y debilidades.

No es la primera vez que la Iglesia católica se ve sometida, por su composición humana, a estos quebrantos, aunque es la cuarta vez que un papa presenta su dimisión, que ha sobrecogido a los católicos y extrañado o desconcertado a los que no lo son. El arraigo del poder, de cualquier naturaleza, es tan hondo y penetrante en la historia humana que su renuncia de manera voluntaria, “en plena libertad por el bien de la Iglesia”, como expresó el papa Benedicto, este Miércoles de Ceniza, parece inconcebible.

Y si la sola renuncia, además de una eminente lección de humildad y de responsabilidad, constituye una soberana lección de lealtad a la Iglesia, las razones aducidas para tomar esta decisión trascienden lo histórico, no solo por la forma como el Papa actuó, obediente a una voz interna, la de su conciencia, lejos de toda actuación o figuración externa, sino convencido de que, al proceder así, estaba realizando la voluntad de Dios.

Hay, pues, dos momentos o capítulos en la dimisión del Papa: la de la comunicación o información, regida por un poderoso sentido espiritual y de responsabilidad, y la de las razones vertidas para dar este paso, donde habló el líder con voz valerosa y segura, la voz pujante de aquel a quien, en sus siete años de pontificado, se le trató de tímido y recoleto, pero que, a la hora de defender y promover los principios y valores de la Iglesia católica, en esta hora de descristianización, de avidez económica y de relativismo moral, procedió con claridad doctrinaria y valor sin igual. Posiblemente, esta sea su herencia. Ahí están, para el bien de la humanidad y de la Iglesia católica, sus palabras, henchidas de verdad y de claridad.

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Nadie como él plasmó palabras tan vigorosas y ciertas contra “la hipocresía religiosa”, contra la “desfiguración de la Iglesia por las divisiones internas”, contra “la fuerte resistencia y el miedo al cambio” ante las medidas de transparencia, contra “los atentados contra la Iglesia”, contra la corrupción y sobre su convicción de que los peores enemigos de la Iglesia están dentro de ella.

La verdad, que nos hace libres, y el valor en todo su esplendor.

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