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Actualizado el 11 de enero de 2013 a las 12:00 am

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Ayer, 10 de enero de 2013, Hugo Chávez, vencedor, por cuarta vez, en la justa electoral en Venezuela el 7 de octubre pasado, debería juramentarse como presidente. El juramento constitucional no es un mero formalismo. Es un acto esencial. El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela avaló, sin embargo, la continuidad de las funciones de Chávez con fundamento en el principio de la continuidad administrativa, pues, según aquel, no hay interrupción en el ejercicio del cargo.

Ha quedado demostrado que no basta un proceso electoral limpio para que triunfe la democracia. La limpieza electoral se puede simular o se puede rápidamente contaminar. En última instancia la democracia está íntimamente vinculada con el principio de legalidad real, siempre que queden a salvo los derechos humanos. El gobierno de la ley, no de los hombres. Hugo Chávez prostituyó primero la ley y la ajustó por entero a sus propósitos personales. Ni democracia ni legalidad. Ahora, frente al espectáculo inevitable de la muerte, el gran rasero de la democracia, se confirma la gran farsa del socialismo chavista bolivariano.

En circunstancias como las que ha estado viviendo Venezuela, bajo el imperio de la mentira, resulta imposible, en estas horas postreras del chavismo, entender siquiera el significado de las palabras. Las interpretaciones y la hermenéutica política discurren al compás de cada declaración oficial, a sabiendas de que tampoco se puede prestar fe a los voceros oficiales, pues, alrededor del lecho mortuorio, pululan los intereses políticos o personales. ¿Quién interpreta a quién o quién interpreta qué? Esta es la cuestión. No cabe la interpretación en un mundo de mentiras. Todos, frente a Venezuela, estamos a oscuras. Ni siquiera se sabe si Chávez está vivo, redivivo o moribundo, un derecho ciudadano elemental.

Solo ha aparecido en esta competencia de mentiras y confusiones una frase genuina: “La juramentación de Chávez será en una ocasión posterior” al 10 de enero. Todo gira alrededor de este cálculo, lo que escenifica el drama de la muerte. El día de la muerte para legitimar la “legitimidad” del sucesor y con ella la prolongación del poder.

Hugo Chávez, quien convirtió el poder, su poder, en una comedia y un permanente juego macabro, termina siendo el juguete de quienes en vida se dijeron sus amigos y defensores, y que ahora se reparten sus despojos afianzados por el poder del miedo o el temor a la traición. ¡Qué gran lección para todos nosotros, políticos o no! Fidel y Chávez: América no había contemplado un espectáculo igual sobre la condición humana y la fugacidad del poder.

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Vanidad de vanidades y todo vanidad'

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