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Actualizado el 11 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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Comienzo con una reiteración: la alegría que, en estos meses, he experimentado al observar un cambio en el país. Hemos pasado de la visión apocalíptica de la realidad nacional a una saludable combinación entre el mantenimiento de la crítica argumentada, sostén de la democracia, y un profundo anhelo y esfuerzo de examen objetivo de los hechos y de propuestas de rectificación nacional.

La prensa profesional, portadora de los buenos ciudadanos pensantes, es fiel testigo de este cambio positivo, siempre costoso, en procura de lo mejor para el país, por medio de la crítica racional de los errores cometidos o el respaldo de los aciertos. La democracia discurre por los afluentes de esta dialéctica, en la que figura un tercer grupo, compuesto por los agentes de la indiferencia y por los opositores a todos y a todo. Paradójicamente han sido diputados y políticos de oposición los más adictos a estas posiciones extremas, que los electores facturan con aspereza. En política no se puede hablar siempre del cielo o siempre del infierno. No es humano. Lo humano, como la libertad, es diversidad.

Una de las decisiones más relevantes en estos años ha sido el Informe de la Comisión de Notables sobre la gobernabilidad. He aquí una oportunidad magnífica para el debate racional; es decir, con argumentos, de apoyo o de reprobación, donde cada partido puede demostrar quién es quién. Mas, si diversos comentarios sobre el Informe de los Notables nos han producido regocijo, la actitud de diputados y políticos de oposición nos ha dejado pesadumbre, no por el rechazo en sí, sino por la falta de argumentos o de grandeza moral, tan necesaria en el NO como en el SÍ.

Diversos comentarios sobre este documento han elevado el debate, pero, a la vez, han mostrado las peores prácticas políticas. Me refiero a la pretensión del rechazo del Informe porque “no lo resuelve todo”, por la aparición de algunas fallas o errores, o bien, por no pocas tonteras o algunas contradicciones. He aquí un punto de partida equivocado o de mala fe. La recta razón, por el contrario, aconseja guiarse por tres parámetros: saber discernir entre lo necesario, posible y provechoso, y aquello que no lo es; discernir entre lo poco, pero factible, y lo abundante, pero confuso y retórico, o entre el discurso politiquero y lo esencial: la resolución de problemas concretos, por los que clama el país desde hace tiempo. De aquí la trascendencia de la tarea de discernimiento y de una poda sabia y realista de parte de la presidenta de la República y sus asesores, a la hora de enviar su mensaje a la Asamblea. Si solo se aprobara la reforma del Reglamento legislativo para que el parlamento “funcione” de veras, ¡qué gran ganancia!

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